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Jueves, 14 de noviembre de 2013

EL CURIOSO CASO DE DEVENDRA BANHART

“Todavía sigo sin escribir una canción buena”

Hace rato que este músico mitad venezolano mitad yanqui se cortó el pelo y se soltó con eso de aquel supuesto hippismo endilgado, pero aún así permanece ligado a lo elemental en su noveno disco, Mala, que presenta en Buenos Aires.

 Por Julia González

Una voz femenina que sólo habla inglés interrumpe la conversación telefónica con Devendra Banhart a los diez minutos de haber empezado. Anuncia que hay que cortar: otro periodista espera en línea para entrevistar al músico que está presentando su noveno álbum, Mala, editado por Nonesuch Records. “Perdón, no tiene que ver conmigo, quien acaba de decir eso es la persona de mi sello que tiene otra persona en la otra línea; si es por mí, feliz, hablamos por meses”, explica Devendra desde Nueva York. La charla venía de lo más amena, a diferencia de alguna de las últimas apariciones del músico en los medios locales, con el conductor Juan Di Natale, a quien saludaba telefónicamente por la Navidad en pleno abril y le expresaba su deseo de venir a La Pampa para bailar y cantar cumbia villera y chichas. Todo eso en un estado de dudosa sobriedad. Venía todo bien a pesar de esa fama de “entrevistado difícil” en la que se echó a dormir este músico mitad yanqui, mitad venezolano, que hace rato se cortó el pelo, el último vestigio de un supuesto hippismo endilgado. Había dicho que si bien no iba donde no lo invitaban, a América latina vendría igual.

Lo cierto es que Devendra había recibido la colación para volar al sur, pero no le parecía apropiado hasta tanto no tuviera su disco nuevo en la mano. Amante de la música en vinilo y de los viajes, este artista excéntrico hace del misticismo y el naturalismo una escuela que a su vez lo conectan con lo naïve y lo campestre. Es una buena foto o un lugar común del cantante freak folk o indie folk, aunque ni el propio Devendra sepa de qué la van esas etiquetas. Dijo que Atahualpa Yupanqui era su héroe, que Simón Díaz lo hizo descubrir lo bueno que tiene Venezuela y que las músicas de Juana Molina y del Mono Fontana debían enorgullecer nuestras tierras. Y se trata sólo de un botón de esta sensibilidad que lo lleva a abrazar América latina.

Con su anterior álbum, What Will We Be (2009), Devendra probó el mainstream acondicionando algunas canciones para que fueran radiales, participó de cuanto festival se le cruzó, pasó días colocado en soledad y con la casa llena de groupies y hasta novió con una estrella de Hollywood. Con Mala salió de ese mainstream y volvió a las canciones sencillas surgidas del silencio y de una temporada pintando cuadros. Indefectiblemente, creció. Mala, por el contrario de la etimología peyorativa de la palabra, significa en serbio cariño, pequeñita, amorcito y ese tipo de expresiones tiernas hacia la pareja. Es un disco que ostenta madurez al rebatir toda la producción con la que se enredó en su trabajo anterior. Devendra, sinónimo de Indra, rey hindú del rayo y el trueno, ya no quería tanta gente dando vueltas en un estudio. Por eso lo redujo a la mínima expresión atravesando sus raíces lo-fi y esa actualización trovadora que llevó a la prensa a emparentarlo con Syd Barrett, Nick Drake, Caetano Veloso, Marc Bolan y Daniel Johnston, entre otros.

El flamante disco es también un reservorio de cálidas canciones donde vierte un bienaventurado amor hacia su novia serbia, la artista plástica Ana Kras. A través de su musa se proyectó el título, cuya comprensión es evidente, como también el porqué de tantas letras amorosas que, lejos de empalagosas, resultan divertidas y reimprimen ese sentido del humor implícito con el cual juguetea el autor. Se aventuró, incluso, a grabar Fine Petting Duck, una canción con una estructura de ritmo progresivo con elementos disco y de la electrónica, y cambia del inglés al alemán con el acompañamiento de su novia que canta “vuelve, bebé, yo nunca lo amé”.

La musicalidad simple de Mala supone una visita por distintas épocas a través de un bolero (Mi negrita), una balada (The Ballad of Keenan Milton), una hermosa canción beatle à la Paul (Daniel) y esta especie de canción del medioevo, Für Hildegard Von Bingen, dedicada a la visionaria y mística nacida en 1908, quien fuera una de las primeras que hurgaron en el feminismo. “La mujer podrá estar hecha del hombre, pero el hombre no se puede hacer sin una mujer”, sostenía la monja, poniéndose en contra a toda la abadía.

