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Jueves, 26 de diciembre de 2002

CHARLY GARCIA, VICIO E INFLUENCIA ARGENTINOS, EN BUSCA DE LA CANONIZACION STONE

“Ahora quiero keithrichizarme”

Además de haber editado el disco del año, García vivió una temporada de cambios y cierto encantamiento popular. Feliz a los 51, el hombre repasa y proyecta: la vejez, el rock latino, los White Stripes, su llamado a la solidaridad y sus ganas de convertirse en el próximo Walt Disney.

 Por Pablo Plotkin

No hay mucha vuelta que darle al asunto. “Me alegra mucho”, dice al escuchar la noticia (Influencia es el disco del año, según sus colegas). García empina una lata de Coca y busca el ángulo de incidencia de un ventilador de pie que suena como una turbina. Revuelve una hilera de CDs, intentando rastrear algún disco que merezca su voto. “Ahora uno no sabe qué es un disco y qué es un souvenir”, comenta. “Me dan un montón de discos, pero no sé qué está editado y qué no. Ser independiente está bien, pero es como el progreso: se va un poco de mambo.” Si fuera por lo que compra, debería votar algún disco de los Byrds. “Yo me informo por las revistas. El problema es que después escucho los discos y no me gustan. Sé que están los White Stripes, los Strokes, los Hives... Decían que Radiohead era la gran cosa; cuando lo escuché me pareció bueno, pero... Yo apuesto a los White Stripes. No los escuché, pero me parece simpático que no tengan bajista.” La tarde siguiente a su última presentación en el Gran Rex, echado en la cama como una marioneta olvidada en el camarín de Tim Burton, García no reniega del balance. “Veo lo que pasó este año y tengo un buen feeling. Siento que las cosas que me propuse hacer salieron bien y me ubicaron en un lugar que necesitaba para tener más tiempo de crear lo que quisiera. Hice un esfuerzo por demostrar algo y me salió bien.”
–¿Te pasó muchas veces lo
contrario, querer demostrar
algo y no conseguirlo?
–A veces estás en algo que vos creés que vale, que es genial, y finalmente no pasa nada. Un par de veces me pasó. Dylan se pone un poco vanidoso cuando se compara con Stravinsky, y yo me comparo con Dylan: de vez en cuando hay que comerse un abucheo, una incompresión. Si no, se está yendo demasiado parejo con la gente. No digo que haya que alienarla a propósito, pero en general prefiero a un artista que hace algo que considera de más valor, y no algo más agradable. Los músicos a veces nos generamos un ambiente de confort, de autocomplacencia. Existe el otro camino: volver a la música excesivamente incómoda. El músico que es complaciente siempre es como un director de Hollywood: las películas siempre terminan bien. Esa música no desagrada mucho, pero tampoco te vuelve loco. No perdura.
–Durante los shows en
el Gran Rex difundiste un
mensaje en el que pedís a los argentinos que colaboren con un peso para tu retiro...
–No, no quiero retirarme. Sufrí tantas desgracias económicas –un toco de amigos que me traicionaron, un toco de juicios que me hizo cualquier imbécil–, que ya me había acostumbrado a ser pobre. Vivir al día, o sea, nevermind. Lo que yo quiero ahora es keithrichizarme, andar por ahí. Quiero saltearme toda la mano latina, ir directamente a New York. Pero yo no quiero vivir en New York. En realidad, lo que estoy haciendo es pedir un mango por persona. Creo que valgo un mango. Hice tantas cosas, y las hice de verdad. Con esa guita podría quedarme acá. Siempre pensé que sería así: que todo el mundo me cagaría con la guita, por boludo, pero que a una edad, de golpe, iba a agarrar plata. Mitología propia. En estos días va a salir el número de cuenta. Estaba esperando el espíritu navideño.
–¿A qué te referís con eso de “saltearte la mano latina”?
