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Jueves, 26 de septiembre de 2013

BENITO CERATI PUBLICA SU DEBUT, TRIP TOUR

“Este disco es como gritar auxilio”

El hijo mayor de Gustavo está a punto de cumplir 20 años, armó un proyecto musical desde abajo y tiene más apego por el indie que por el mainstream, está haciendo sus primeras materias para antropología en una universidad pública y no tiene novia porque quiere dedicarse de lleno a la facultad y a la música. Aunque se defina como un colgado, Benito tiene los pies en la tierra, de tal manera que su primer disco ya empieza a marcar su huella...

 Por Yumber Vera Rojas

Domingo de resurrección. El vástago de Gustavo Cerati, máxima estrella del rock de habla hispana, acaba de vivir una experiencia que sin duda cambiará su percepción del mundo: viajó por primera vez en la línea A del subte. Qué pena que no lo haya hecho antes de que la política, en nombre de la modernidad, sacara de funcionamiento esos hermosos vagones de madera que tras casi un siglo hicieron de Buenos Aires una metrópolis única en el mundo, pues demostraba que acá la historia siempre está en movimiento.

Apenas sale de la estación Avenida de Mayo, al músico que próximamente arribará a sus 20 años lo reciben las campanadas de las seis de la tarde de la hoy en boga (por lo de Francisco) Catedral porteña. San Telmo tiene cierto encanto lúgubre en invierno, y más en el ocaso dominical, en el que ese trozo de ciudad va tomando un hermoso torno desolado. No obstante, en la calle Bolívar, antes de atravesar una puerta negra hacia la dimensión del rock, en la que sirve de anfitrión nada menos que el payaso fornido que ilustra la tapa del disco Ringo de Massacre, el joven capitán Benito de Zero Kill comparte en Twitter con su reciente happening.

Benito Cerati es fachero y alto, igual que su padre, y hermoso como su madre, y heredó de ambos el talento que ostenta igualmente su hermana, Lisa. Además de rebelde, sensible y terrenal, es un geniecillo mutante, quizás inspirado de forma cosmogónica por el brujo de la cinta Laberinto, el Duque Blanco o David Bowie. Luego de servir de soporte de Pacific! en 2011, en un arrebato semi unipersonal en la discoteca Niceto Club de la capital porteña, fueron públicas sus dotes y ganas por seguir los pasos de su padre. Lo que le permitió zafarse de su ostracismo. Y es que posiblemente causaba más interés descubrirlo a él que al grupo sueco.

A contramano de lo que su papá se había encargado de labrar, ese imperio musical que erigió en todo el continente, el asimismo hijo de la fotógrafa y dj Cecilia Amenábar apostó por los caminos de la independencia. Así, en 2012, formó el grupo Blank Tiger, que después evolucionó en Zero Kill, el laboratorio sonoro con el que puso el pasado miércoles 25 a la venta su debut discográfico, Trip Tour, un trabajo que demuestra su valor, tenacidad e inventiva. Cerati, el querubín, es un bicho raro y noctámbulo, además de un muchacho muy sencillo.

¿Por qué decidiste lanzar ahora tu primer disco solista?

–No lo sé. Desde chiquito vengo haciendo discos. Creo que todo el mundo lo sabe. Pero este trabajo está prácticamente listo después de que cumplí 17 años. Si lo hubiera lanzado en esa época, no sé qué sería de mí ahora. Empecé a caer en que no estaba preparado, era una actitud muy adolescente. Y siempre estuvieron en mí las ganas de sacar ese álbum. En un momento, más por un acto de rebeldía que por otra cosa, me negué a ser músico.

¿Cuándo fue eso?

–Luego de que se fundiera mi primera agrupación. Perdí el entusiasmo porque me tenía que rebelar contra eso, especialmente en mi familia, en la que estaba como establecido. Todo el mundo pasa por eso. Aunque me duró poquito porque me di cuenta de que la música me llamaba, no la podía dejar de lado. Y una vez que me estabilicé, lo retomé.

