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Jueves, 12 de febrero de 2015

TRUCOS Y CHANCHULLOS DE DOS CLáSICOS VERANIEGOS

El osito resbaladizo

¿Destreza? ¿Suerte? Sacar algo de los sacapeluches y las cascadas de fichas es pura matemática.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Pararse en la tabla y domar la ola. Conquistar al chico/chica que te hace miradita en la otra punta de la barra. Bajar de un médano a toda velocidad en sandboard. Terminar el paseo en banana sin caer al agua. Ser el mejor de la noche en el Daytona. Comer churros y no indigestarse. La lista de pequeños méritos del joven veraneante es infinita, pero hay uno que deberá quedar por siempre excluido. Es que a pesar de que los ocasionales ganadores se golpeen el pecho, las victorias en las máquinas sacapeluches y en las cascadas de fichas no dependen de la destreza sino de la premeditada decisión de los dueños de las casas de videojuegos. Perdón, amigo: una vez más, Papá Noel y los Reyes Magos vuelven a morir. Aunque esta vez no son los padres los culpables, sino los ingenieros japoneses que pusieron su conocimiento al servicio de quienes juegan con las ilusiones.

No hay verano sin sacapeluches ni cascadas. ¿Quién no ha sucumbido ante la tentación de probar suerte en estas maquinitas? Y la palabra “suerte” nunca fue mejor empleada, pues el azar determina el momento justo en el que ese androide escupe muñecos o fichas desde esa especie de ano contranatura ubicado al ladito de donde va la moneda que inicia la esperanza. “Ambas máquinas tienen dispositivos internos para determinar en qué momento la fortuna beneficiará al jugador”, señala Claudio, que durante temporadas trabajó en Centerplay, legendaria cadena que opera en Mar de Ajó y Pinamar.

¿Cómo funciona el asunto? Según Claudio, las cascadas se rigen por un sistema que analiza el movimiento de las bandejas y el peso de las fichas. A pesar de lo que comúnmente se cree, no hay imanes que atoran las monedas y tampoco es negocio jugar donde hay amontonamiento. Y si alguien se anima a golpear la máquina, una estruendosa alarma bloqueará el tiro y pondrá en ridículo al impaciente apostador. Eso es todo. “Es matemática pura. En algún momento, la máquina entrega fichas, aunque desde luego es más lo que come que lo que caga.” Buen provecho.

Con los sacapeluches hay más variedad de mecanismos, aunque todos tienen que ver con la fuerza de agarre de la pinza. Algunos trabajan con distintas intensidades de voltajes (entre 6 y 12 V), otros lo hacen a partir de la presión generada por una pequeña bomba de aire y los más comunes resuelven de un modo más sencillo: activando o desactivando una de las tres varillas. “En todos los casos, los intervalos en los que la pinza apretará con la fuerza necesaria están seteados a partir de un pequeño dispositivo interno. No es trampa sino negocio: sería insostenible que la máquina entregara premios permanentemente porque los muñecos valen mucho más que las fichas. Así y todo, nunca faltan los burros que disponen del tiro de gracia y lo yerran. En ese caso, la máquina ofrece una segunda oportunidad, aunque siempre es necesario un poquito de virtud”, explica Darío, propietario de una histórica casa de juegos sobre la peatonal de Villa Gesell. “Hay gente que juega mucho y no gana nada, y luego aparece otro y al primer intento saca un muñeco. Es muy gracioso ver cómo se hacen los cancheros adelante de su novia o sus amigos, cuando uno sabe que en realidad el mérito no fue de él sino de los que jugaron antes y le dejaron servido el tiro ganador.”

Es común que la pinza agarre un muñeco y lo deje caer antes de depositarlo en la boca de salida. “Es un truco para dejar manija a la gente y que siga jugando”, apunta Fede, ex encargado de mantenimiento del Sacoa de Mar del Plata, acaso el local de videojuegos más grande de toda la costa. Entre sus tareas se incluía colocar una base de pelotas de plástico para darle más volumen a la piscina de peluches. “La idea es que nadie las viera, pero una vez quedó una a la vista y un pibe se la pasó jugando toda la tarde para sacarla. A lo mejor creyó que adentro tenía un premio secreto, ignorando que por mucha menos plata podría haberse metido en un pelotero que estaba a tres metros y robarse todas las que quisiera.”

Al otro extremo de la rueda de la fortuna, Nadia recuerda la vez que sacó seis muñecos al hilo en una máquina de San Bernardo. Su estrella se apagó cuando apareció el dueño del local para abrir la máquina. “Debo reponer muñecos”, fue su excusa. Reiniciado el juego, la pinza ya no volvió a entregar premio.

Todos coinciden en que la única forma de ganar es descifrando el intervalo en el que los sacapeluches y las cascadas ofrecen su esporádica generosidad, aunque eso ameritaría decenas de intentos y largas horas de observación. En tal caso, siempre será más barato comprar el muñeco en una tienda de regalos o las fichas en la caja. Pero eso ya no sería un juego.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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