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Jueves, 29 de noviembre de 2007

LA CIUDAD DE NEBBIA, PAEZ Y BAGLIETTO EVOLUCIONA

Hay vida después de Fito

Como una andanada, cuatro bandas rosarinas acaban de editar discos. Vudú, Degradé, El Regreso de Coelacanto y Los Sucesores de la Bestia, vistas en conjunto, expresan la variedad estética de la otra ciudad-puerto.

 Por Cristian Vitale

Colores humanos

Degradé

Un algo entre surrealista y onírico delinea el pequeño mundo Degradé y deviene de varios destellos. La hora azul –título del tercer disco– es como ellos, tomando de musa al artista belga Jan Fabre, llaman al momento en que la luz del día se mezcla con la de la noche y el cielo se pone azul Francia: “Una hora como de ensueño y alegría”, extiende Nahuel Marquet, cantante y pianista. Otro destello es la tapa: cinco figuras perdidas en medio de un bosque inmenso, con el sol que se les filtra entre las piernas, y escenas que se suceden como si una máquina fotográfica lograra captar imágenes mentales. Polaroids de ensueño. Distintos estados de una inmensidad imaginaria. “Tiene que ver con el modo en que la luz entró en las canciones de este disco”, ilumina Nahuel. Más destellos: una música que parece provenir del rock progresivo e instalarse en una vertiente electropop, más acorde a los tiempos. Y letras que hablan de un (no) lugar seductor: “Trance en dimensión / mi cabeza es de aluminio / nebulosa cósmica / me conecta al paraíso”. “La música –revela Nahuel– a veces nos lleva a un punto de comunicación y celebración en la que uno siente que esa música se produce directamente en el interior de su cabeza. Como si fuese un tanque de aluminio donde rebotan pelotitas. Y que hay un dios rondando todo eso. Como algo eterno. Algo que loopea para siempre.” La banda “loopea” desde 1992, pero recién logró llegar al disco en 1999, con un debut sobrio, pleno de resonancias setentistas: Ratitas.

Fue la puerta de ingreso, siempre difícil, a Buenos Aires y el comienzo de un intercambio de fechas enriquecedor. Después (2001) editaron Agua y se tomaron seis años (con un par de EPs de por medio) para llegar a La hora azul. “Es cierto que somos una banda que en sus letras tiene imágenes algo surrealistas, pero que no dejan por eso de hacer pie en la vida y en las cosas que vivimos todos”, modula el cantante.

–¿Por qué Degradé?

–La palabra nos gustó en su momento y hoy sigue siendo coherente con esta idea de la hora azul... de los colores fundiéndose entre sí.

Bailen giles!

El Regreso de Coelacanto

El Regreso del Coelacanto... ¿Lo qué? Según el polaco Andrés –cantante– el nombre de su banda deviene de un error: el pez prehistórico que volvió a capturarse en la década del ‘30 frente a las costas de Madagascar no se llamaba así sino Celacanto. “Es muy feo cuando uno cuenta que tiene una banda que se llama El Regreso de Coelacanto y el interlocutor responde ‘¿el regreso de qué?... ahí se acaba la magia”, admite el hombre. De todas formas, hay un contrapeso. Como se llame, el pez tomado como ejemplo vale más por lo que implica. ¿Qué implica? Una alusión a todo aquello que, aun creyéndose extinguido, sigue existiendo y puede volver en cualquier momento. Traducida al rock, la alegoría significa el retomar sin fin de formas de escuchar y tocar rock.

Dicho a lo Heráclito... nada muere, todo cambia (o se recicla). “A veces parece que esto mismo pasa con nuestra música o con nuestro mensaje en general”, acuerda el Polaco. La historia de la banda (década y media, tres discos) es, en rigor, un collage de influencias, una mezcla de reminiscencias retro con flexibilidad estética: primero fue rhythm & blues a la Vaughan, después country, tex mex, cumbia o ¡rock celta!, onda The Pogues. “Me interesaba todo eso porque mi primer instrumento fue una mandolina que encontré en la casa de mi abuelo y flasheé con que era algo que había traído de Polonia, pero nada que ver.” Todo cambió con Bailen giles!, tercer y último disco, producido por Pablo Romero. “Ahora, nuestro foco está puesto en la música que hacemos (ritmo, melodías, métrica, letras) y no tanto en cómo lo hacemos. Por primera vez trabajamos las canciones totalmente en bolas y una vez que garpaban, las vestimos con nuestra instrumentación.”

–¿Por qué “Bailen giles”?

–Fue el nombre que menos objeciones recibió. Creo que es una frase muy coela, lo suficientemente abierta para que cada uno piense lo que le parezca. Es una amenaza proferida por un ser inofensivo que puede ser tanto una advertencia como una propuesta.