A tus canciones las atraviesa la angustia. ¿Qué te pasaba en ese momento?

–Creo que es lo más visceral que voy a hacer en toda mi vida. Este disco es como gritar auxilio. Es Benito pidiendo ayuda, pasando por un mal momento. El que me conoce bien sabe que soy yo, que es mi piel, que no estoy escondiendo nada, que estoy hablando de lo que me sucede. Generalmente, esas canciones son muy agonizantes, paranoicas y sufridas, pues representan fielmente lo que me pasó. Más allá de lo que le sucedió a mi papá, me estaban pasando cosas. Después de que escuché el disco, no podía creer que eso lo hubiera compuesto a mis 16 años. Si bien son grandes temas, me llevan a un pasado que no me agrada recordar. Por eso tenía que hacer este álbum, para poder dejar ir ese período. Necesitaba avanzar hacia la siguiente etapa. Ahora no me identifico tanto con eso porque estoy mucho mejor, pero en esa época no podía escribir otra cosa, no me salía una canción de amor porque no sabía lo que era.

Ya desde tu precocidad escribías con madurez acerca del desamor. Lo demostraste en Adiós, que firmaste con Gustavo para su álbum Ahí vamos. ¿Cómo fue el proceso de labrado de ese sencillo? ¿Cuál trozo es tuyo y qué parte es de él?

–En realidad, bajé una data, el concepto de “poder decir adiós es crecer”. No sé de dónde lo saqué, ni siquiera entendía qué quería decir. Me salió eso, ¿viste? Lo miro ahora, al igual que otras composiciones que hice de más chico, y me sorprendo. Pero no sé si a esa edad comprendía de qué se trataba.

Luego de ese debut a cuatro manos, que te introdujo formalmente en el negocio de la música, te anotaste varias coautorías más en Fuerza natural. ¿Sabés qué vio tu padre en vos para comenzar a confiarte su repertorio?

–¡Qué sé yo! Habrá visto alguna cosa que le gustó, quizá potencia. Cuando papá estaba haciendo Ahí vamos, me dio todos los temas, me pidió que escribiera las letras. Me dijo: “Tomá y escribí”. Los puse en la compu y el único que resultó fue Adiós. Pero se volvió a repetir el proceso en Fuerza natural, en el que compuse cuatro. En ese momento, sentía que mi escritura se había afianzado, que me gustaba más, al punto de que algunas cosas que le propuse para su disco, y no quedaron, las incluí en el mío.

Yoko Ono dijo que si bien Sean Lennon era muy artístico, estaba preparada para que fuera ingeniero. ¿Te sucedió lo mismo de parte de tus padres?

–No, fue al revés. Si yo decía que quería hacer otra cosa, ellos medio que se asustaban. La típica era esperar lo contrario.

¿Cómo se te hizo tan fácil la música?

–Dicen que se hereda, pero para mí no es así. Hay una conexión, no sé. No me veo haciendo otra cosa. Tampoco creo que fuera por inercia, porque todo el tiempo hubo música en casa. Lo desarrollé yo, no siento que haya sido impulsado. Si no todos los hijos de músicos siguen el camino de sus padres, por algo será. Actualmente existe una nueva generación de hijos de músicos que dejaron huella en el rock argentino, que ya comienzan a mostrar sus proyectos, y que pueden contar con el apoyo de sus padres. Con Dante (Spinetta) me veo un montón. A veces viene a casa, pero no hablamos de ese tema porque nuestros caminos son diferentes. Lo que tengo para decirles a los hijos de músicos es: “Disfrútenlos lo que más puedan. No se mortifiquen por portarse como artistas, sino por ser hijos”. Las ganas de hacer un show y de invitar a mi papá a tocar no te las puedo explicar. Me encantaría que sucediera. El hecho de no tenerlo totalmente presente me resulta una dificultad extra. Sin embargo, la vida es equilibrio. Para mí hubiera sido todo más rápido y fácil si estuviera. Bueno, ahora está, pero de otra forma. Me presenta un desafío necesario, aunque no injusto. Tengo que aprender a vivir la realidad.

