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Jueves, 16 de mayo de 2013

DARíO SZTAJNSZRAJBER Y LA MAYéUTICA DEL ROCK

“En la adolescencia se vive con la mayor potencia”

Desde Canal Encuentro, con Mentira la verdad, este filósofo contemporáneo que se interesó tempranamente en el punk viene planteando otro tipo de acercamiento al arte de la duda. Ahora, con el espectáculo Desencajados, disecciona al rock argentino y lo hace dialogar con los grandes pensadores modernos. Y alerta: “Podemos destruir cualquier cosa con una pregunta”.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Estamos al tanto, sólo gracias al saber popular (ya que, aunque un ex presidente juró haber leído toda su obra, el filósofo no dejó escrito alguno), de que Sócrates iba por las calles de la antigua Atenas impartiendo de a pie su particular método de aprendizaje. Podrían encontrarlo en una plaza, el mercado público o algún rincón de la Acrópolis, interrogando a sus discípulos y llenándolos de dudas (la duda socrática) a través de la mayéutica, la técnica con la que el pensador griego estimulaba en plena caminata la búsqueda de un conocimiento genuino por medio de preguntas, respuestas y nuevas preguntas que rebatían lo dado por cierto y subrayaban una única convicción: la de que, en definitiva, nunca se sabía nada. Los que lo aprobaban, lo amaban (el Fedón de Platón, su alumno más célebre, es respeto por el maestro y cariño por la persona), mientras que aquellos que lo rechazaban ejercitaron un militante denuesto que terminó con la condena a muerte de quien, según juzgaron entendidos de la ley, alteraba el orden de la democracia ateniense. Sus innovaciones, evidentemente, no causaron indiferencia.

Darío Sztajnszrajber quiso replicar la experiencia tres milenios más tarde, cuando con 24 años pegó sus primeras horas como profe de Filosofía en un secundario. “Salimos de la clase con los alumnos y empezamos a charlar mientras caminábamos. En eso aparece la rectora a los gritos, exigiendo que volviéramos al aula. ¡Pero estaba dando Sócrates! ¿Qué quería? ¿Qué los chicos aprendieran sentados la historia de un tipo que criticaba a los que, justamente, se sentaban?”, opone Sztajnszrajber (léase shtain shraiber), quien siempre se planteó, como docente, el objetivo de volver apetecible una materia que muchos pibes denuestan por su densidad teórica, bibliográfica y conceptual. “En otra oportunidad me dieron ochenta minutos por semana en un curso, entonces daba la clase en la primera mitad, y el resto del tiempo lo usaba para hablar de lo que habían hecho el finde, de sus noviazgos o de las peleas que tenían con sus padres. ¡Cuando la directora se enteró, me dijo que me iba a pagar la mitad del sueldo! Siempre quise sacar la materia de la currícula, porque creo que cualquier cosa se vuelve interesante si el profe le pone onda. El tema es que, a veces, va en contra de los intereses de las instituciones.”

A diferencia de Sócrates, Darío tuvo la dicha de saborear los frutos de su obra en vida, sin que ésta corriera riesgos. Después de haber recorrido todos los niveles educativos posibles –su preferido es el CBC de la UBA, donde dicta Sociedad y Estado–, alcanzó notoriedad pública a través de Mentira la verdad, programa de Canal Encuentro donde él y la productora Mulata Films retomaron planteos filosóficos históricos (la Verdad, el Bien, el Alma, la Muerte), pensadores fundamentales (desde Aristóteles hasta Hegel) y lecturas obligatorias (El Banquete de Platón o El Capital de Marx) bajo un código estético, histriónico y ficcional, pero a la vez creíble, fresco y pedagógico, obteniendo como resultado una narrativa de alto impacto y gran repercusión. De golpe, la filosofía se convirtió apetecible para audiencias más jóvenes (chequear, si no, la cantidad de vistas que tienen capítulos como “El amor” o “La amistad” en YouTube).

El alcance del envío sorprendió a todos. A su creador, por empezar: “Me mandan mails pibes enloquecidos desde Ecuador o un profe de un colegio rural de Catamarca que pudo trabajar ciertas temáticas a partir del programa. Logramos una llegada más allá del porteño de clase media, que podría ser el consumidor standard de filosofía y de este tipo de televisión”, teoriza Sztajnszrajber acerca de un programa cuyo slogan es contundente: “Filosofía a martillazos”.