Después del festejado por la crítica Cripple Crow (2005) que incluía Santa Maria da Feira, I Feel Just Like A Child y Quédate luna, el músico se agrandó y siguió escalando posiciones con temas como Angélika, Baby, Brindo, 16th & Valencia Roxy Music y Foolin’ (incluidos en What Will We Be). Sin embargo es su flamante trabajo el que sienta un precedente de madurez al bajarse de esa necesidad de superproducción. Volver a las fuentes siempre revitaliza y Mala lo acerca a ese universo que está esperándolo y al cual, según él, aún le falta para llegar. Por eso, como quien conoce las reglas para después romperlas, grabó en compañía de unas pocas personas de confianza (Noah Georgeson, Josiah Steinbrick, Rodrigo Amarante y Greg Rogoue), con una portaestudio y experimentando con los sonidos y algunas percusiones, que incluyen cuchillos, cadenas, vidrios rotos, látigos y cinturones. Los colchones electrónicos no son todo sintetizador, también hay grabaciones de la naturaleza manipuladas, como en el track final, Taurobolium, en el que se oyen pájaros cuyo piar fue maniobrado para que sonara electrónico.

¿Qué pasó entre What Will We Be y Mala? ¿En qué creés que se diferencian estos discos, al margen de haber sido grabados de formas tan distintas?

–Bueno, mi respuesta es como la lengua de una culebra, mitad y mitad. Mitad tiene que ver con razones personales que en verdad no importan, y la otra razón tiene que ver con que es algo que hay que pasar. El álbum que voy a hacer ahorita va a ser muy diferente del que hice hace siete años. Tengo mis razones personales, que ahora no importan un coño, y tengo otras que son más orgánicas, por las cuales te digo que claro que va a sonar diferente. A la vez no es un álbum que suena como lo que yo quiero hacer ahora. Siempre tenemos ese sentido: tenemos el álbum, pasa un tiempo, pasa un tiempo y luego dices ‘Ya, necesito hacer otra cosa nueva’. Mientras lo estaba haciendo, yo sabía que este álbum no era como lo que yo quiero hacer, pero tengo que hacerlo para llegar después al lugar donde quiero estar. Es un álbum que marca una transición para mí y hay muchas cosas escritas, porque para mí las cosas más importantes son las letras. Hay muchas cosas que utilizo que no quiero utilizar más, y hay otras cosas que quiero explorar mucho más pero tuve que hacer este álbum. Marca nada más que una transición, aunque me guste. Hay canciones que me gustan aunque todavía sigo sin escribir una canción buena. Pero por lo menos tengo algunas que me gustan.

¿El disco incluye un bolero, Mi negrita, por qué elegiste incorporar ese género?

–Bueno, mi trabajo es muy posmodernista, es todo por referencias y yo oigo mucha música de diferentes estilos y épocas. Cuando yo escribo una canción, en realidad lo que escribo son ficciones. Escribo las letras en un estilo muchas veces con un carácter de otra persona, muchas veces no son biográficas. Mejor dicho, sí son biográficas pero no autobiográficas. Y escribo las letras y como orbitando esas letras; escribo el estilo en que me gustaría tratar de hacer esa canción. No necesariamente significa que estoy oyendo mucho bolero, pero Mi negrita me pareció muy interesante porque yo tenía la imagen de un grupo tocando en esos shows de Sábado sensacional que cuando yo era chico miraba todos los sábados, un show de variedades que todo el mundo miraba en América del Sur. Es un show donde hay payasos y una mujer sale cantando, un show cultural que tiene muchas cosas. Entonces me imaginé un grupo así tocando por la primera vez en televisión con el maquillaje un poquito corriéndose, nerviosos, pero sonriendo. Me pareció una cosa interesante ese tipo de música; un bolero, una cosa muy cinemática, romántica pero muy sentimental, y quería que sonara como una telenovela. Esos son los conceptos. Hay una parte de mi trabajo que es muy íntimo, que tiene algo de autobiográfico, pero el resto es concepto: malo o bueno, no sé, pero son conceptos.

Al margen de que hablás tanto en castellano como en inglés, ¿cómo funciona esa alternancia de los idiomas en la composición?

–Eso tiene que ver con que paso mucho tiempo hablando español u oyendo música en castellano o, más que nada, estando en España o América del Sur voy a empezar a pensar en español y cuando empiezo a pensar así, escribo en español. No tiene que ver con si escribir en español es fácil o difícil. Se trata de conceptos.

Y entonces interviene la mujer del sello. Y hay que cortar. Ella es el jefe y parece que cantara como Devendra en la canción que da título al álbum: “Ya ha pasado el tiempo, hay que aceptarlo”. La semilla que el músico atinó en el mapa de cualquier país, ya sea a través del psicofolk, bluegrass, rock psicodélico o lo-fi, no tiene rastro ni pertenencia. Cuando un germen prende en la tierra, no tiene más que crecer como materia viviente que es. Evolucionar es natural. Y eso que Devendra dijo sentirse “viejito”, como esa Luna a la que le canta, tan dueña del mundo.

* Miércoles 20, en el Teatro Gran Rex (Corrientes 857). A las 20.

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