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Jueves, 4 de marzo de 2010

SOBRE LA REPUBLICA ROCKERA PERDIDA DE LOS ’80

La vida antes del NO

¿Cómo era la cultura rockera antes de que apareciera este suplemento? De eso trata el flamante libro Gente que no, de la escena punk-rock de los ’80. El trabajo sale a la calle justo cuando este espacio cumple –mañana– 18 años de existencia, y es la excusa para recordar aquella época donde se debatía todavía entre creación musical y éxito comercial. Don Cornelio y La Zona, Sentimiento Incontrolable, Los Pillos, El Corte, Uno x Uno, Mimilocos, Los Corrosivos, La Sobrecarga y Todos Tus Muertos fueron grupos tan importantes como (casi) olvidados, obsesionados con esa vieja costumbre argentina de decir... NNNNNNOOOOOOOOOOOO.

 Por Santiago Rial Ungaro

“¿Qué es más importante para vos? ¿Tu música o tu culo? Si preferís tu culo es porque no te interesa tanto la música...” Imaginemos por un instante esta escena: estamos en Nueva York, 1989, y Alfredo Peria, el cantante de Mimilocos, discute en un taxi el futuro de su proyecto con Jorge Alvarez, aquel mítico productor del sello Mandioca, que viene rechazando sistemáticamente los demos que le envían, de Buenos Aires a Madrid, los integrantes de Mimilocos. En el grupo, inicialmente un quinteto, sólo quedaban él y Leo Ramella (el único que continuó activo musicalmente en los ‘90, con Los Resonantes y hoy con Emisor). Mimilocos, luego de la entrada en escena de Alvarez, se había ido desmembrando de a poco. Y todo hace pensar en que, más allá del potencial artístico y comercial de la banda, Alvarez estaba más interesado en la piel morena y los ojos verdes de Peria... y en otras partes de su anatomía.

La pregunta, capciosa y sintomática de la dinámica que se fue instalando en la industria discográfica cada vez con más fuerza (pero que en verdad existió desde siempre), le da al título del libro una de sus múltiples aplicaciones. El tiempo y los gustos de cada uno decidirán qué grupos fueron olvidables y cuáles injustamente olvidados. Y aquí entra en escena la necesidad de mitificar del ser humano, demasiado humano si además está en el ambiente de la música.

Escrito en capítulos por Daniel Flores, Alfredo Sainz, Franco Varise, Jorge Luis Fernández, Leandro Uría y Juan Andrade (y se los menciona porque ninguno de ellos quiso aparecer en la tapa, buscando quizá cierto anonimato post-punk), cada historia del libro tiene su magia, su tensión y una actitud de búsqueda (a veces artística, otras experimental, otras destructiva) que aún hoy cautiva. Desde la contratapa, Gente que no anuncia su deseo de intentar “rescatar y reordenar ciertos fragmentos perdidos, los más oscuros y subterráneos, del rock y la noche de los años ‘80 en Buenos Aires”. Algo así como el NO antes del NO.

Las formas del deseo

En el caso de Todos Tus Muertos, la única banda que –en parte– sobrevivió a los ‘90, el libro se limita a poner el foco en la prehistoria de la banda, esa que no aparece en Wikipedia y que quedó marcada a fuego en los que pudieron ver los primeros recitales de la banda y/o escuchar los primeros casetes de la banda. En ambos casos hay algo “situacionista” en la forma de consumir la música, el mensaje de rebelión que proponía TTM. Editado en 1986 en casete por el microsello Catálogo Incierto (ideado por Daniel Melero y Cristian Rosas, de Mimilocos), Noches agitadas en el cementerio fue grabado en directo en el Centro Parakultural, donde la emergente escena punk hardcore local convivía con los happenings teatrales de Batato Barea, Los Melli, Vivi Tellas y Las Gambas al Ajillo.

Pero más importante que el aspecto teatral era la postura política: un año antes, Fidel editaba junto a Patricia Pietrafesa (todo un emblema de la autogestión local y también presente en el libro en la historia de Sentimiento Incontrolable) un fanzine titulado Kien Sirve a la Kausa del Kaos. Desde ahí, arengaban: “Cualquier acción contra el sistema es buena. Lo importante es mantenerse vivo para destruirlo de una vez. Esto es acá y ahora: abramos los ojos y esperemos que sea nuestra puerta la golpeada y nuestro propio cuerpo el torturado. La democracia... ¡NO EXISTE! Los mismos asesinos tienen el poder, pero son distintos los jóvenes muertos, sí, muertos dentro de juventudes políticas manejadas por viejos fascistas que te ofrecen libertad y revolución. ¿Qué revolución, peronistas? ¿Qué revolución, socialistas? ¿Radicales? Queremos revolución hacia la libertad, no hacia otra estructura de poderes, hacia más matanzas y control”. Los muertos, paradójicamente, estaban vivos. Y no es casual que aún lo sigan estando. Y es una lástima que ni Fidel Nadal ni Daniel Melero hayan aportado sus testimonios al libro, aunque el testimonio quizá sea seguir siendo ellos mismos.