–El rock latino no me va para nada. Toda la mano tropical, el rap latino, Shakira... El Grammy latino es el premio para la mucama. Y eso de que dividan todo en zonas, ¿viste? Yo no soy zona 4, zona 5. Que se vayan a cagar. No me copa para nada. Realmente estoy podrido de la grasada, las comparaciones... O sea, yo ya di mucho, tengo 51 y ahora viene la mano “déjenme...”. Desgraciada o felizmente, yo estuve siempre, soy historia, influencia, ya está. Y hay gente que se escuda en el anonimato para trivializar o enlodar lo que es brillante. Se nivela para abajo, ¿viste? Entonces uno entra en una especie de suburbio mental donde Dios y la televisión tienen un mismo nivel de conciencia. No es bueno tocar en lugares que no te gustan, es bueno conservar el respeto por uno mismo y por la gente. Say No More, bah. Say No More necesita guita.
–Hablabas del rock latino.
¿Qué hay del rock argentino?
–Por un lado hay una boludización gigante, el rock que recibe influencias y las usa mal. Se pierde el foco. Toda la mano de MTV, el ciber-no-sé-qué-coño, eso de que en el futuro todo el mundo se va a conocer, a mí me parece muy promiscuo. Yo dejé de ver televisión por MTV. Cuando empezó era realmente muy bueno, porque veías a bandas que se involucraban mucho en el arte: Eurythmics, Talking Heads, Devo. Pero ahora ponés MTV y ves a un pelotudo que se rompe la cabeza contra una puerta y se mete un burro en el orto. Rock no es sinónimo de estupidez. En este momento, el 60 por ciento de lo que la gente llama artistas no es artista.
–¿Qué hace que una
persona “sea artista”?
–Primero no dice “mi música”, dice “la música”. Un artista no es un tipo que ensaya media hora del viernes para hacer un show el sábado y después se echa a dormir toda la semana. Tiene que saber de música, afinar, todas esas cosas. Ser bueno, bah. Lo entiendo a Dylan cuando hace una gira eterna. ¿Qué otra cosa vas a hacer? Si es tu trabajo. Tengo la suerte de no tener el efecto Cobain, de aburrirme o creer que todo es una pálida, o que no me sale ninguna canción. Realmente estoy al mango, y eso me pone re-pilas. Estoy re-copado. Estoy copado con lo que me pasa acá, y me gusta la idea de expandirme, keithrichizarme.
–¿Qué sensaciones te
produce ganar una
encuesta de fin de año?
–Todos queremos ser el número uno. Eso lo decía Lennon, lo digo yo y lo puede decir cualquiera. Uno hace las cosas para transmitir una idea y para tener el reconocimiento de sus pares, bla bla bla... A mí me da mucho orgullo, por ejemplo, cuando Fito dice que es alumno mío. Y me molestan los que hacen como que yo no existo. Los que tratan de no imitarme en nada, a esos les va horrible.
–¿Por qué? ¿No se puede
hacer rock en la Argentina
sin estar influido por vos?
–Y, ¿qué sé yo? ¿Alguien que hace rock acá puede no estar influido por Spinetta? No. Si tengo una crítica que hacer, es que hay mucha vagancia en este país. Los músicos también son vagos. Los ves tocar y componer solamente cuando tienen que sacar un disco. Los buenos son Cerati, Calamaro. Son músicos muy dedicados. Pero todas esas banditas que hacen quilombo, parece que están más en el boludeo. A mí también me gusta boludear, pero me gusta escuchar música. ¿Qué es más joven, un grupo de ahora o los Shakers? I don’t know, men. La música no es un calendario. Además, eso de ser joven todo el tiempo... no tiene matices. Me gusta la jovialidad, pero también me gusta esa cosa de los indios de creer en la sabiduría de la vejez. La cultura de la revista Gente no te da más que un par tetas o un culo lindo. Es más lógico lo que dice Dylan: “The older, the better” (“cuanto más viejo, mejor”). Además es una buena manera de asumir lo inevitable. Si pudiera frizarme ahora, me frizaría sin dudarlo. O en el momento en que estaba en el aire tirándome del noveno piso.

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