Al referirte a tu padre, lo alternás en presente y pasado. ¿En qué tiempo se encuentra para vos?

–El está porque lo voy a ver, y hay reacciones ahí. Si bien no me cuesta, hay que aprender a dialogar con él de otra forma.

Si de él tomaste lo musical, ¿qué heredaste de tu madre?

–Compartimos mucho. Mis padres me impartieron la buena música. Luego partí yo a investigar lo mío. Por ahí le pregunto: “Ma, ¿escuchaste tal grupo? ¿Son buenos?”. Y si me dice que sí, entonces voy por buen camino. Esas cosas siempre cuentan, y más si es un aporte artístico.

Lisa, tu hermana, ¿también está signada por el arte?

–Lisa es reartística. Actúa increíble, se mandó unas canciones impresionantes. Me mostraba temas que se me quedaban pegados todo el día. También dirige. Tiene un potencial que apunta hacia muchos lados. Es una grossa, además de que con ella me llevo muy bien.

A medida que componías, ¿les mostrabas tus canciones a ellas?

–La devolución de Lisa de lo que hago fue muy buena, está fascinada. Mientras que los comentarios de mi mamá siempre fueron positivos, aparte de que me va a ver a mis shows. Ella vio el progreso que tenía acorde a mi edad, al igual que mi papá. Me hubiera gustado que él escuchara lo que tengo ahora porque es otra cosa.

América latina te conoció antes de que nacieras, ya fuese dentro de la barriga de tu madre en el video de Te llevo para que me lleves, o al término de este tema en el disco que lo contiene, Amor amarillo, en donde se escuchan los latidos de tu corazón. ¿Te desagrada que el mundo sepa más de vos de lo que te imaginás? Es como si hubieras vivido tu propio The Truman Show...

–Es muy loco. Todo el mundo puede buscar y verme de chiquito. Pero no le doy tantas vueltas a eso. Pienso en que estoy saliendo, y en que la gente me va a conocer recién ahora. Es tan natural, tras todos estos años, que no me parece raro. De afuera se debe ver diferente. Esa parte la veo renormal, porque la viví siempre. Soy esto.

¿Cuándo te diste cuenta de que sos hijo de una estrella de rock?

–Siempre. Tampoco lo pensé mucho. No me imaginé que había tanto fanatismo por él hasta que cayó en ese estado y la gente empezó a mandar saludos y cosas, y se los veía en la clínica. Con la familia entendíamos todo lo que pasaba, pero no lo habíamos vivido nosotros. ¿Entendés? En todo instante lo tuve presente, aunque ahí fue cuando me di cuenta de su dimensión.

¿Por qué te llamás Benito?

–No lo sé. Me dio la sensación de que vieron a un bebito. Me lo pusieron porque era un nombre de nene y nunca pensaron que iba a crecer. Es un diminutivo. No sé qué va a ser de mí cuando tenga 70 y me sigan llamando de esa manera.

Y vos, ¿por qué llamaste tu proyecto musical Zero Kill?

–Fue muy gracioso. Esto antes era Blank Tiger y tocaba las mismas canciones. El nombre lo tomé de un personaje de Bowie, cuando estaba fanatizado por él. Creo que lo saqué del disco Outside, lo transformé en algo mío. Entonces empecé a sentir que la embarraba, que no tomaba buenas iniciativas, y pensé que cambiar la denominación iba a estar bueno. Vivi, mi manager, me sugirió que eligiera una que me gustara, a lo que le contesté: “OK”. Si bien inicialmente pensé en llamarlo así, me pareció muy cliché. Luego entré a Wikipedia a ver qué significaba, y vi que el Zero Kill se usaba en la Segunda Guerra Mundial para advertir que no había muertos. Conceptualmente, todo lo que hago, más tarde cobra sentido.

¿Sabés que allá afuera estaban esperando a que saliera Trip Tour para saber si musicalmente te parecés a tu padre? Pues hasta ahora todos coinciden en que en lo único en que son idénticos es en el semblante...

