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Jueves, 29 de noviembre de 2007

MARTIN FABIO, DE KAPANGA

Una afeitada para el Mono

Tuvo un abuelo guitarrista en el ’38, su papá cantaba en concursos de tango, en la escuela lo elegían para hacer de San Martín, todavía debe Contabilidad, trabajó de extra en La Banda del Golden Rocket, arrancó tocando canciones de La Mona Jiménez... ¿más revelaciones? Acá.

 Por Roque Casciero

“Quise matarlo al Mono de Kapanga. Eliminarlo.” La frase suena fuerte, especialmente porque quien la dice es Martín Fabio, el tipo que carga con el sobrenombre de Mono desde los 6 años y que lleva 12 al frente de Kapanga. “Fue hace unos meses; viví un par de situaciones personales medio pesadas, tuve una crisis y me afeité. Uso barba desde que salí de la colimba en el ‘89, entonces ésa fue mi forma de desintegrarme. ¿Sabés cuánto me duró? Cinco días. No podía encarar la calle, me sentía desprotegido, desnudo. Al sexto día quería subirme al micro de gira, hacer todo lo que quise hacer siempre. Me di cuenta de que el Mono de Kapanga es lo que me tocó ser. Y también lo que siempre soñé.”

Es raro el rostro serio en este tipo de 38 años a quien el rock argentino se acostumbró a ver con la sonrisa perenne, con esa natural chispa que contagia alegría en cualquier festival, con un nulo sentido del ridículo que lo pone a salvo de cualquier ridiculez. Pero, sí, ante el NO el Mono se puso serio... por un rato. Porque no puede evitar que sus historias terminen en carcajadas propias y ajenas: es un personaje que se ganó el cariño de la gente con su humor atorrante y esa pinta de sobrino loco (o tío, ahora que está más grande) que es la oveja negra de cada familia, pero por jodón empedernido, no por mal bicho. “Un tocado por la varita: eso siento que soy”, dice. “Hay un porcentaje muy chiquito de gente que intenta algo en lo suyo y lo logra. En cada cuadra hay una banda, pero no hay muchos que viven de la música. Soy un agradecido a la vida de que me haya tocado esto.”

–¿Alguna vez pensaste que habías venido al mundo a darle alegría a la gente?

–Es loco, pero sí, lo pensé en los últimos tiempos, porque lo que más nos dice la gente es que le damos alegría. Por ahí no nos dicen “gracias por las canciones” o “gracias por el mensaje”, pero sí por la alegría. O el comentario generalizado de que el show de Kapanga es una fiesta: un poco te lo empezás a creer. Ver la cara de felicidad de la gente en los conciertos no tiene precio. Con el correr de los años, empecé a conocer a muchos de los que nos siguen. Y no se cansan de repetir que nosotros les damos la alegría. Tampoco hay que enroscarse mucho, como cuando algún pibe nos dice “ustedes son lo mejor que me pasó en mi vida”. Está bien, son chicos, pero no me entra mucho en la cabeza todo eso. ¿Cómo puede ser que piensen que yo soy lo máximo? Hay cosas mucho más sencillas que también pueden darte alegría, no sólo una banda de música. A mí Kapanga me da una gran parte de la felicidad de mi vida, pero también están mi familia, mis plantas, mi casa, mi auto... Está bueno ser parte de la vida de los que nos escuchan; pero eso, sólo una parte.

–Cuando te dicen algo así, ¿no es demasiada responsabilidad?

–Trato de patearla al lateral, porque si pensás en eso no podés vivir. Además, más allá de la alegría, somos músicos, queremos que la gente sienta que tratamos de crecer, que aprendimos a tocar mejor, que no nos quedamos en lo mismo. Cada vez que nos subimos a un escenario tenemos la misma actitud, que pasa por el sentimiento de cada show. La primera vez nos subimos a tocar y no importaba si sonaba bien o mal, pero tratamos de mejorar. La actitud es la misma que al principio, porque salimos a disfrutar del show. Hemos hecho shows que para nosotros eran complicados porque estábamos con problemas, pero el espíritu fue siempre el mismo. De todos modos, pasa algo mágico: cuando salís al escenario no importa lo que te haya pasado antes, sos vos y tus amigos tocando y la gente viéndote. No hay plata, no hay dolor de cintura, no hay problemas, no hay nada, se hace el show. Debemos estar cerca de los mil shows y canté en todos, nunca tiramos un show para atrás. No queremos parar porque no sabemos cuánto va a durar, cuántos escenarios más vamos a tener para subirnos a tocar. Para mí, un fin de semana que no tocamos es como si me descontaran un día de vida.

