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Viernes, 2 de mayo de 2014

LOS FUTUROS #1: MAISIE WILLIAMS

La supremacía Arya

Su personaje encarna lo más cautivante de Game of Thrones y le habilita una posteridad estelar.

 Por Lucas Garófalo

Maisie Williams acaba de cumplir 17 años. Tenía 12 la primera vez que interpretó a Arya Stark, uno de los personajes centrales de Game of Thrones, la serie de HBO más exitosa desde Los Sopranos, que actualmente transita su cuarta temporada. Los 6,5 millones de espectadores que el programa promedia en Estados Unidos seguramente sientan lo mismo: que el tiempo pasa diferente para las estrellas televisivas precoces. Rodrigo Noya siempre será el nene de Agrandadytos, Angus Jones el gordito de Two and a Half Men, Jimena Barón es Loli de Gasoleros por más que haya tenido un hijo el mes pasado, y a Pablo Rago, que ya pasó los cuarenta, todavía le dicen Pablito. ¿Creerían que en la vida real Arya es apenas un año menor que su hermana Sansa? Pueden chequearlo en Wikipedia y en las cientos de notas en la que Maisie y Sophie Turner hablan sobre su amistad inquebrantable.

Como cualquier persona que se vuelve exitosa a nivel laboral incluso antes de entrar en la adolescencia, Maisie es una niña adulta. Es capaz de arriesgar una teoría de lo más elaborada sobre el precio de la fama para luego robarle el smartphone a una amiga y subir videos chistosos a Vine. Al igual que su personaje de Game of Thrones (que tiene apenas nueve), esta inglesa que se crió en el condado de Somerset y soñaba con ser bailarina se debate permanentemente entre la responsabilidad y la travesura. Claro que el caso de Arya Stark es un tanto más extremo, por llamarlo de alguna manera.

Si la transición de la niñez a la adultez de un personaje televisivo suele estar marcada por el despertar sexual (la previa del primer beso o el debut), esa pulsión está completamente ausente en Ayra, al menos hasta el momento. La menor de las Stark, separada de su familia, no tiene tiempo para andar pensando en noviecitos, así que se hizo mujer por otra vía, también violenta y placentera: le atravesó la garganta con una aguja de hierro a un enemigo al que le había jurado venganza. Y lo disfrutó un montón, mucho más de lo que algunas mujeres dicen haber disfrutado su debut sexual. De un momento a otro, Arya pasó de víctima a victimaria, algo que en la Argentina, en esta época desafortunada de linchamientos y golpizas, no suena tan ajeno como debería.

Consultado sobre la obra de J.R.R. Tolkien en la última edición de la Rolling Stone estadounidense, el escritor George R.R. Martin, autor de los libros en los que se basa la serie, se distancia de su principal referente. “Tolkien puede decir que Aragorn se convirtió en un rey sabio y bueno –reflexiona Martin–, ¿pero qué hizo Aragorn con los orcos que quedaron vivos? ¿Los mató a todos? ¿Incluso a los bebés de orco? ¿Hubo un genocidio de orcos?” Buena parte de la gracia de Game of Thrones, como sabe cualquiera que haya visto un par de episodios, reside en que Martin siempre se pregunta qué hizo Aragorn durante la dictadura, y por ende sus personajes no se dividen en buenos y malos. Hasta el más hijo de puta de los asesinos es capaz de un buen gesto en esta serie, y hasta la más inocente de las niñas huérfanas está dispuesta a matar por revancha.

En ese contexto, Maisie Williams, la niña adulta, es quien mejor decodifica la tensión que sostiene a Game of Thrones de punta a punta. Al igual que con la Mona Lisa de Da Vinci, es imposible distinguir si la media sonrisa que surge de esa cara cachetona es una mueca de alegría o de tristeza. Más que en el personaje principal de una serie, Williams se está convirtiendo en un icono de la ambigüedad, y ni siquiera hace falta detenerse en su look andrógino para percibirlo. Por eso cada vez que, como el domingo pasado, termina un episodio y no aparece, se la extraña. Su ausencia se nota casi tanto como su presencia. ¿No es exactamente eso lo que distingue a una actriz de una estrella?

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