Rock que me hiciste mal

Hoy, los casetes y los fanzines ya casi son reliquias del pasado. Pero, aun ahora, son muchas las razones para pasar del underground al mainstream: los medios de comunicación masivos (no sólo los sellos discográficos sino también las radios, la tele o el periodismo gráfico) terminan decidiendo qué se baila, y suele ser imposible encontrar un vinilo de El Corte o La Sobrecarga. Pero, a veces, no pertenecer tiene sus privilegios. Probablemente Don Cornelio fue la banda que llegó, en este período que abarca el libro, a tener un suceso mediático, masivo. Con honestidad brutal, Palo confiesa en el libro que el éxito lo pasó por encima y lo volvió loco: “Si bien estábamos convencidos, no estábamos listos para el éxito. No estaba preparado para semejante cantidad de rocanrol. Venía con un proceso lento, experimentando tranquilo. Hubiera llegado a la merca de una manera tranquila, no tan lapidaria, destructiva e ineludible como lo fue con ese disco. Toda la sociedad argentina estaba cayendo en la merca a lo loco”.

Y aunque los fans de Don Cornelio reivindiquen Patria o muerte (un suicidio comercial a lo Colin Newman), más allá de la innegable autenticidad del testamento del grupo, la figura de Andrés Calamaro (productor del primer disco) no queda para nada mal parada: los mismos integrantes rescatan hoy en día su mano de productor, y hasta Ramella (que quizá sea el que tiene más bandas mencionadas en el libro: Capulco Gold, El Corte, La Forma y Mimilocos) recuerda con gratitud la presencia de Calamaro en la sesiones de El Corte: “Para mí era maravilloso que en las sesiones de grabación viniera Andrés, porque nos pasaba toda la data del mundo. Yo era un teenager, pero no paraba de oírlo”.

Sin embargo, su opinión no es la misma sobre su hermano, Javier Calamaro, que en su experiencia para las Ballenas tocó, justamente, un tema de El Corte editado en 1987, con dedicatoria al fallecido Hernán Reyna. Resulta difícil que se lo dedique a Leo Emisor: “Estética y políticamente, el que traicionó fue Javier. Yo creo que él tomó la decisión de chuparle la pija a la industria, como mucha otra gente que conozco, y que está bien, es lo que él decidió. Pero no está bueno que diga mentiras, como que Daniel Santamarina era un personaje siniestro. Era un loquito como todos nosotros, un amigazo que nos conseguía los mejores ácidos que había en el momento”. A Leo el libro le generó emociones mezcladas: “Para mí está hecho más desde una onda Jorge Rial, que desde la rigurosidad de Verbitsky. Hay muchos errores... La Forma es una banda que armé con Flavio antes de Mimilocos y ahí pone que yo pasé de Mimilocos a La Forma... algo imposible. Y creo que soy uno de los que sobrevivió: no me fui del país, ni empecé a hacer cualquier mierda comercial. ¿Desde qué lugar puede hablar del rock un tipo como Peria, que trabaja en una casa de comidas? Pero lo que es maravilloso es aparecer recomendado por Mónica Vidal, de El Lado Salvaje, o reivindicar a un músico como Jorge Morales (que estuvo con él en Capulco Gold, luego en Los Corrosivos, y después en El Lado Salvaje). Yo, con el tiempo, me di cuenta de que había gente que en ese entonces, por ser un pendejo malcriado y arrogante, no entendía, como los hermanos Morales. Y ahora entiendo que eran buenas personas”.

La referencia a Mónica Vidal (desaparecida junto a Pablo Esaú, baterista de Los Pillos, el 1º de febrero de 1990 en algún lugar del Amazonas) no es casual: su misteriosa desaparición coincide dramáticamente con el título del único disco editado por Los Pillos (Viajar lejos), abre el libro dejando también claro que más allá del valor musical de la banda, en la que tocaba Martín Aloe (pionero del punk argento con Los Marginados y uno de los mejores bajistas de rock de la escena, que luego participó en Lions in Love, Cienfuegos y Mimí Maura) y destacaba la poesía del cantante Adrián Yanzón, este libro (a diferencia de Amantes subterráneos, de Flavio Katzev, un libro también valioso, de tono más académico) tiene también una cierta intención literaria.