–Ahora que Balde (Marcelo Spósito, bajo) no toca más en vivo con ustedes por problemas de salud, ¿ese sentimiento se reafirmó?

–Mucho. El Balde volvió con ataque de pánico de la gira por Puerto Rico en 2001, que fue muy difícil para nosotros, y después no fue a la que hicimos por Europa, donde Miguel (Luna Campos, guitarra) se rompió el brazo. Tuvimos algunos eventos que, al menos a mí, me marcaron el temple, me hicieron madurar todo lo que no había madurado en 35 años. Se me acabó el eterno viaje de egresados: en tres años, la vida me golpeó. Y que haga un año que no toca el Balde... Hace 18 años que toco con él, la banda la ideé con él, la armé con él. Somos los fundadores, estamos juntos desde fines de los ‘80, y hoy subirme al escenario, mirar al costado y que no esté, no es nada fácil. Sigo disfrutando de subirme, pero no es un disfrute pleno. En buena medida, estoy en esto por culpa de él, porque él vino a buscarme.

–¿Cómo se conocieron?

–Yo estaba haciendo la colimba en el ‘88, en Quilmes, y unos cabos cordobeses me habían regalado un casete de La Mona Jiménez, entonces un día que había salido de franco, medio en pedo, me subí a un escenario de un bar a cantar una canción de La Mona. El Balde tenía una banda, Eyelits A Go Go, y estaban en el mismo lugar. El se cagó de la risa con las pavadas que decía yo y me propuso armar una banda. Le contesté: “Sí, bueno, llamame en la semana”, pensando que jamás iba a hacerlo, pero me llamó y yo ni me acordaba. Así empezó esto.

–Pero, ¿cómo te había llegado la música?

–Creo que viene por la sangre. Mi abuelo era guitarrista y tenía un dúo, Fabio-Díaz, que debutó en la radio en el año ‘38: le pagaron con un sanguchito y una copita de licor. Después, mi papá cantaba en los concursos de tango de los barrios. Supongo que la música me viene por ahí. Yo no tengo equipo de música en mi casa, apenas un grabadorcito para pasar CDs. Mis discos son los long plays que heredé de mi viejo, que tuvo una discoteca en los ‘80, y los que me regalaron las compañías o los artistas. Nue stra primera época nuestra fue en EMI, que tiene un gran catálogo: ahí pegué Beatles, Stones, Maiden... Si hasta hace dos años no podía agarrar la guitarra y tocar un La. Durante diez años pensé que era imposible...

–Como Juan Carlos Pelotudo, el de Peter Capusotto y sus videos.

–Debe estar inspirado en alguien como yo, porque para mí era así. Hasta que le compré una criolla a mi hijo cuando cumplió cuatro años, se la di y me dijo: “Tocame una canción”. Como no sabía tocar ninguna, me sentí tan pelotudo (se ríe) que pensé que tenía que aprender al menos Zamba de mi esperanza para tocársela. Desde ese día aprendí por lo menos como para acompañar las canciones que le gustan a él. Así me acerqué más a la música. También me di cuenta de que sabiendo apoyar los dedos en un instrumento puedo componer más, porque soy el que menos compone en la banda. En estos últimos tres años, la vida me llevó para todos lados.

–Tampoco es casualidad que el nuevo disco de Kapanga se llame Crece.

–También, un poco. Crece (Pop Art) es que nos vemos crecidos, que la infraestructura creció, la cantidad de público también, nuestros hijos crecen... Hoy fui a la reunión porque mi hijo entra a primer grado el año próximo, y para mí hace cinco minutos que le cambiaba los pañales. No sé si a mí me pasa la vida muy rápido o qué... Por ahí ahora estamos viendo todo lo que antes no tuvimos tiempo de mirar para atrás. Y nos vemos más grandes, más asentados, asimilando las cosas como adultos: nos dimos cuenta de que no somos chicos y que no podemos bajar los brazos, que hay que seguir, aunque a veces no tengamos ganas de subir al escenario.

–¿Por qué?

