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Jueves, 9 de abril de 2015

NICOLáS IGARZáBAL Y LAS SEMILLAS NACIDAS DE CEMENTO

“Es como una Wikipedia del under”

El periodista y poeta investigó durante tres años la historia del local de Estados Unidos 1234. Luego de 150 entrevistas, publicó un gran tomo vivo.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Luca Prodan subiendo a cantar con Los Redondos o dos topadoras irrumpiendo entre la gente. Un asado en pleno escenario o los baños rebasando de meo. Omar Chabán conteniendo punks amenazantes en la puerta o parejas cogiendo en medio de un recital. Cemento atravesó etapas en sus 20 años, pero hubo una característica nuclear que definió al lugar más allá de los tiempos y las tendencias: la sensación de que, en cualquier momento, algo fuera de lo común podía suceder sobre el escenario, entre el público, dentro de los camarines o cerca de la boletería. Cuando la inocencia aún no representaba riesgos, lo impredecible constituía un hecho cultural. Se vivía con cierta audacia heroica y nadie temía por consecuencias trágicas. Idolos, mitos y leyendas cundían entre un sonido imposible. Las paredes transpiraban en las noches de calor. Cemento hizo popular a un rock argentino de masas (finas) y lo consagró como un fenómeno cultural.

Nicolás Igarzábal fue uno de los cientos de miles que atravesaron el portón negro de Estados Unidos 1234 entre 1984 y 2004. Y el único que se dedicó a recoger los restos dispersos de la memoria con rigurosidad arqueológica y obsesión de coleccionista. Durante tres años, frecuentó hemerotecas, revolvió archivos, entrevistó a 150 protagonistas y organizó el material. Así llegó a Cemento, el semillero de rock, enciclopedia fundamental para entender la influencia cultural del lugar en las últimas tres décadas. Hay testimonios de músicos, managers, empleados, periodistas. También fotos, afiches, volantes y listas de temas.

Tres meses antes de la edición, Igarzábal (que escribe asiduamente en RollingStone) había empezar a sembrar expectativa a través de Facebook para cebar a la gente, frenar su ansiedad y plantar bandera, dice. Chabán, que apoyó la idea y fue una voz fundamental, aún vivía. “Corrí contra su muerte para que lo viera publicado. No se pudo”, lamenta el autor.

Para los sub 25, criados en el post Cromañon, el lugar representa un imaginario desconocido. Una era ajena y lejana. Este libro, en alguna medida, los aproxima con la mirada de este integrante de la última generación que descubrió la cultura rock a través de Cemento. En su trabajo se mezclan recuerdos alegres con el duelo de una despedida reciente. “Lo hice, ante todo, por un capricho mío. Fue una forma de volver a conectarme con mis primeros recitales, mis bautismos rockeros”, asume el autor, que estudió en la Universidad del Salvador y también editó tres libros de poesía, pero antes que todo eso, se había criado entre las paredes de esa sala en Constitución con la oreja dispuesta y una mochila sobre el hombro.

“Pensé en publicar anécdotas sueltas, hasta que descubrí una suerte de introducción-nudo-desenlace al repasar la construcción del lugar y su fiesta de apertura, su época de esplendor y su cierre definitivo. Nacimiento, vida y muerte, como si fuese la biografía de una persona”, explica Igar. “Separé el material por bandas y lo agrupé por décadas, porque Cemento abarcó tres y muy diferentes entre sí. Quería que fuera un relato coral. Creo que es lo más divertido: que se mezclan frases, gritos, olores, sensaciones y ruidos en los que se retratan los inicios de las bandas más importantes, tocando para pocos. Es una Wikipedia del under.”

¿Qué fue lo que más disfrutaste conseguir y cuál es la deuda pendiente?

–Lo mejor fue encontrar algunas perlitas, pequeños detalles, rescatar anécdotas olvidadas. Que Chabán me dibujara un plano de Cemento en un recetario, recibir un texto del Indio Solari por mail, encontrar un periodista que guarda pedazos de la pared del lugar como si fuese el Muro de Berlín o conseguir una lista de temas de Flema del ‘88, escanear entradas mías que tenía pegadas en las carpetas del secundario, que Iorio me felicite por la idea del libro y, sin conocerme, me abrace y me diga: “Acá tenés un amigo de por vida”. De los que me faltaron y me quedé con ganas: Moris. Hizo un show fantástico con Calamaro en 1990 y quería su testimonio, pero lo llamé y me pidió plata a cambio.

¿Esta investigación te sirvió para confirmar lo que ya creías y pensabas sobre el lugar, o lo redescubriste?

–Un poco y un poco. Confirmé algunos mitos que siempre quise saber cuando iba como público, y derrumbé otros. Descubrí historias increíbles a medida que las iba haciendo, pero eso aún no termina: todos los días me escribe gente contándome algo nuevo o mandando imágenes. Recopilé cien historias, pero hay mil dando vueltas. Es sólo cuestión de buscarlas, de levantar las piedras. Es un libro que está vivo y que tira lazos con la actualidad. Es más que un ejercicio de nostalgia o una investigación de carácter enciclopédico.

¿Qué es lo que jamás volverá a suceder tras la desaparición de Cemento?

–¡Ver una banda buena por 5 pesos!

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