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Jueves, 24 de marzo de 2011

SERGIO PáNGARO EN EL BAFICI XIII

“‘Había violencia en tus ojos’, me explicó”

El músico y actor cuenta la frase que lo llevó a convertirse en uno de los actores de Vaquero, el film que abre el próximo Bafici.

 Por Federico Lisica

Sergio Pángaro está perturbado. Acaba de asfixiar a un sujeto con las cuerdas de una guitarra. Para templar la psiquis bebe un shot cargado de whisky. Tranquiiilos... El cantante de Baccarat no irá a prisión. Simplemente narra el rodaje de una de las tantas películas en las que está embarcado. Por esto días, además, será un conductor de radio de los ‘40 paternales con Eva Perón y –en otro proyecto– padre de ¡Emilio Disi! Para este crooner de una nación imposible, lo que comenzó como el encargo de las bandas de sonido, se volvió una agenda plena de cameos, participaciones (“invitaciones” es la palabra que utiliza) al punto que ya es más común verlo en cine que arriba de un escenario con su banda. Según Pángaro, lo que más disfruta de los sets es la camaradería: “Daniel Fanego y Lorenzo Quinteros me enseñaron que entre toma y toma hay que dormir porque tu energía tiene que estar intacta, y así descansan plácidamente arriba de cajas con cables”. En el próximo Bafici se lo verá en una ficción y un documental. En Vaquero –película que abrirá el festival– Pángaro interpreta al hermano del protagonista –el debutante como director Juan Minujín–. En Moacir, de Tomás Lipgot, ayudó a un artista brasileño recién salido del Borda a catalizar su música.

–¿Por qué te convocaron para sus proyectos?

–Tomás me dijo que podía acompañar a Moacir por el carácter de sus composiciones: sambas, bossa nova, tangos en portugués y boleros. Me convocó como productor, ya que puedo entender cierta locura por lo que es Baccarat, que no es muy ortodoxo, y por mi conocimiento de la música previa a los ‘60. Veremos qué sale, ya que hubo muchas instancias. Moacir es un ingobernable: es un artista. En su paranoia empezó a creer que había una confabulación. Y yo tuve que tomar la decisión de tratarlo como músico o como loco. Y opté por la primera. Tradicionalmente el productor está en contra del músico, y viceversa, todo para un bien común que trasciende a ambos. Todo se potenció por la locura de Moacir.

–¿Y en Vaquero?

–A Juan Minujín lo conocí en Málaga. Yo estaba presentando El artista. No vi nada de cine, fui a comer y a las fiestas post-funciones. Cómo estaría que, cuando me propuso actuar, ni me acordaba de que nos habíamos cruzado. Hago de un tipo que tuvo un pasado de adicciones y ahora está más relajado con su vida familiar. Pero lo comienzan a llamar amigos de antes y se pone un tanto nervioso. Creo que, en ambos casos, los directores saben que me tienen que conducir de cierta manera, porque lo mío no es tradicional. Yo soy cantante. No hago casting. Me convocan porque me vieron en un escenario. Son personas que tienen cierto vuelo y la aspiración de hacer un cine distinto.

–Baccarat tiene un halo cinematográfico, en sonido, en letras y en escena. ¿Eso facilitó tu arribo a la actuación?

–La que terminé de hacer, donde interpreto a un asesino, fue todo un desafío. El director me dijo que había pensado en mí después de verme en un show. Que me lo crucé en un pasillo y lo fulminé con la mirada. “Había violencia en tus ojos”, me explicó. “Y no sé... estaría borracho”, me justifiqué. Pero me dijo que eso era lo que quería. Después del primer ensayo terminé con congoja. Me pregunté por qué: y es porque actuar te moviliza. Yo he leído mucha teoría de teatro, y confieso que he disfrutado más de películas que de discos y, con esa liviandad del que es un diletante, tengo mi teoría. Pero no dejo de tener instinto y ganas de jugar. Creo en la interpretación. Cuando estás frente a un micrófono hay un hecho teatral.

El camarín se llena del humo de cigarrillos que Pángaro fuma –uno tras otro– con tranquilidad inquietante. Se ha suspendido la función de Las estrellas nunca mueren –donde comparte tablas con Eusebio Poncela y Humberto Tortonese– y puede explayarse. Cuenta que no posee televisor (“de lo de Japón me entero por el Corriere della Sera”); alaba las cualidades como chefs de Mariano Cohn y Gastón Duprat (los directores con los que ha trabajado en varias ocasiones); cita a Tristan Tzara y revela que para los movimientos de un personaje se basó en el bailarín ruso Vaslav Nijinsky y la serie televisiva Swat. Para su protagónico en El artista, en cambio, mezcló la parquedad de un tipo que atendía en un locutorio con Juan Román Riquelme (“a ese hombre costaba entusiasmarlo, sabía un oscuro secreto”). La puerta debe cerrarse por el ruido que viene de afuera; allí, delante del cartel con su nombre, alguien ha pegado un sticker del ratón Mickey.

–Cohn y Duprat destacaron tu ambigüedad como intérprete, como que en tu condición hay algo de genio y fabulador. ¿Concordás con esa definición?

–Siento que tengo una construcción consciente que mantengo conmigo mismo. “¿Vos te vestís así siempre?”, me preguntan en la calle. Es que yo creo que la Argentina puede ser elegante en varios niveles. Si Marcel Duchamp cree que el arte está en el ojo del espectador, mi filosofía es buscar la elegancia en el basural.

–Citaste a Oscar Wilde como referente. ¿Tenés algunos en la actuación?

–¡Sí! Ulises Dumont, Lorenzo Quinteros, el Actors Studio, Mastroianni, Dean Martin...

–¿Qué director debería dirigir una película sobre tu vida?

–Cohn y Duprat porque, además de amigos, son unos venenosos. Nunca se tentaron con hacerme quedar bien, fuerzan los códigos, con ellos no hay garantías. Y cuando me dejan mal parado, hay una justificación. Saben captar la monstruosidad que subyace en mí, ven ahí un valor. Y prefiero eso antes que me muestren, no sé, cremoso.

–¿La actuación renovó tu compromiso con la música?

–Sí, creo que la energía de Baccarat estaba enviciada. Tenía pilas de papeles con letras y dos compus llenas de demos. Pero le faltaba la gracia que tiene que tener el rock. Lo que sucedió fue que llevamos el refinamiento de lenguaje hasta un nivel que empezamos a desconfiar. Acercarme al cine fue un honor porque descubrí otra industria. En la discográfica, los sellos no ponen tanto en juego, se llevan todo. En el cine descubrí otro compromiso. Cuando termine mis compromisos actorales volveré con un musical. Se va a llamar Un día con Baccarat.

–¿Y cómo lo concebís para el vivo?

–Con Baccarat no podemos ir a un campamento. Voy con dos damas que necesitan su habitación de hotel. Y yo necesito una ducha y mi Martini. No son veleidades de rock star. De hecho, las veleidades del rock son mucho más costosas.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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