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Jueves, 1 de marzo de 2012

LUCAS MENGHINI REY (1991-2012)

20 años

 Por Juan Ignacio Provéndola

“¿Por qué no cortan las rutas y protestan por el tren?”, se preguntaba un amigo de San Justo, morado de furia, cuatro veranos atrás, mientras cumplía su rutina de siempre: el ramal “Los Pinos” del 242 en la esquina de Miguel Cané y Camino de Cintura hasta Ramos Mejía, donde se zambullía en la estación para empalmar con el Sarmiento y, así, llegar a Once. “El azar recicla promesas viejas”, cantaba Lucas Menghini Rey en un video casero que algún amigo registró algún día de algún año. Están en un vagón del Sarmiento, curiosamente, y sólo les presta atención un perro. Venían de tocar en una radio comunitaria de Ramos Mejía con Chimeneas, una banda de “folk rock minimalista”, según acusaron convenientemente en MySpace. “Somos una banda bisexual”, decía Lucas: Sofía Golmajer en guitarra, Federico Chiclana en teclados (flamantes incorporaciones de Coiffeur, además) y Frida Family en coros completaban una perfecta armonía de géneros. Primavera y bicicletas, Nueva Intención (sic), Debutar con ángel o hamacas paraguayas son los nombres de las creaciones de Lucas que, bajo la etiqueta de Chimeneas (de ahí “Chimu”, su apodo), están desparramadas por la red. Sobre fines del año pasado, y bajo el slogan de “un puñado de canciones para recibir el 2012”, el sello indie Difusión Alterna editó el volumen 1 de Compileft, disponible en el blog http://escriturasindie.blogspot.com; allí conviven textos de autores suburbanos con temas de, por ejemplo, Flopa/Minimal (esta vez a dúo, sin Manza), 107 Faunos y Acorazado Potemkin. Como bonus track aparece Moscas en rosas, única aventura discográfica de Chimu y de sus Chimeneas, que sus padres hicieron sonar con vigor el día que leyeron la carta pública en el Teatro Margarita Xirgu. “Moscas en rosas, como el hombre que busca miel, lo miro y no lo entiendo”, grabó aquella vez en Casa Frida, la sala de Ituzaingó donde siempre ensayaba y en la que los amigos de su Padua natal le brindaron homenaje el sábado pasado.

Su impronta vocal y su sutileza literaria recordaban a Federico Moura, sus rulos y su metrosesenta lo vinculaban con Miguel Abuelo. Las arrebatadas desafinadas, en cambio, eran consecuencia de horas y horas vendiendo quimeras imposibles como telemarketer de un call center en Once, al que iba todos los días. Tenía veinte años, una hija de cuatro que aún cree que no volvió de trabajar y un padre editor de videos en Canal 7 que descubrió en qué vagón subió Chimu el día de la tragedia gracias a su pericia profesional y a las imágenes de las cámaras de seguridad de la estación de Padua. Su cuerpo fue encontrado en la cabina de conducción del motorman en el cuarto vagón. Un lugar prohibido, dicen, sin aportar demasiado: pungas con escaso tino profesional, chicos extraviados por el tolueno, puertas rotas y ventanas transparentes de ausentes, cervezas de medio litro a cinco mangos en plena marcha, formaciones rebasadas por encima de sus capacidades físicas, algún finito prendido contra la ventana del furgón, falta absoluta de controles, blisters de medicamentos de farmacia “para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama” y chanchos jugando al huevo podrido ofrecen un (des)concierto en donde lo prohibido y lo permitido viajan mareados y confundidos, dejando a su paso la música más triste de todas: aquella que, porque se canta siempre o porque no se canta nunca, ya nadie escucha. Lucas nació el 21 de mayo de 1991; cuando falleció tenía 20 años.

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