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Jueves, 28 de enero de 2010

CRONICA PERDIDA DEL ROCK DEL VALLE

Tafiroll

Con un paisaje soberbio como contexto, en el medio de familias pudientes provincianas que buscan algo de calma, mientras hordas de mochileros algo hippies buscan una solución mágica para el estrés citadino, a alguien se le ocurrió organizar un festival de rock con una programación tan ecléctica como representativa con Kapanga, Catupecu Machu, Massacre, Karamelo Santo, Banda de Turistas y Karma Sudaca. ¡Aquíii Tafíii!

 Por Luis Paz

Desde Tafí del Valle, Tucumán

Lo primero que se ve es el caballo. Delgado, casi refinado, lleva con honra los colores del postre vigilante y con desgano a un hombrecito de pantalón náutico, botas de gamuza y buzo rugbier, la mano derecha en la montura (para dirigir al equino con parsimonia por la avenida) y la izquierda en un bolsillo (tal vez buscando la inocencia perdida). Tiene el porte más señorial que puede combinar con su corte desmechado, que usa posiblemente porque sus padres así lo quieren. Es que tiene 9, a lo sumo 10 años. Sería más natural conocerlo en un micro escolar que sobre un sucedáneo de Míster Ed, pero la única camionetita naranja y blanca que recorre la avenida lleva a Kapanga al predio del Club Entre Ríos, al grito vivo de “Oh, vamos 5º b, 5º b, 5º b, vamos 5º b”. El fin de semana en Tafí del Valle arranca sin lógica, con lugares cambiados, un Mono suelto entre caballos y un precoz jinete sobrador, coincidencias de la temporada alta y la realización de Rock del Valle, el festival debutante del NOA.

Pocos de los centenares de turistas que agotaron las plazas hoteleras de la ciudad trazan el mismo recorrido que Kapanga: las familias pudientes del interior pagan excesivamente un cacho de carne excesivamente salada tirada excesivamente a la parrilla, como si ni siquiera supieran qué es el rock. Los mochileros siguen buscando en el Norte una solución mágica para el estrés de su vida en la urbe, aunque se vuelvan a Buenos Aires en avión. Y los miembros de culturas originarias intentan sobrevivir con dignidad en una ciudad que los mira de reojo y se les ríe por lo bajo. El público de rock, tal y como lo concebimos en Buenos Aires, apenas asoma por el centro para intentar un autógrafo con el sello de los Massacre, los Catupecu Machu, los Kapanga, los Karamelo Santo o los Banda de Turistas.

Esa es la razón por la que el NO madruga, hace Aeroparque-Tucumán y se manda a puro coqueo a través de montes vírgenes y piedras milenarias a una ciudad que en temporada logra recaudaciones millonarias: “¡Aquíii Tafíii!”.

El karma de vivir al Norte

–Buen día, ¿un lavadero por acá?

–Va hasta la avenida Perón, baja hasta la estación de servicio y al lado tiene uno.

Lo primero notable al hablar con la gente de Tafí es su amabilidad. Y lo segundo es que lo que hay al lado de la gasolinera es un lavadero de autos y no de ropa, así que a menos que uno quiera andar de acá para allá con un desodorante de pino colgando del cuello, no queda otra que usar el mismo abrigo todo el fin de semana. Al regreso nada triunfal desde el lavadero, empiezan los tropezones con caras y voces conocidas: ahí anda Lisandro Aristimuño decidiendo si quiere sus verduras en brocheta o hervidas; acá descansa Birabent, afinando su acústica con un metodismo admirable. Tal vez sea el aire, relajante como el Dramamine, esa pasti que toman los que no gustan de coquear para no apunarse y que te deja tumbadísimo.

Rock del Valle sienta un precedente: hacer tocar al KKK. A no asustarse: Karma Sudaca, Karamelo Santo y Kapanga. Uno de rulos sienta otro, ser el primero en gritar al escenario: “¡Dale, Tango Feroz!” (dirigido, cómo no, a Birabent). Aristimuño, otro: ser el primero al que le redujeron el set (igual, dijo que volvería a dar un show “de dos horas cuarenta”). Pero la peor parte (que igual es bien divertida) le toca a Ella Es Tan Cargosa: les acortan el set unos minutos, cuando la gente empieza a coparse, les cortan el retorno cuando el violero y ocasional vocalista Mariano Manigot está por empezar Llueve y en toda la zona de los Valles Calchaquíes queda retumbando la categórica puteada regalada a la organización.

“Tené que escuchá los Karma, hermanito. Son el orgullo tucumano”, le recomienda un metalero al NO, haciendo evidente que muchas veces la data de acá no llega allá... ¡ni siquiera cuando se trata de ellos mismos! Karma entrega un contundente heavy crossover, dirigido por Tony Molteni (un vocalista para el que en foros de la red ya se busca “una voz de hombre”). La bola corre –o será por la tintura colorá del cronista– y de a uno van cayendo otros tucu-rockers: “No, no, lo que no te podés perder es Alem, una re banda local”, dice uno. “Y los Karamelo”, mete otra, en directo orsai.

–Che, pero los Karamelo son cuyanos.

–...

–...

–Bueh, vamo’ a buscá ferné que ya empiezan.

El show de los Karamelo –con el Goy manejando los hilos de una máquina de ritmos mestizos, y Gody y Piro agitando al público– aparece reforzado con el recurso a Marley (Kaya) y Luca (No tan distintos), el gran homenajeado del festival (esa misma noche, la del viernes, Kapanga hace un popurrí con Mejor no hablar de ciertas cosas; y el sábado Massacre toca Estallando desde el océano). Lo de los Kapanga es antológico: un fiestón de dos horas para un público de dos mil y pico. Lo que son las cosas, ¿no? Una pandilla que supo caminar arruinada por Quilmes, a kilómetros de las ruinas Quilmes.

