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Jueves, 7 de octubre de 2010

AGUA(RE)FUERTES

Minicuotas

 Por Javier Aguirre

Los Pibes Siempre de la Cabeza, los que paran en el frigorífico abandonado de mitad de cuadra, buscan extender sus dominios al taller mecánico de la esquina de Escalada. Y casi a modo de escritura notarial, quieren rubricar la nueva posesión de facto con un generoso graffiti distintivo en la persiana de chapa. Pero la operación es riesgosa; el lote a conquistar está en una ochava y entonces ofrece cuatro posibles puntos desde los que podría aparecer el patrullero. No hay muchos patrulleros de noche por acá, pero hay uno que pasa cada tanto. Quizás en Suiza el vigilante de la esquina pasa siempre a la misma hora, pero los efectivos de la Federal no se caracterizan ni por puntuales ni por previsibles. El otro problema es que el nombre-insignia que los define, nuclea y distingue, es un poco largo: “Los Pibes Siempre de la Cabeza”. Veinticinco caracteres, sin espacios. Uf. Cualquier graffiteador rocker lo sabe: pintar en una pared la leyenda “U2” es mucho menos riesgoso que una que diga “Ratones Paranoicos” o “Velvet Underground”. La explicación, evidente, suena adriánpaenziana: la cantidad de caracteres resulta directamente proporcional al tiempo de escritura, y por extensión, también al período en el que el brazo ejecutor se expone a ser pescado en plena intervención urbana. Para peor, el grado de paranoia inducida por el catering consumido vuelve especialmente cautos a Los Pibes Siempre de la Cabeza. La solución elegida es la del trabajo metódico. Paso a paso. Letra a letra. Ele y mirar a los cuatro puntos cardinales. O y esconder todo. Ese y dejar que pase ese auto. Pe y se hacen todos bien los boludos. I, be –se cebaron–, e, ese, guarda que viene alguien. Ese de nuevo, pintó nervio. I, no seas cagón. E, dale. Eme, ere, ¡no, pará! Casi se come la pe, el boludo. Pe, ahora sí, la ere, e. De, cómo se sufre. E, ele, ¡que Marce mire para allá! A, ce, a, be, e, no me digas que viene un patrullero justo ahora. No, ni a palos. Zeta y, con suspenso, a. Joya. El crimen perfecto. O, en todo caso, la contravención municipal perfecta.

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