Para uno de los autores, Daniel Flores, periodista y también músico de Satélite Kingston (que ya escribió La manera correcta de gritar. La historia del ska en Argentina, agotado), el libro es oportuno por una cuestión puramente tecnológica: “Hace 10 años este libro no tenía sentido, porque era casi imposible conseguir nada de todas estas bandas. En cambio ahora, al que le interesa, puede bajarse de Internet música de cualquiera. Casi todas tienen MySpace y hasta hay videos en YouTube”. Así que, más que post-punk, dark o lo que sea, toda la música parece destinada a terminar siendo free rock, free pop, o como se lo quiera llamarlo. La música, como el amor, parece ingeniárselas para seguir siendo libre.

Pánico y locura en San Miguel

Claro que, como decía justamente el productor de Don Cornelio, no se puede vivir del amor. En el caso de Carlos Alonso, y su proyecto Uno x Uno, su música envejece como los buenos vinos y se podría decir lo que se dijo en su momento de The Velvet Underground: cada persona que lo vio en vivo armó no una banda de rock sino un proyecto experimental (si no, pregúntenle a Travesti, Plan Austral, Zizek o hasta Juana La Loca en su época más ruidosa). Alonso es ingeniero electrónico, tiene un estudio de grabación con sala de ensayo y se da el lujo de ayudar a las bandas nuevas y seguir experimentado. “Nunca me planteé un ‘no’ en la música que quiero expresar. Quizá mi filtro haya sido la información que recibí desde mi aparición en el escenario de los ‘60, lo cual me hizo construir un lenguaje y una mirada propia. ‘No’ a lo convencional, a respetar normas, concepto de producción y de difusión. Desde lo artístico ‘No’ pienso que haya ‘Nos’. Hoy, Uno x Uno continúa con el mismo espíritu y eso es rock. Walter Temporelli, de Los Corrosivos, ambientaba conciertos míos con cortos porno polacos. Recuerdo uno memorable en Babilonia: se fueron todos.”

También hubo un recital en Medio Mundo Varieté que se iba a suspender porque no había nadie. Hasta que llegó alguien y el recital se hizo para una sola persona: Daniel Melero. El libro va a seguir generando controversias, pero también rescates intelectuales y emotivos. Para Gamexane (que vuelve a tocar con La Sobrecarga en abril y continúa, aunque sin Fidel, con TTM), la diferencia con la actualidad musical argentina fue “el hambre de expresión sin fines de lucro y la actividad de lugares como Cemento, el Parakultural o Die Schule, cuyos dueños fueron generadores de espacios (caso Omar Emir Chabán u Omar Viola) y no estaban en el plan monopolista ni megacomercial, repitiendo constantemente los mismos artistas, sin dar espacio ni oportunidad a cosas nuevas”.

Para Gamexane, desde que se murió Luca (no hay que olvidarse de la relación de Sumo, Miguel Abuelo con La Sobrecarga) pasó algo. “Los Redonditos de Ricota coparon el público de Sumo y luego de separarse generaron clones casi fotocopiados, sin ninguna intención de innovar. Y esas bandas, desgraciadamente populares, destruyeron todo y generaron la caza de brujas que vino después de Cromañón, situación aprovechada por monopolios vomitivos.”

En el libro, justamente, se cuenta cómo La Sobrecarga –después de dos discos, con un primer trabajo bastante vendedor y proyección sudamericana (habían tenido éxito en Chile)– fue abandonada por Daniel Grinbank después de unas declaraciones del propio Gamexane en un conocido suplemento cultural. En esta época en la que prender fuego se volvió un hecho tristemente literal, bien vale recordar que el fuego siempre existió; pero hubo una época, no tan lejana, de la que este libro trata de dar cuenta, en la que los artistas se prendían fuego artísticamente hablando.