–Porque no puedo vivir de otra forma. Me acostumbré mucho a vivir con esta gente, con este círculo de 16 personas que viaja, entre las que está el Balde. Y tampoco es que ahora vamos a hacer canciones depresivas y a vestirnos de negro (risas).

–¿Cómo fueron esos 35 años previos?

–Siempre fui muy tranquilo... Bah, es como lo veo hoy. Sí sé que desde chiquito pensaba que iba a destacarme en algo artístico, porque siempre en la escuela me elegían para hacer de San Martín.

–¿Hay fotos de eso?

–Sí, tengo fotos. Y tengo de cuando hice de negrito candombero en la iglesia, porque iba a una escuela con religión. Para Navidad hacían el pesebre viviente y me tocó hacer del negrito que le limpiaba el pesebre a Jesús. Me pintaron la jeta con un corcho... Pero no pensaba en la música, porque me acuerdo de que cuando nos hicieron como un test vocacional había un área de música y una de deportes, y yo quería hacer deportes, la música ni me interesaba. Cuando nos tomaban la pruebita para ver si podías entonar, me tiré al bombo. El tipo iba cambiando de octavas con el piano y yo seguía cantando en la misma. Ahí podría haberme acercado a la música, pero no. Mi primera banda fue en la secundaria, Los Electrones de Valencia: tuvimos un show debut y despedida. ¡Eramos un desastre! La cuestión era subirse y afrontar. Tocábamos Uno, dos, ultraviolento de Los Violadores, Sunday Bloody Sunday de U2 y dos temas nuestros. Fue en el ‘84, agarré el cambio de la dictadura a la democracia. La secundaria era estatal, pero íbamos con zapatos, saco y corbata. Fui de los primeros en ponerme pulóver con cuello cerrado e ir sin corbata. Me ligué las primeras cinco amonestaciones por ir sin corbata, después por ir en zapatillas. Pero los últimos años ya íbamos de guardapolvo, pero con corbata.

–¿Cuántas amonestaciones por año juntabas?

–Siempre clavé en 24 y media (risas). Todos los años. Me gustaba ir a la escuela porque lo pasaba bien, me divertía. Y todavía no me recibí, porque debo Contabilidad de 4º y de 5º. El que me mandó a examen me dijo que no iba a aprobarla nunca en mi vida. Fui como ocho veces a rendirlas, hasta que entré a la colimba. Incluso fui vestido de colimba, a ver si me la eximía otra profesora que había. La mina me dijo: “Mirá, voy a tomarte estas cinco cosas, estudiátelas”. Pero yo caí el día del examen sin haber agarrado una hoja, pensando que me iba a aprobar por lástima. Y no fui nunca más, así que no tengo el título secundario.

–No sos del tipo de aprobar Contabilidad...

–No, mi economía siempre fue la de disfrutar lo que tengo, si después te comen los gusanos... También, durante muchos años la vi pasar, y cuando se logra una estabilidad quiero disfrutarla. Si no tenés ambiciones desmedidas, te conformás con tener un lugar donde caerte muerto, un autito y que a tu familia no le falte nada, ya está. Me siento parte del común de la gente. A los 38 años ya cumplí los objetivos de cualquier persona...

–De cualquier persona burguesa...

–Sí, burguesa: control remoto, pasarla bien, cuarto kilo de helado a la noche, de vez en cuando pedido a la rotisería, irte de vacaciones quince días a Santa Teresita...

–¿Vas a Santa Teresita?

–No, al lado de donde voy yo, Santa Teresita es Las Vegas (risas). Voy a Aguas Verdes, un lugar súper tranquilo. Podría irme a Brasil o a un spa, pero no lo siento así, estoy tranquilo y cómodo con cosas más simples, con lo que sería el común de la gente. Sí, me aburguesé un poco.

–Bueno, decís que siempre fuiste tranquilo.

–Claro. Laburé en un bar, fui mozo, me pasaron cosas normales.

–Pero de chico pensabas que ibas a destacarte en algo artístico...

–Y trabajé de extra en el segundo capítulo de La banda del Golden Rocket...

–¡¿Cómo?!