La sociedad con Encuentro (uno de los logros culturales más maravillosos de esta gestión) fue fundamental para terminar de codificar un lenguaje que, lejos de cerrarse al gueto de la filosofía dura, procuró ser inclusivo y abarcador: “El canal fue clave, porque el producto es parte de su política comunicativa. Fue una apuesta riesgosa, había que jugársela. Cuando grabamos el primer capítulo (N. del R.: que no arranca con Darío parado en un pizarrón sino con un primer plano suyo en un bondi atiborrado), no sabíamos si iba a gustar y nos perseguían ciertos fantasmas acerca de lo que diría ‘la Academia’, si pensarían que estábamos bastardeando a la filosofía”.

Haber convertido contenidos otrora esquematizados en hechos estéticos y lograr que éstos proyecten subjetividades en el joven auditorio (el brief original aspiraba a una audiencia de entre 12 y 19 años) es lo que convirtió al programa en objeto de culto. Y, por añadidura, a Darío, que poco a poco comenzó a desatarse de la exclusividad del programa (que negocia su tercera temporada en el aire) y experimentó nuevos formatos como su columna en la FM Rock & Pop, un envío semanal en Radio Madre o su ciclo El amor al cine en Canal Encuentro, donde presenta distintas películas no como crítico fílmico sino como deconstructor del concepto filosófico que los directores despliegan acerca del amor, “un tema recurrente en el arte, la filosofía y la vida misma, aunque si pudiéramos emanciparnos de él, seríamos más felices”, aclara.

Siguiendo la línea de la filosofía al alcance de la masa a través de lenguajes artísticos (tal como lo hizo con el registro actoral de Mentira la verdad), Sztajnszrajber ahora refresca la apuesta con Desencajados, un espectáculo teatral recientemente estrenado en la Ciudad Cultural Konex que, como novedad, involucra a la música, con fuerte preeminencia del rock argentino. Mientras el filósofo reflexiona sobre determinadas inquietudes existenciales, citando a clásicos pensadores, una banda en vivo lo acompaña a través de intervenciones. “La música es de las dimensiones culturales más presentes de nuestra cultura, y nos pareció piola comprobar que ambos manejan mismas sintonías y sensibilidades. En las letras hay búsquedas más allá de lo cotidiano y del entretenimiento, que recuperamos encontrando diálogos entre Charly, Spinetta o Divididos con Nietzsche, Platón y Derrida”, explica.

¿Hubo en los grandes cerebros de nuestro rock una intencionalidad teórica y filosófica que escapó a nuestro entendimiento? “No es un dato que nos diga algo”, elude Darío. “Lo que importa es cómo nos llega, qué nos dice y con qué lo fusionamos nosotros. La verdad de una obra de arte a veces trasciende la intención del autor y tiene que ver más con lo que el receptor haga de ella. Por eso, a veces encontramos interpretaciones diametralmente opuestas. A Nietzsche, por ejemplo, se lo apropiaron tanto la derecha como la izquierda. ¿De qué extracción era él? ¡No me interesa! Lo importante es poder apreciar esa apropiación, ya que la historia del pensamiento y de la cultura es la historia de relecturas permanentes en las que incluso se disuelven las intenciones originales de su autor.”

¿Cómo es tu relación con la música, desde el punto de vista filosófico?

–Era un obsesivo que seguía el desarrollo de grupos, con Los Beatles, Spinetta y Soda Stereo a la cabeza. También sentí empatía con los movimientos culturales que tuvieron sus facetas musicales. Tuve una etapa hippy psicobolche de la que aún no me pude desprender y también me interesó el estallido punk. Dos movimientos opuestos que componen una dialéctica con la que, para muchos, se cerró la cultura moderna. Es difícil pensar una música de ruptura posterior al punk: todo lo que escuchamos de ahí en más está mercantilizado. Y lo que se sale del mainstream es porque ha construido un nicho por el que le conviene transitar. Esos movimientos que intentaban romper con lo instituido aún me interpelan, aunque sólo desde la nostalgia.

¿Vos creés que a la música hay que agregarle esa responsabilidad de generar una ruptura cultural?

–Yo no hablaría de La Música, con mayúscula, sino de músicas. Hay que evitar el concepto universal que pretende sintetizar la esencia, porque demarca límites con los que luego se juzga cuál música tiene validez y cuál no. Es cierto que venimos de un tiempo donde el arte cumplía un rol social, entonces hoy vivimos el cambio como una pérdida. El tema es que esa pérdida no te convierta en un melancólico patológico. Creo que lo interesante de nuestra época es que todo ese impulso transgresor ha devenido hoy en un impulso experimentalista, que es igual de conmovedor. Tampoco creo que el transgresor tenga una superioridad moral por sobre el conservador. Son muy chotos los juicios taxativos; hay que respetar las búsquedas personales: detrás de eso estuvo alguien que hizo algo, te guste o no, tratando de sobrevivir. Cada uno hace lo que puede y elige. Y después, todos, absolutamente, nos morimos. En definitiva, todo lo que hacés en esta vida es una especie de búsqueda infructuosa de aferrarte de algo. Y eso es el arte. También la filosofía, la familia o el amor.