Fidel Nadal: “No existía American Idol y la gente que estaba en la música lo hacía porque le gustaba, porque tenía una pasión musical y cosas para decir. Desde los que mejor tocaban a los que sólo sabían una nota, todo el que subía a un escenario tenía algo para decir. Capaz no sabían qué estaban tocando, pero transmitían algo en vivo. Además no había un grupo por cuadra, ni era como ahora, que cualquiera agarra una máquina y te arma un ritmo, una canción o un disco. Ahora lo hace cualquiera: ‘Sí, tomo clases de tenis, grabo discos en casa’. No sé si es algo necesariamente malo. Es bueno que haya más producción. Pero siento que antes, que había menos posibilidades, te volvías loco para poder grabar y era todo mucho más verdadero. Las letras buscaban decir algo. Si bien, en muchos aspectos, los problemas y las necesidades del mundo siguen siendo los mismos, aunque mayores, en los ‘80 se expresaban con una búsqueda en las letras. Los recitales eran geniales y brutales. Nos juntábamos para hacer festivales, todos los días pateando para buscar un lugar donde tocar. Nunca nos quedábamos quietos: ése fue el gran valor de aquella camada. Todos Tus Muertos surgió de algunas juntadas con Félix y Serrano, que vivían juntos. Tocábamos sin batería y yo cantaba. Había mucha actitud y ganas, pero faltaban las canciones. Y apareció Serrano y me mostró un cuaderno con letras. Ahí estaba Gente que no, que era un reggae lento. Con Félix le cambiamos algunas palabras y lo volvimos más un ska aguerrido. Yo tenía una bronca total en esa época y lo punkeé. Gente que no fue nuestra mirada sobre lo que se vivía en el país. Lo grabamos en el ‘88, cuando ya éramos Todos Tus Muertos y Serrano se había ido. El sello lo eligió como corte de difusión y no lo podíamos creer, pero me pidieron que lo regrabara porque no se entendía qué decía, según ellos. ‘¿Ah, sí?’, dije yo, y lo canté con más rabia, más salvaje, quedó genial. El NO nos acompañó desde siempre y nos ayudó mucho. Fue uno de los primeros medios que promocionaron nuestros shows y nos dieron bola con las notas, siempre interesados en saber en qué andábamos, por dónde andábamos girando. En esa época no eran comunes las publicaciones de rock, la difusión de tus recitales era a puro flyer, así que el NO fue un espacio donde publicitar las fechas de la banda. Aunque el mundo cambió de los ‘80 para acá, creo que el NO permanece apoyando y mostrando lo nuevo”.

Palo Pandolfo: “Después de la dictadura militar asesina, todo era libertad y descubrimiento, se vivía un cambio cultural en la sociedad. Don Cornelio nació como un movimiento de fuerzas nuevas que acompañó al espíritu social, donde militancia, política y cambio eran palabras bien vistas. El punto de partida estético era The Police, Marley, los Clash, Pistols y el tecno incipiente, cosas oscuritas y post-punks. Nos cortamos el pelo y pasamos de hippies a psicobolches, íbamos a comprar ropa dark a Kamasutra, en la calle Corrientes. Ver a Sumo en vivo te metía en el trance y te dejaba impregnado para siempre, Los Redonditos daban miedo en la época de Gulp! y el Parakultural era un desquicio, con Tortonese, Batato Barea, Urdapilleta, Las Gambas al Ajillo. Una vez tocamos con Don Cornelio y los pibes ya estaban listos, yo atrás del telón veo una silla de ruedas y me subo. ¡Salí a tocar en silla de ruedas y nadie entendía nada! O eso es lo que me contaron, porque mucho no recuerdo de esa época. La banda que más me rompió la cabeza, de esa camada, fue Todos Tus Muertos: Félix, Gamexane y Fidel eran tan impresionantes. ¡Y, de repente, Don Cornelio era parte de la movida! Hasta teníamos fans. Claro, parecía que jugaban a ver cuál era el más místico y deforme. Otra cosa muy interesante era la movida de Zona Sur, con El Lado Salvaje, Copiloto Pilato, Adrián Paoletti. ¡Uh, El Gato Muerto! Hacían un hardcore increíble. En esos toques conurbanos conocí a Marcelo Belén, que terminó siendo baterista de Los Visitantes. Si en el ‘85 me hubieran dicho que a fines de los ‘90 iba a haber tantas bandas de rock cuadrado, no lo hubiese creído. Pensé que se evolucionaría distinto. Apenas después de que empezamos con Los Visitantes, apareció el NO y lo compré al ciento por ciento. Me pareció una alternativa genial, ya desde el nombre. Incluso el primer tema que compuse para Don Cornelio, que nunca grabamos, se llama No. Decía: ‘No quiero acostarme, no quiero la sangre, no quiero acostarme más al sol’, y simbolizaba eso de no querer ser más hippie y salir a combatir. Aprovecho para felicitar al suple por haber llegado a la mayoría de edad sin haber perdido jamás el espíritu adolescente”.

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