A 1700 y pico kilómetros del piso

El sábado arranca con superávit de músicos: a los que se quedaron luego de tocar se les suman los Catupecu, Massacre, Natas, Tormentos y varias “bandas de turistas” (una que hace canciones y otras que hacen compras). En el Club Entre Ríos, las puertas se abren y comienzan los shows de bandas regionales (Alem, Gardenia, Honky Tonk y Pecadores se llevan los mejores comentarios), mientras los asistentes ultiman el armado de escenario. Pero como durante siglos pocos supieron escuchar a la Pachamama, ella aprovecha que está la prensa y se despacha con una ráfaga que vuela el toldo a la Puna Madre, tumbando la batería de Massacre y descuajeringando los equipos de Catupecu. Los shows de Quedate Así (el nuevo proyecto pop rock de Pichu Serniotti, que en breve estrenará otra banda de punk con Ray Fajardo en batería), The Tormentos y Banda de Turistas pasan al escenario B y el A queda oscuro hasta la medianoche. Charly enloquece: “Sabé, hermano, lo que es tener a los Tormentos acá, con Natas y Massacre; vengo fumando hace dos semanas para esto. Si pueden vayan a Amaicha, acá le decimos Jamaicha”.

Mientras algunos disfrutan de otras delicias locales –bandas, cuerpos de tucumanas neumáticas y birra Norte a la cabeza–, otros se animan al toro mecánico y la Carpa Tunning, con adivinas de dudosa procedencia, stands de piercings y peluquería. La gente deambula poco, probablemente porque hay menos necesidad de andar por ahí mostrando las gafas nuevas o esas calzas animal print que le quedan bien hasta a Walas, como pasa en Buenos Aires.

“Se cree vivo y es un boluuuuuuuuuudo”, dice la piba que sirve fernet gratuito en una carpa VIP (Very Impresionant Pedou, te vas a agarrar). Habla de Walas, que acaba de invitar a las chichis tucumanas a hacer skate desnudas por Tafí, en un corte de un show de 20 canciones en dos horas. No suena boluda la propuesta, de hecho la mayoría de los muchachos aúlla. Pero ni da discutir con la piba del fernet, suficiente tiene ya con el boludo –éste se gana solo el mote– que le da charla mascando coca.

“¡Aquíiiiiiiiiiiiii Tafíiiiiiiiiii!”, inaugura Fernando Ruiz Díaz, y los visitantes llegados de Salta, Jujuy, Catamarca, Córdoba, Rosario y Buenos Aires responden con una ronda de pogo que es suficiente para levantar una tormenta de polvo. “Pará, pará, pará, vamos a bajar un poco. Como dice el maestro Serrano, vamos a buscar la calma que antecede al huracán”, invita él y la gente se abre, dejando el espacio necesario como para que un ovni aterrice en pleno predio. Lo que sigue es un quilomberísimo medley entre Y lo que quiero... y Dale! que dura... ¡18 minutos! Así, Fernando se venga de la salvajía eólica que les voló el techo del escenario con una muestra al palo de rock distorsionado. La gente se va sin chistar a las 4 AM, el horario que en Tucumán rige como tope para las actividades recreativas.

¡Bailen putos!

Para completar la oferta, Rock del Valle propone para el domingo una fiesta electrónica encabezada por Leo García y los DJs Tato Piatti y Mariano Trocca. Estaría buenísimo contar cómo estuvo, pero el cronista quedó varado en Amaicha porque la empresa Aconquija, monopólica en lo que a transporte norteño refiere, suspendió los micros de vuelta a Tafí. Así que el NO pasea por Amaicha mientras en Tafí se agrupaban cientos de tucu–ravers para degustar música y todo lo demás también. Mientras el suple consigue un almuerzo arrollador, más bebida y postre a 20 pesos, en el Club Entre Ríos hay cola en los baños químicos (más químicos que nunca).

Dicen que Leo García tocó caracúlico, pero explican otros que se apunó y tuvo que entrarle a la coca en el segundo tema. Los DJs atrasaron 10 años y la jornada se atomizó, la Carpa Tunning se convirtió en proveeduría (y no deportiva), los de seguridad se bajonearon todo el catering que sobró y el NO terminó bailando por efecto del apunamiento (que conste en actas).

El lado oscuro de la Puna (bonus track)

Los golpes en la puerta son salvajes y repetidos. ¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

–¡Ya va!

–¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

–¡Que ya va, coño! ¿Quién es?

–¡Tiene que dejar la habitación, ya son las 10!

Señorita encargada de la Hostería Los Cuartos, creo que su nombre era Laura o algo así, usted fue la que le recomendó al NO que se relaje y adquiera el ritmo descansado de Tafí... ¡y ahora viene con que hay que irse habiendo dormido dos horas! Anteanoche, su compañero había cerrado la puerta al patio con llave y hubo que saltar un paredón, atravesar un descampado y brincar un alambrado donde quedó medio jean para entrar por el frente. Sus compañeras de limpieza no pararon con el griterío que les nació luego de cruzarse a los Catupecu en el centro en todo el jodido fin de semana, así que al menos banque hasta que esto termine de ser escrito.

–Ahora sí, ¿dónde se firma?

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Imagen: Adrián Perez
 
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