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Jueves, 13 de marzo de 2014

SICK PORKY A TRES GUITARRAS

La viola puerca

Para el flamante Los descarnados, el combo stoner mudó de piel y, aunque sumó una viola, procuró “no abusar”.

 Por Julia González

“A costas extrañas debemos llegar”, es parte de la letra homónima que inaugura Los descarnados, nuevo disco de Sick Porky. Y dice más: “Olvido y amargura, ésa es la razón que une nuestros días y enlaza el dolor”. Oscuro, ¿no? Sacarse la piel adherida al hueso implica sufrimiento y, salvo que se aplique anestesia o se trate de un robot, es una sensación inevitable. Eso les pasó a “los puercos” en el último año. Sometidos a decisiones cuyas consecuencias traerían dolor, sabían que la transformación no tardaría. “Los discos por algún lado hacen una implosión y pasan cosas buenas y a veces malas; en este caso, se terminó comiendo un integrante (Sebastián “El Tío” Rinaldi) y enfrentándonos al cambio. Los descarnados se trata de dejar atrás todo, aunque la banda tenga 16 años. Es una banda nueva. Descarnarse es eso, sacarse la piel, ponerse una nueva y empezar un nuevo proceso”, compara el bajista Leandro Spatola.

Y por lo mismo el disco empieza con compases de un tango que rápidamente retoma el pulso del rock intenso y pesado, como es el stoner. Sin importar el qué dirán, Sick Porky afronta su nueva dermis y reconoce que ya no son los mismos pibes venerando el lo-fi primitivo. A simple escucha, Los descarnados ganó en audio, un crecimiento inevitable como parte de esa evolución inflexible tras el cambio, que incluye a Dante Bustamante como nuevo baterista y a Leandro Mousseaud como tercer guitarrista.

Habían empezado como trío en 1997 y en 2000 editaron su primer ep, producido por Gabriel Ruiz Díaz y Macabre, quien aún no era parte de Catupecu Machu. El segundo fue producido por Agustín Rocino, quien tampoco era miembro de la banda que patentó el “¡Dale!” como grito de guerra. Pero el círculo catupequero se completa con el generoso Fer Ruiz Díaz, quien sella amistad con “los puercos” y canta con ese vigor tan particular en Encogemente, track 8. “Nos inspiramos en una pelea entre Chaplin y Tinelli. Y gana Tinelli. ¿La sociedad qué es? –pregunta el guitarrista Jeremías Stutz–. Se la comió toda la televisión basura. El tema habla de cualquier cosa que te encoja la mente y no te deje pensar, como la tele o la religión, el opio de las masas.”

Las letras suman tópicos contestatarios como los sucesos de la Patagonia rebelde, la inmigración italiana del siglo XX, o la Campaña del Desierto. “Tiene una parte de cuestión humana propia y de cuestionamiento hacia la historia del pasado. Son cosas que nos molestan”, dice el bajista. Agrega Jeremías: “Crecimos y nos vamos interesando por otros temas, vamos leyendo otras cosas, mismo con la música. El Tata (Mariano Martínez, guitarrista) se copó con el tango y empezó a meter tango; yo me puse a tocar flamenco”.

Con su anterior y segundo disco larga duración, Origen de fuego (2009) (el primero, de 2006, fue Ancestral), Sick Porky buscaba un sonido crudo, como si la banda estuviera tocando en tiempo real. Y de esa forma fue grabado. En cambio, en Los descarnados, publicado por Scatter Records, se manifiesta el trabajo en estudio, antes y después de las sesiones, pero no por eso se pierde la crudeza; todo lo contrario. Trabajaron a conciencia las voces de Carlos Villafañe para encarar esa densidad lograda, y hasta incluyeron otra guitarra, lo cual cambió de raíz la composición. “A los 20 años no te importan las cosas que te importan a los 30. Ibamos a tocar, a divertirnos y no nos tomábamos nada en serio. La banda era el punto de partida para después salir, no un proyecto realmente de vida como lo es hoy”, reflexiona el bajista. Desde el comienzo, Los Natas y Kyuss fueron dos bandas pegadas ideológica y sonoramente a Sick Porky. Con la tercera guitarra suman influencia del metal, y de los británicos Iron Maiden en particular, para confluir bajo los efluvios épicos de las tres guitarras.

¿Por qué una tercera guitarra?

Jeremías: Faltaba algo y salió la idea de las tres violas. Al principio fue medio caótico. En 2012 entró Leandro como un experimento, ya que había dejado de tocar con su banda y, como lo conocíamos, lo llamamos. Cuando nos juntamos por primera vez en la sala, era todo un quilombo: hubo que ajustar volúmenes, sonido de equipos, distorsión. Fue tiempo de sentarse y probar el rol de cada uno.

Leandro: Aprendimos a no abusar. Si tenemos mucho, no tiene por qué ser usado; buscamos sonoridades más raras, le damos más aire a Jeremías y al Tata, y el otro violero se apoya más en mí, para que ellos puedan hacer violas dobles. También en este disco empezamos a jugar un poco más con sintetizadores, sonidos, ruidos más raros.

* Jueves 13 en Uniclub, Guardia Vieja 2360. A las 21.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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