–Lo entiendo, y lo incorporo. Hay un tema que está hecho con samples de Fuerza natural y Ahí vamos. No le hago asco a eso. Va a haber gente a la que le gustará mi música. Estoy seguro. Tweety González, productor del disco, me dijo que parece un debut de alguien de 35 años. Es mi papá, y es un honor que me comparen con él. Cuando era más chico, sí me jodía mucho. Todas las personas necesitan despegar. Si todo el mundo te pega, ¿cómo hacés? Es una pelea mucho más grande porque me están midiendo constantemente. Pero ahora lo asumo, lo tomo, no me molesta. Lo mejor que me pasó fue tener una historia así.

Tu viejo es sinónimo de vanguardia en América latina. ¿Cómo te parás desde ese lugar para comenzar a construir tu propia personalidad artística?

–No puedo evitar la influencia de mi padre, tampoco quiero. Siempre lo escuché, y me gustó. Al momento de hacer este disco, me costaba ir hacia el lado deforme de las cosas. Ahora, con el registro en vivo, trato de llevarlo al lado más vanguardista, no tan mainstream. Me encanta explorar, escuchar noise, rock progresivo. Lo que desafía. Medio que esquivo lo convencional, me sale natural.

A contramano de lo que se esperaba, elegiste hacer tu carrera desde bien abajo. ¿A qué se debe?

–Sé tomar lo necesario. Soy una persona que hace música porque la ama, y no porque estoy buscando otra cosa a cambio. Si fuera por mí, sacaría un disco totalmente independiente. Lo único que me importa es disfrutar haciéndolo, y que a la gente le pase lo mismo al escucharlo. No me importa tener tanta exposición. Todas esas cosas que te suceden en el under, pero que no pasan en el mainstream porque está todo organizado, me gusta vivirlas.

Sos consciente de que los músicos desean tener un trozo de ese espacio que vos despreciás, ¿no?

–Y sí, claro. Soy una persona muy al revés de todo.

A pesar de que tu generación apuesta por la baja fidelidad, así como por virar el estudio de grabación hasta el cuarto de su casa, vos estás a medio camino del indie. ¿Te gustaría curtirlo o preferís el lugar en el que estás?

–El indie de acá necesita serlo aún más. Está bastante poco valorado, y hay cosas muy buenas. Hay bandas que podrían ser los Strokes locales, y no pasa. Hay algo ahí que no sé muy bien qué es, porque no tengo 20 años en esto. No poseo experiencia, pero tengo esa sensación. Y yo me veo parado en el lugar en el que me lleve el viento. Nada tiene que ser calculado. No lo voy a buscar, se tiene que dar. Y si no se da, viviré del indie.

¿Por qué te anotaste para estudiar antropología en la facu?

–En mi familia nos comprábamos libros de los mayas, de Egipto y de todo eso que me impactaba tanto. Lo empecé a interiorizar, y después me di cuenta en el colegio de que la historia, el avance del ser humano, me gustaba. Me inscribí entonces a ver si era lo mío, y por ahora lo es. Me encanta porque me va a ayudar en varios campos. La semiología, por ejemplo, me interesa porque me dará herramientas para escribir. Aunque no me veo en el futuro trabajando de antropólogo. Siempre quise algo que me trajera a la tierra, porque la música me hace volar mucho. Yo soy un cuelgue ya de por sí. Así que me hace la persona que soy. Recién estoy haciendo el CBC en la UBA. Me anoté en una universidad pública porque no me quiero encerrar en el mundo. Ya bastante que lo estuve. Quiero aprender a vivir. Me hice buenas amistades sin que les importara mi apellido. Cuando pasan lista, y dicen: “Cerati”, no es que todos se dan vuelta.

¿Te costó hacer una vida común?