A desdramatizar

Los Sucesores de la Bestia

La pregunta tienta. ¿De qué bestia suceden estos cuatro músicos que, aun siendo manifiestos admiradores de los Pixies, Nirvana o Jimi Hendrix, parecen burlarse del rock? Tómese cualquiera de sus cuatro discos (Exotiqué, El próximo hit del verano, Fantástico bailable o Promesas, mentiras y café) y nótese el detalle: lo que prima es la ironía, la incomodidad de pertenecer. “El rock hoy está intoxicado de sí mismo, como enganchado a una vieja novia, ya sin conejos en la galera. Falta sorpresa o nos sobra cinismo”, arremete Daniel, voz y guitarra y, al menos, es coherente en su lógica. Los Sucesores son, genéricamente, una banda de rock que repelería a la ortodoxia –actual– del rock. La bestia padre es, llanamente, el cuerpo. “Nuestro desafío es cantar soul y funk en castellano, con letras que atraviesen la temática de lo corporal que conlleva esa música. Viene del gueto y los barrios laburantes de Estados Unidos, es música negra y de negros, transpirados y con ganas de bailar, emborracharse, encamarse y divertirse”, dice Daniel.

–Hedonismo puro...

–La diversión es de por sí existencialista en ciertos contextos. Planteada como anestesia nunca nos interesó, ni tampoco esos narcóticos de las religiones, el consumo, la angustia, la tele, las revistas de rock y los grandes festivales. A veces hasta el rock me parece un mal chiste y es a lo que le dedico toda mi vida. Hay que desdramatizar porque las canciones pueden hablar de momentos de mucho dolor, pero luego el tiempo pasa y queda la sensación pre racional que los instrumentos y la voz deben traer al presente. No somos de cantar temas de Joy Division en los asados. Pero atesoramos frases como “me encanta que cantes con una sonrisa” o “esa canción sabe de mí”. Hedonismo me suena al turco, pero no a Turquía. Prefiero un nihilismo optimista.

Promesas, mentiras y café, cuarto disco del cuarteto, salió mediante EMR (el sello de la Municipalidad de Rosario), contiene diez temas y rescata una veta más acústica que sus antecesores. “Compartir un café con alguien es una puerta a diferentes situaciones, entre ellas la de prometer, la de cambiar el mundo, la de sincerarse, viñetas que quisiéramos mitificar y que, en realidad, no significan demasiado”, desafían. “Hoy, en los escenarios se ve más pilcha, marca, merca y pose, que música y fantasía.”

Los amigos de Pappo

Vudú

Cosquín 2005. Pappo’s Blues está brindando un show impecable en el escenario que da al lago y el Carpo, encendido, presenta a su amigo rosarino. “Acá Ike, de Vudú”, anuncia, con el mismo tono secote con que después presentará a Charly García y León Gieco. Ike es como un clon del Robert Plant ‘69. Se mueve parecido, la voz chillona intenta ser una parodia y pela todo el glam rústico de los primeros ‘70. Vudú, el grupo que integra –nacido entre zapadas en el extinto Chicago Blues de Rosario–-, acaba de recibir un gran espaldarazo. Entonces, Ike, Nahuel, Willy y Mario habían editado un disco debut –homónimo–, detonador de inconscientes colectivos –el tema clave se llama Blues del Wincofón– y el número de asistentes pasaba de 200 amigos al triple de fanas. Después, llenan varios Willy Dixon, giran dos veces por Brasil y toman Circo Beat para grabar el tercer disco: Picasseso.

Es rock en estado puro. Frontal, áspero, aguerrido, nunca mejor nombre para definirlo. “A Pappo lo conocimos en Indian y quedó copado con la forma de cantar de Ike –cuenta Willy, el guitarrista–; a partir de ahí, lo llamó para cantar en varias presentaciones de Riff y Pappo’s Blues. Era un tipo muy cariñoso.” Las intenciones de Vudú se transparentan en los covers. Una vez, la producción del programa de TV Cables cruzados los invitó a cruzarse con Adrián Abonizio. Tocaron “De regreso Mirta” y la deformación fue total, inversamente proporcional a la versión de Traetormentas (Deep Purple) que cierra el CD. “¿Qué es Picasseso? Un disco para escuchar a todo volumen”, sentencia Willy, en órbita con la relectura. Bonus: Vudú no escapa a las reglas generales del hard-rock: potencia, visceralidad y sudor urbano, pero con letras que hablan de escapar. El viaje es una. “Eso de ir hacia el sol es una metáfora. Es como ir hacia un lugar más elevado, donde las banalidades de la vida diaria no existan. Sería algo así como ir al cielo, pero sin morir”, explica el guitarrista.

–La necesidad de evasión se manifiesta también en Vivir en la montaña.

–Sí. Contactarse con la naturaleza y escapar de la locura de las grandes ciudades es otra forma de escapar y, además, fácilmente realizable.

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