¿Hay inquietudes filosófica propias de la juventud de nuestra época?

–Sí, por ejemplo el impacto de las nuevas tecnologías a través de la informática, que rompe ciertos esquemas clásicos como la dicotomía entre lo real y lo aparente, y permite ir más allá. Los teóricos más viejos no pueden comprender el nuevo concepto de amistad surgido a partir de Facebook. Lo ven como una falacia, aunque la tecnología en sí no es buena ni mala: simplemente transforma al hombre. Tal vez haya que esperar a que se formen nuevas teorías que lo expliquen, aunque creo, al igual que Marx, que la filosofía ya explicó demasiado la realidad y ahora debe dedicarse a transformarla.

Una vez dijiste que la filosofía era adolescente. ¿Por qué?

–La adolescencia es el momento donde se vive con la mayor potencia, y te marca para siempre. Es la época en la que uno todavía se anima a desconectarse de la cotidianidad y de la masa, y todavía cree que es posible fundar una cosa diferente. Después, la vida madura trae responsabilidades y te abruma, pero cuando puede generar esos movimientos, se siente adolescente. La filosofía, como yo la entiendo, es cuestionar a lo establecido, que es lo que uno hace, básicamente, en la adolescencia.

O sea que filosofar no es sólo pensar sino también cuestionar...

–Un viejo manual dice que un filósofo es un especialista en generalidades. El que no es del palo, lee esto y se te caga de risa en la cara. Siempre tenés que explicar que no sos un chamuyero. “¿Laburás de filósofo? ¿Y encima te pagan? ¡Dejate de joder!” La filosofía que a mí me gusta no es simplemente pensar sino entender que hay una forma de nuestro pensamiento que se expresa en nuestro cuestionamiento. El poder que tenemos es el de destruir cualquier cosa a través de nuestras preguntas. No hay una verdad: la pregunta por el por qué no tiene respuesta, entonces es un arma más letal que muchas materiales. Siempre que te quieren terminar de cerrar con una verdad definitiva, podes preguntar por qué. Eso es muy liberador, y también un mecanismo de resistencia muy fuerte.

¿Sos de lo creen que podemos filosofar por el simple deseo de nuestra voluntad, sin necesidad de incorporar conocimientos teóricos previos?

–Sí, soy partidario de eso, aunque el conocimiento previo ayuda a la agudeza de la reflexión. ¡Pero también te condiciona! A mí me cuesta mucho hoy alcanzar algún tipo de reflexión que no esté intermediada por Kant, Platón o Nietzsche, por ejemplo. Siempre que estoy pensando se me cuelan teorías, y por ahí alguien que no leyó nada llega a razonamientos espontáneos y recupera de ese modo el espíritu originario de la filosofía: la pregunta por lo desconocido.

La piedra filosofal

Darío Sztajnszrajber acepta el convite porque le permite “salir un poco de la cotidianidad, como tomar una copa de vino o andar en bicicleta”. Aunque aclara que “deja de tener efecto cuando se vuelve una afición repetitiva”. La pregunta era inevitable: ¿cuán verdadero y eficaz es el vínculo entre el pensamiento filosófico y el uso de marihuana? “Depende también de la definición de filosofía de la que partamos”, frena. “Podemos pensar que ciertos estados alterados en sí mismos suponen un ejercicio filosófico, relacionando la zona de inacción y de asociaciones libres de la filosofía con los efectos de algunas drogas livianas; ahora, si creemos que filosofar significa un ejercicio lógico, demostrativo y deductivo, entonces la marihuana molesta”, asevera. “Muchas veces, haciendo filosofía y dejando fluir el pensamiento, se consiguen efectos parecidos”, comparte.

Parece ser una cuestión menor para este filósofo que, igual, defiende la libertad del ejercicio individual, oponiéndose a considerar enfermo o delincuente al usuario, tal como lo dispone la política represiva vigente. Por eso adhirió a la reciente Marcha Mundial de la Marihuana, que tuvo su multitudinaria réplica en Buenos Aires. Una apoyatura que, de todos modos, no deviene en fanatismos: “Me pasa más por la posibilidad de relajar un poco y dejar que la cabeza y el cuerpo fluyan por un rato. Pero cuando algo que viene a romper un estado se convierte en dominante, deja de interesarme. En general, mis peleas son ésas”.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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