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Jueves, 12 de junio de 2014

LOS VECINOS NO SE TIENEN FE

“Brasil no gana el Mundial”

En Porto Alegre, la sede más cercana a la frontera, Argentina definirá el Grupo F con Nigeria: se esperan más de 100 mil argentinos en la ciudad de Gremio e Internacional, los pibes con collares de mugre, la publicidad de la obra pública millonaria, la cachaça, la feijoada y los bares ínfimos.

 Por Hernán Panessi

Desde Porto Alegre

Tres y media de la tarde. Un sol de fuego –tibio y picante– cae vertical sobre la empinada calle Sarmiento. Se oye: “Brasil no gana el Mundial”. Y la sentencia, repetida como un mantra insólito, es una sensación colectiva. Aún con el fervor mundialista encendidísimo, buena parte de los brasileños dice que su país no ganará el Mundial. O que prefiere no ganarlo. Mientras tanto, en la TV, una granada de fotones estalla en un juego donde transeúntes elegidos al azar tienen que juntar la cara de un futbolista de esa selección con su nombre. Ninguno de ellos acierta. Sucede que, en esta oportunidad, no hay Ronaldinhos, ni Ronaldos. Ni siquiera Roberto Carlos. Hay, sí, David Luiz, Hulk y Neymar. ¿Y eso qué? “Tenemos grandes jugadores, pero ninguno es una gran estrella”, dice Alexei, un joven taxista rapado que bien podría ser el 4 rapidito de cualquier equipo del mundo. Es raro: les cuesta encontrar empatía con sus jugadores en épocas de Messi y Cristiano Ronaldo. “Si me traés la camiseta de Argentina, me la pongo y la beso”, dice Felipe M. Guerra, director de cine nativo de San Pablo que hace unos años vive en Río Grande del Sur.

El corazón de la nerdencia brasileña, que también pela fetichismo por la pelota, late en Porto Alegre cuando en mayo –desde hace diez mayos– se celebra Fantaspoa, el festival de cine fantástico más importante de Latinoamérica. Algo así como el Festival Buenos Aires Rojo Sangre de allá, pero con más guita e invitados internacionales. Y esa misma arteria –que parece saludable– anda algo tapada: entre sus comercios faltan tiendas de historietas; sobran torneos de Yu-Gi-Oh!

Más tetas que culos: en Porto Alegre no hay playa, los paisajes son urbanos. Hay poca población morena, mucha caucásica, alguna que otra trigueña. Los comerciantes son amables y tienen respeto por el turista. Cobran lo que tienen que cobrar, tratan como tienen que tratar. En su reverso, a pocos pasos del centro, un niño porta un collar de mugre. Nadie lo mira, nadie lo toca. Está, pero no está. Ahora lo ves, ahora no lo ves. Hay, en Porto Alegre, siete morros donde conviven las clases populares con los muy, muy, muy ricos. Lo de siempre: los trabajos que nadie quiere hacer, los hacen los pobres. Abunda el trabajo sexual y las travestis –que paran sobre la calle Sao Carlos y la Avenida Farrapos– ofrecen la caliente opción de saciar el deseo de carne sobre carne. Pero es de mal gusto mirarle el calzoncillo sucio a otro país. Por eso, a otra cosa.

El camino que separa al estadio de Internacional con el de Gremio es una moderna autopista. De afuera, el Beira-Río, donde hace de local el Sport Club Internacional, es una de las construcciones de cemento, metal, plástico y vidrio más imponentes del planeta. Adentro es la película perfecta de cualquier amante del fulbito: gradas rojas y blancas, infinidad de asientos, el pasto verde ciencia ficción. Y el Arena do Gremio, casa del Gremio Foot-Ball Porto Alegrense, no se queda atrás. Olor a Europa en Sudamérica. Este es, justamente, otro de los reclamos del pueblo brasileño: el excesivo gasto en la confección y las mejoras en los estadios mundialistas. Sin embargo, la materialización de la bronca reposa en el estadio Mané Garrincha, construido en Brasilia, una ciudad sin club que haga de local. La utilización de la caja pública para hacer canchas donde se harán goles y se imprimirán algunos millones de dólares.

Al costado de la autopista, en las paredes, carteles pegados por alumnos de la Universidad Federal de Ciencia de la Salud de Porto Alegre rezan: “Dilma, mostrá tu cara. El trabajador quiere avanzar de verdad”. Y la Dilma retratada es una suerte de Tío Sam diabólica. La clase media abunda en Porto Alegre. Las clases populares bancan al Partido de los Trabajadores. Aquí, el lugar universal de la entelequia política: están los que bancan y los que no. Baja el sol, cae la temperatura: las noches en invierno son frescas. Entretanto, una postal curiosa: una mujer bien vestida (jogging deportivo color beige de primera marca, zapatillas celestes ídem), bebé en brazos, irrumpe en el hall del Hotel Master Express pidiendo limosna. Un argentino le da algunas monedas. Es un año de elecciones para Brasil. La cosa está rara. En consecuencia, dentro de su profundo y complejo entramado social, es –también– un Mundial político.

