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Jueves, 30 de enero de 2014

FERIAS Y BOUTIQUES PUERTAS ADENTRO

Al otro lado del placard

Fashionistas, oportunistas o necesitadas, cada vez más chicas de clase media ponen su guardarropa en venta con el apoyo de las redes sociales.

 Por Lola Sasturain

Cualquier asidua usuaria de Facebook de entre 13 y 50 años seguramente haya sido etiquetada –entre muchas otras chicas e infinidad de veces– en fotos de vestidos floreados, extravagantes zapatos de diseño y de saquitos de estilo naïf, en venta y con precio “a consultar por inbox”. Sin local, sin intermediarios, sin (en varios casos) riesgo de pérdidas, las chicas que abren su placard y su casa para ofrecer y vender ese bien tan preciado y personal que es la ropa se multiplican diariamente, para hacer un mango extra y –por qué no– para alimentar esa necesaria cuota de narcisismo que (nos) provoca el ser poseedoras de una buena y exclusiva pilcha.

“El mayor atractivo está en jactarse diciendo: ‘Viste, lo encontré baratísimo en una feria americana’”, dice Violeta Fischerman, a quien la intensa currícula de la carrera de Sociología no le permite dedicarse a un trabajo full time, y que encontró en las ferias una buena opción para hacer una diferencia: “La primera vez fue con mis amigas, para irnos de vacaciones. Funcionó y después empecé a hacerlas sola, con ropa que tenía en desuso, era algo que no me implicaba gasto y que algo me iba a dar”.

Pero decir que todas las ferias a puertas adentro son iguales es como suponer que todas las fashionistas lo son. Y eso es casi una falta de respeto. Flor Linera dice con respecto a su Vintage Love Boutique (con showroom en Vicente López, sólo con cita previa): “Tengo una boutique de prendas vintage, no le digo feria americana porque en realidad americana es cuando no se selecciona lo que se vende, y nosotros seleccionamos las prendas y sólo tenemos ropa de épocas pasadas, desde los ‘60 hasta los ‘90”.

En Gwendolyn’s, la feria que organizan Malén Denis y Annie Gregorio, la ropa en desuso (pero divina y en perfecto estado) de anfitrionas y amigas se mezcla con items nuevos especialmente elegidos, de marcas locales y grandes cadenas del exterior, como H&M y Urban Outfitters: así, el negocio comienza a significar un riesgo mayor, aunque así también crecen los beneficios, no sólo monetarios (la ropa nueva es inevitablemente más cara) sino personales: el contacto con tanta ropa linda, buscarla, elegirla, fotografiarla para que luego siga su camino en manos de una interesada es muy romántico. ¿Existe la vocación por la ropa? ¡Por supuesto que sí!

Malén dice: “Cuando uno ama la ropa, tenerla se siente como coleccionar. La opción de la feria está buena ya que una ve quién se lleva la prenda, sabe que la va a querer y cuidar tanto como una. Hay algo resentimental y súper social, las chicas que vienen a mi feria confían en mi gusto y en mi consejo y a mí me gusta vestirlas”.

Tatiana Winterhalter lleva años al frente de Camden Feria Americana y también alquila las prendas más antiguas y extravagantes. Amplía un poco sobre esta alquimia que se da entre una fashionista y una prenda especial: “Algo que me encanta es ver la cara de las minas cuando bajan al depósito, se mueren, es el sueño de toda nena, y yo siento que juego a las muñecas todos los días”. Tanto Flor como Malén agregan que la recompensa está lejos de ser sólo económica: hay mucho de juego, de pasión y de caza de tesoros, así como de sabiduría compartida.

Es indiscutido que todo el fenómeno “puertas adentro” (no sólo ferias, sino desde teatros hasta restaurantes) le debe todo lo que es a la bondad de las redes sociales, que permiten difusión, spameo sin límites y –en el mejor de los casos– viralización. Mucho perfil veinteañero de clase media recién emancipado, aunque la franja se expande cada vez más a medida que se va convirtiendo en una real epidemia. La ilusión de lo exclusivo ya no es patrimonio de Paris Hilton y similares. Con la austeridad típica del siglo XXI y lo que esto significa tanto para los valores como para el arte y la concepción del estilo, sumado a la creciente inflación que va dejando un poco en offside a las grandes marcas con sus precios prohibitivos, lo que realmente destaca en el ropero de la juventud urbana argentina son diseños vintage usado, difícil de conseguir, exótico o discontinuado, condimentado con el plus del buen precio que genera cierto orgullo.

Ser ostentoso pasó de moda, pero ser medio cool hunter es casi obligación y las chicas y chicos buscan algo que nadie más tenga y pueden conseguirlo con asesoramiento personal, en climas más felices que lo que acostumbran a ser las tiendas de ropa, con iluminaciones deformantes, vendedoras que intimidan y probadores infernales. Y nada de malentendidos: vintage no es lo mismo que antiguo, viejo, oloroso o roto, sino más bien lo “pasado de moda que está de moda”. Lo noventoso es vintage y de hecho es el must: estampados flúo, cierto culto a lo grasa, gorritas para atrás onda Grimes. Tatiana tiene una obsesión casi fetichista que la hace elegir todos los días trabajar rodeada de prendas de décadas pasadas y cree ciegamente en el poder de la pieza única. A Malén le encanta asesorar y agasajar en su casa, destacando lo importante que es un clima amable a la hora de comprar ropa. Violeta, un poco más cínica, identifica cierto oportunismo en esto de que lo vintage esté de moda. Razones hay tantas como fashionistas, que bien saben que es un error considerar a la moda como algo trivial y superficial. Obsesión para algunos, redención para otros, fuente de ingresos para otros tantos... Amamos la ropa usada, de calidad y barata.

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