–Sí, había pegado onda con Diego Torres, que había tenido una novia en Quilmes durante un tiempito. Cuando él tenía la banda La Marca íbamos a verlo, teníamos buena onda. Hasta el día de hoy, lugar donde nos cruzamos, lo pasamos muy bien. Y cuando él empezó a hacer La banda..., un día filmaban en un boliche de la Costanera y yo había ido a ver la filmación. En un momento me preguntaron si quería hacer de extra y dije que sí. La escena era que él entraba medio de espaldas, me chocaba y me decía: “¿Qué hacés?”, y seguía. Yo no decía nada... ¡Esa fue mi chapa actoral! Me cargaron durante años. Pero peor es la de Maikel, que formó parte de la banda Duro Metal, la de Amigos son los amigos. Así que somos dos los que tenemos dotes actorales... Pero, volviendo al tema, no sé qué me imaginaba. ¿Cantando? Si no tuve ninguna banda entre la de la secundaria y Kapanga y Los Yacarés en el ‘89...

–¿Por qué le dijiste que sí al Balde, entonces?

–No sé... Nosotros volvimos a juntarnos en el ‘95 y no mucho antes había ido a la presentación de Tratar de estar mejor, de Diego Torres, donde me encontré con Alejandro Varela, que era el manager de Diego y que después fue presidente de EMI. Fuimos a cenar a un lugar y había un piano, así que me puse a cantar una canción de La Mona Jiménez. Varela se cagaba de risa y le dije: “Vos sabés que si yo armo la banda que tenía, hacemos un desastre”. Pero no tenía ni contacto con el Balde, no nos hablábamos hacía años. A la semana de eso llego a mi casa y mi mamá me había dejado una notita: “Te llamó el Balde”. Yo tengo otro amigo al que le dicen así y lo asocié con ese pibe, pero después mi vieja me dice: “No, el que tocaba con vos”. Entonces me puse nervioso: “¿Se habrá muerto alguien?”. Pero no, quería que armáramos de nuevo Kapanga. Yo estaba en otra, pero le dije que lo intentáramos. ¡Y acá estamos!

–¿Cómo fue el ensayo?

–Les propusimos a los otros dos chicos volver a armar la banda, a ver si querían participar, pero no quisieron. No teníamos guitarrista y nos empezó a hacer la mano Miguel, que era bajista y que quería tocar el bajo. Hoy todavía decimos que hace doce años que nos está haciendo la gamba. El ensayo fue en la casa de Maffia (Claudio, batería), en la pieza donde hoy duermen sus hijas. Las canciones de la vieja época las sacábamos de un video que teníamos. Kapanga y Los Yacarés eran dieciséis canciones de La Mona Jiménez con batería, guitarra eléctrica, guantes de cuero con tachas, vincha y pantalones camuflados (risas). Era algo muy loco, bizarrísimo en esa época. Pero la vida nos llevó por otros lados. Qué sé yo, hoy el baterista es contador.

–Pedile que te dé una mano para terminar la secundaria...

–¡Es verdad! Pero, en serio, imaginate si yo ese día no le respondía el llamado al Balde, por ahí no estaríamos hablando.

–Bueno, ya con la banda, fuiste a verlo a Varela.

–¡De una! El estaba en una agencia de representantes, le llevamos el material y firmamos contrato con la agencia, ahí empezamos a mover el disco. El disco lo grabamos en lo de Amílcar Gilabert, nos costó 8 mil pesos. El día que empezamos a grabar abrimos las billeteras y entre todos juntábamos cinco pesos, así que le dijimos: “Che, Amílcar, cuando se lo vendamos a alguien, te pagamos”. Así estuvimos un año y medio, con el disco terminado, hasta que firmamos con EMI.

–Pero para que pasara eso tuvo que aparecer El Mono Relojero.

–Claro, ése fue el detonante. Salió la ley Duhalde en el ‘97 y se nos cayeron dos shows que teníamos, una depresión total porque no era que tocábamos siempre. Nos fuimos re calientes y a los cinco minutos me llama el Balde: “Hice una canción así”, y me la cantó entera. Varela trajo al director de EMI a un show que armamos en dos días, tocamos ese tema por primera vez, firmamos contrato y el lunes nos llamaron para que grabáramos un demo. ¡Y con ese demo mandaron a fabricar el disco! Esa canción nos abrió una puerta que estaba cerrada. Es que nuestra carrera siempre fue una cadena de hechos fortuitos.

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Martín Fabio
Imagen: Cecilia Salas
 
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