Para el viajante hay un gol: comer es barato. Un pancho con gaseosa cuesta 6 reales. Un churrasco al plato, 12. Aun con la conversión desfavorable (3,4 pesos = 1 real), los bolsillos no adelgazan con el morfi. Panza llena, Mundial contento. Y si la nostalgia se pone gomosa, hay un lugar para comer milanesas con fritas en porción abundante: Tudo Pelo Social, sobre la calle Joao Alfredo (tip al paso: las calles se llaman “ruas”), a 20 reales la porción. Un detalle: algunos locales de comida cobran –2,5 reales– el uso del baño a quienes no son clientes del lugar. Picardía for export. Así las cosas, el desayuno de los hoteles tiene lo clásico: café con leche, yogur, frutas, huevo frito... más la sorpresa extraordinaria del chipá con queso. Y el chipá con queso, por caso, se vende barato y al paso: una moneda de medio real por bollito.

En Porto Alegre se bebe cachaça y se come feijoada: un guiso de porotos presentado con arroz y carne de cerdo en salazón. ¿Y el pan? Sorry, no hay. Las comidas típicas no se acompañan con pan. En Porto Alegre, los bares son pequeños como lentejas y se puede beber en la vereda: ahí no hay burocratización de la nocturnidad. Los agentes policiales hacen la vista gorda si se huele un poquito de maconha. Ojo, tampoco como para zarparse. En las calles, muchas remeras del Internacional, alguna que otra del Gremio, ninguna de la selección brasileña. “¡Argentina! ¡Argentina!”, grita Joao, un simpático petiso con un Doctorado en Marketing. “Si el Mundial fuera en otro país, hincharíamos por Brasil”, agrega. Asimismo, un adolescente de gorrita norteamericana se mete en la conversación, estrujando aquel comentario y redoblando la provocación: “Maradona maricón”, dice. “Brasil será el campeón”, remata con expresión desafiante.

Tufos de sardina golpean repentinamente el olfato con relentes de salitre podrido. En el Mercado Central de Porto Alegre se puede comprar frutas frescas, verduras, café (hay uno que se hace con mierda del pájaro cajú y vale muchísimo dinero), yerbas de todo tipo (las más verdes flúo jamás vistas), discos de pasta a precios astronómicos, velas, santos y elementos varios para macumbas. Y acá, una ayudita celestial para la verdeamarelha. Oficialmente, la macumba está prohibida en Brasil. Aunque no del todo: la presencia de “trabajos” para “abrir caminos” es moneda corriente en sus grises esquinas. Y de tanto subir y bajar las pendientes, otra verdad: los taxis andan fuerte. Taxis, colectivos, los coches en general. Hay una necesidad de intensidad digna de persecución à la Need for Speed. Una intensidad que, esta vez –oh, las primeras veces–, no está puesta en la vacilación: Brasil no gana el Mundial.

En lo estrictamente futbolístico, Argentina jugará contra Nigeria el miércoles 25 de junio a las 13 en el estadio del Internacional. Será su tercer match tras enfrentar a los ignotos combinados de Bosnia-Herzegovina e Irán. En ese partido se definirá el devenir del Grupo F. Y se espera una fuerte oleada de criollos en tierras gaúchas. ¿Por qué? Sencillo: la cercanía geográfica. Porto Alegre queda al sur de Brasil, apenas a una hora y cuarenta minutos en avión desde la Ciudad de Buenos Aires.

“Nosotros demostramos en la cancha”, le dijo el Diego DT, en su última incursión por su hábitat natural, al alemán Bastian Schweinsteiger, y le pifió como pocas veces lo hizo. La Selección Nacional llega, por primera vez en años, con perfil bajo: si bien tiene al Mejor de Todos, las luces del show están puestas principalmente en Alemania, España, Holanda o en la mismísima Brasil. Mal que les pese. “Brasil no gana el Mundial”, repiten como mantra, yendo a contramano de su memoria vital y –en los números, pero mucho más en el discurso– ganadora. Esta vez, los pentacampeones decidieron parar la pelota y jugarla por otro lado: ya cerraron para ser sede de los Juegos Olímpicos 2016. El fútbol es lobo del fútbol: lo deportivo opaca lo social, lo social se come lo deportivo. Entonces, pese al runrún sociopolítico, apuestan al deporte como amor brujo e irracional, volcán de gorilas, fiesta folklórica, reservorio de la moral que esquiva a los cuellos con mugre y, fundamentalmente, como máquina de imprimir billetes. Brasil no gana el Mundial: lo gana Brasil.

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