–Me costó mucho. Recién ahora estoy haciendo lo que podría haber hecho hace seis años. No viví tan diferente del resto. No anduve en limusina, ni tenía cinco guardaespaldas. Mi vida fue normal, dentro de lo que cabe el concepto. Obviamente, hay privilegios, pero me comparaba con mis compañeros y tampoco era un alien. Hice amigos. Si me sentí así mucho tiempo fue por mi personalidad. Mi adolescencia transcurrió con inseguridad por cómo viví la vida. Y eso llevó mucho sufrimiento, impulsó esto. Sé que mi papá hizo lo mejor por criarme, era uno de los mejores padres. En el colegio hacían énfasis en eso porque intentaba estar siempre presente, y eso me salvó un montón.

¿Estás noviando?

–No, porque no sé cuándo es el momento en el que quiera tener algo estable. No deseo dejar la música de lado, así como tampoco la facultad.

¿Vas a ver bandas?

–Voy a ver a bandas, es una pasión. Me ayuda a aprender de escenarios, de cómo se hacen ciertas cosas en los vivos. Soy muy nochero, pero no me gusta la cosa bolichera de gente. Le tengo fobia a eso.

¿Cómo celebrarás tu cumpleaños 20, ahora que se viene?

–No lo sé, pero de alguna manera lo celebraré. Y son 20 años. Aunque tengo la sensación de que viví mucho más.

¿Por qué ansías el bajo perfil?

–Si hago esto es porque me gusta, no porque quiero que todo el mundo le preste atención. No estoy buscando ser lo más popular de nada. Aunque soy muy ambicioso, estoy siempre virando el timón. Soy muy impulsivo y cambiante, y eso me hace hacer cosas impensadas. Quizás en tres años saque un disco triple. ¿Quién sabe?

“Trip hop metálico”

Trip Tour, el estreno en solitario de Benito Cerati a través de su proyecto Zero Kill (en el que lo acompaña el dúo Ut Ut Ut en bajo y sintetizadores, Juan Strambini en guitarra y Oaky Castellani en batería), salió a la venta tras un año y medio de retraso. “No apareció antes porque necesitaba encontrar a los integrantes que me gustaran, y que se coparan con mi propuesta. No quería sacar el disco sin tener eso resuelto. Este es un momento en el que me siento bien con la banda, que funciona como espero”, describe el novel prospecto del pop argentino, tras regresar de su actuación en la capital cordobesa, el sábado último.

“El disco es una mezcla de pop con toda la movida de Bristol de los noventa y el ciclo drum and bass de David Bowie. Había más temas bien arriba, pero les bajé el tono porque me empezó a gustar el chillout, y terminaron teniendo esa onda. Es un trip hop medio metálico”, define. Y es que la influencia de esta ópera prima es básicamente la década del noventa. “Es la que más me gusta, musicalmente. Tengo una fascinación por ella, y tomo muchas cosas de allí, como My Bloody Valentine.”

Producido por Tweety González, éste es un trabajo conceptual dividido en cuatro partes: “Dark Mode”, “The End of It All”, “Light Mode” y “Earth Mode”, que abarcan en total 17 canciones que alternan entre el español, el inglés y los instrumentales, y despliegan conceptos como luz, oscuridad, insania, cordura, paranoia y tranquilidad. “La más antigua es Corazón centrífugo, de 2008. Es la más etérea, y la que tenía que cerrar el disco porque la hice hace mucho tiempo. Es una de las pocas canciones que escribí que me sigue llegando y encantando, al igual que This Song is Missing (Your Voice), que es de esa época”, reseña Cerati, quien invitó a participar en este debut, que tiene en Automática lunática su primer corte promocional, a Anita Alvarez de Toledo, Fernando Nalé, Alejandro Terán, Leandro Fresco y Mavi Díaz.

“El repertorio estaba compuesto inicialmente por 16 temas, pero, ya luego de haber entrado al estudio, y de tener todo el proceso casi cerrado, se me ocurrió incluir uno más, Kilimanjaro. Eran mediados de 2012. Si bien iba a tener letra, al final desistía de la idea para no complicar más las cosas. Quedó igualmente relindo así.”

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Imagen: Cecilia Salas
 
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