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Jueves, 20 de marzo de 2008

CONVERSACION VIRTUAL CON BILL CALLAHAN, EX SMOG

“Ya no necesitamos la religión”

Detrás de una casilla de e-mail siempre puede haber una buena nota. Un cronista del NO tanteó el ciberespacio y ahí estaba Bill Callahan, con ganas de responder sobre Woke on a Whaleheart, primer disco como solista, primero también editado en el país.

 Por Juan Manuel Strassburger

Proviene de esa inagotable cantera de artistas low-fi que es Estados Unidos. Como la mayoría de ellos (el alucinado Daniel Johnston, el esquivo Bonnie Prince Billy), empezó grabando sus diminutas pero ruidosas grabaciones en el sótano de su casa, para después distribuirlas en radios universitarias y sellos independientes (en este caso, Drag City). Es un clásico: así surgieron muchas de las grandes bandas alternativas americanas de los ‘80 y ‘90 (Pavement, Sebadoh, Guided By Voices, Beat Happening y tantas otras). Y así surgió Smog, la banda pseudónimo detrás la cual “se ocultaba” Bill Callahan hasta que sacó Woke on a Whaleheart, el primer disco con su nombre de pila y el primero editado en el país (a través de Ultrapop). “Necesitaba un cambio”, explica el propio Bill por mail al NO. “Ya había hecho doce discos como Smog, y tenía ganas de empezar a trabajar de otra manera. Con Smog estaba en control de todo. De la producción, el arte de tapa, los arreglos. Ahora necesité compartir ese poder.”

La responsabilidad de esta “apertura” recayó sobre su amigo Neil Hagerty, un ex Royal Trux (banda ochentosa de durísimo rock’n’roll avant garde, si semejante mezcla es posible), que decoró con vientos y cuerdas las sinuosas canciones del artista alguna vez conocido como Smog. “Yo quería focalizarme en la voz y en la composición. Y la verdad que producir y arreglar es todo un tema. Creo que si una canción es lo suficientemente buena sólo puede ser mejorada por alguien externo. Alguien que le sume una dimensión que yo como compositor no puedo concebir”, reconoce. Aunque enseguida matiza, algo contradictorio: “Ahora me pasa que extraño ocuparme de todo. Tengo ganas, por ejemplo, de volver a diseñar el arte de tapa, como he hecho siempre. ¿Quién mejor que el que escribió las canciones y las interpretó para imaginar la tapa de un disco?”.

Una decisión que no significa, claro, que Callahan esté disconforme con la portada de Woke..., un hermoso collage a cargo del artista plástico Joe Grillo. “Le pedí que pintara una ribera en la que aparecieran descansando soldados de la Guerra de Secesión y una araña envuelta en una capa de béisbol”, cuenta sin pruritos. Y en efecto, la escena puede reconocerse bajo la pátina de colores y la superposición de cuerpos a distintos tamaños. “Fue un acercamiento azaroso a mi música porque él lo hizo sin haber escuchado el disco. Me gusta mucho que haya cierto aspecto aleatorio en las cosas.”

Pero... ¿cómo son las canciones de Callahan? En principio, aunque no siempre, serenas; hechas con pedacitos de folk, country o gospel. A veces hilvanadas a partir de un mismo acorde que transita todo el tema. Otras, sostenidas bajo el peso de su voz. En una poca voz, grave y tremebunda (como en el in crescendo trágico de The Wedding, un clásico del ‘93). Y últimamente, más apasible y hasta feliz. El no lo dice, pero es fácil detectar en temas como A Man Needs a Woman or a Man to Be a Man (donde se burla de la autosuficiencia que a veces adopta el hombre respecto de la mujer) una mirada ya no tan cínica y derrotista (que predominaba durante su primera etapa más low-fi) sobre eso que llaman amor. ¿Será su nueva vida junto a la cantante freak folk Joanna Newsom? El nunca lo dirá. Pero de lo que es seguro es que aquel tormentoso verano del ‘97 junto a la –ejem– también bella Cat Power (casualmente ambas artistas ofrecieron pequeños shows en el país; sería bueno que lo convencieran de venir) parece haber quedado atrás.

–¿Qué encontrás de inspirador en el folk, el country, el gospel?

–Es música del corazón, de la familia, de la sociedad. Un manera de poder hablar con la gente y compartir su tiempo. Un lenguaje que está desapareciendo.

Es cierto, muchas veces se comparó la música y la voz de Callahan con la de otros próceres de la lírica grave y el storytelling (narración de historias), caso Leonard Cohen o Nick Cave. Pero lo que distingue a este autor nacido en Maryland, Washington –pero afincado desde hace años en Austin, Texas, tras un prolongado período en Chicago– de varios de sus predecesores es justamente su distanciamiento al relato “completo” y ciento por ciento entendible. Tomen cualquier tema suyo y lo verán: no hay crónica lineal en sus canciones. Y sin embargo... la historia igual está. Entre resabios e indicios no del todo claros, Callahan pone el ojo en un momento particular –un matrimonio que recibe con amargura un nuevo aniversario, un guardia que observa con melancolía cómo sus prisioneros se bañan en un río– y deja que el escucha ocasional complete el resto de la historia.

Por eso, el ex Smog posee más puntos de contacto con songwriters de su generación como Kurt Wagner de Lambchop o Stephen Merrit de Magnetic Fields que con los storytellers (narradores) hechos y derechos. “Leo muchísimo. Me fascina James Cain, el de El cartero siempre llama dos veces, y Mildred Pierce”, cuenta a la hora de revelar sus gustos literarios. “Ultimamente estoy muy interesado también con un libro sobre la Guerra Civil. Leerlo es como haber estado ahí día por día.”

–En From the River to the Ocean, la primera canción del disco, recomendás “tener fe en el saber sin palabras”. Y más adelante decís: “No sabemos cómo funcionan las cosas”. ¿Pensás que a veces dedicamos demasiado tiempo a entender la vida? ¿Por qué ocurren las cosas que ocurren?

–En realidad, pienso que no dedicamos el tiempo suficiente a pensar estas cosas. Siento que estamos en un modo de vida arcaico. La religión tal vez cumplió su función en la antigüedad. Pero ahora ya no necesitamos la religión, más allá de que todavía la llevemos adentro y nos dé miedo liberarnos. Lo mismo opino de la guerra. Creo que ya es hora de que vayamos dejando esas cosas detrás.

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