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Jueves, 12 de marzo de 2015

NUEVA TEMPORADADEL MARAVILLOSO TOSH.O

Trash.O

Una exhibición de adorables atrocidades, cortesía del forrito de Daniel Tosh.

 Por Luis Paz

Un episodio de Tosh.O empieza con un skater peinando el asfalto sobre su tabla, cobrando impulso, meciéndose de izquierda a derecha, bajándose los pantalones y largando bruto sorete a la vereda. En otra de las entregas del fabuloso programa de videos del sacado Daniel Tosh, un levantador de pesas libera litros de vómito. Hay otro en el que dos pibas negras con sobrepeso se boxean y arrancan los pelos (y el cuero cabelludo, y el honor) al tiempo que sus ropas se hacen jirones, y quedan en tetas y en culo. Apenas tres segmentos de sus (a la fecha) 165 emisiones para Comedy Central desde 2009.

Posmoderno a niveles ejemplificantes, Tosh.O se vale de lo más pedorro de la cultura viral para programas de 20 minutos: son breves, sí, pero van jodidamente al palo, ajusticiando a la white trash, a la black trash, a la jew trash y a la latin trash. A Tosh no le importan ni las minorías ni las mayorías, ni Obama ni Ryan Gosling ni un carajo, pero al mismo tiempo luce como el jodón de escuela que se vuelve denso y jodido para reclamar afecto.

No importa, el caso es que su programa, que a mediados de febrero arrancó su séptima temporada, viene a reunir una galería de contenidos innecesarios a tal punto que la paradoja los devuelve indispensables: un poco de rotura y podredumbre a la Rotten.com, lo más humillable y humillante de YouTube, un compendio de bloopers extremos, cuerpos mutilados, seres horrendos y asquerosidades. Tosh.O es una exhibición de adorables atrocidades.

Comedy Central programa los nuevos episodios y cantidad de programas de archivo a diario: a las 23, las 23.30, la 1, la 1.20 y la 1.40. Pero bastan 10 minutos diarios de Tosh –que aquilata 15 millones de seguidores en @danieltosh– para fortificar una dieta llena de soretes, vómito, peleas, mutilaciones involuntarias, caídas espeluznantes y forreadas elegantes. Un tirito ácido y moderno en la nariz misma de la neocultura pop, que en su naturaleza autosuficiente esconde el discreto encanto de la pedorrada.

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