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Jueves, 24 de marzo de 2016

CPM Y EL ARCHIVO DE LA DIPBA

El terror del terror

Experiencias de memoria, verdad y justicia en espacios activados por jóvenes.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Durante la última dictadura se montaron en el país alrededor de 500 centros clandestinos de detención. Fueron los laboratorios de las aberraciones más inhumanas: secuestros, torturas, violaciones, fusilamientos, robo de bebés, arrebato de identidad, latrocinio cultural. Desde hace aproximadamente una década, varios se refundaron en los denominados “Espacios de Memoria”. El de la ex ESMA, por su significación simbólica pero también por su capacidad edilicia, es tal vez el más importante: allí tienen su espacio Abuelas, H.I.J.O.S. y el Equipo Argentino de Antropología Forense (uno de los más prestigiosos del mundo), hay dos centros culturales y funcionan desde el Archivo General de la Memoria hasta el canal Encuentro. En la vieja Plaza de Armas de la ESMA fue donde Néstor Kirchner pidió perdón en nombre del Estado “por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia tantas atrocidades”.

Felizmente, el espacio de la ex ESMA no es el único. Otro ejemplo notable está en La Plata, con la Comisión Provincial por la Memoria como faro de la restitución histórica en la provincia de Buenos Aires. Bajo su órbita opera, por ejemplo, un equipo de justicia por delitos de lesa humanidad que es actor fundamental en la mayoría de las causas abiertas en suelo bonaerense tras la impugnación de los indultos y de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. También el Comité contra la Tortura, que indaga en las cárceles de la provincia y publica informes anuales con influencia y repercusión. O el programa Jóvenes y Memoria, encargado del alucinante encuentro en Chapadmalal que en noviembre pasado congregó a 12 mil estudiantes secundarios de todo el país y que debería festejar sus 15 años en el próximo. El equipo de la CPM se compone de una centena de abogados, sociólogos, antropólogos, psicólogos, comunicadores sociales y hasta un químico. Alrededor del 80 por ciento de ellos son menores de 33 años.

Virginia Sampietro es parte de este grupo y representa también otro recorte generacional importante: el de los jóvenes del interior de la provincia que van a estudiar a La Plata, ciudad-luz del conocimiento, la cultura y, por supuesto, la resistencia. Es de Mar de Ajó y socióloga recibida en la UNLP. Trabajaba como docente en La Plata cuando se postuló para participar en el reordenamiento del archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía Bonaerense. La DIPBA había funcionado entre 1956 y 1998, tiempo en el cual espió a 460 mil personas. Tras su cierre, todo el material de espionaje acumulado pasó a custodia de la CPM: cuatro millones de fojas, mil videos e innumerable cantidad de cintas.

El primer plan de ordenamiento del archivo llevó desde 2003 hasta 2007. Bajo la nueva administración de la CPM, el material de la DIPBA se utiliza, por ejemplo, en juicios contra responsables de delitos de lesa humanidad. Los más emblemáticos: Etchecolatz, Von Wernich, Patti y Automotores Orletti. Además, la Comisión se presentó como querellante en la primera causa que investiga “la responsabilidad que tuvo el aparato de inteligencia en el secuestro y la posterior desaparición de las víctimas del terrorismo de Estado”. Una novedad: es la primera vez que se agrega el espionaje como otro actor del terror.

Virginia trabajó varios dossiers que en 2015 la Comisión hizo públicos para que se conocieran sus labores con el archivo de la DIPBA. Uno acerca del rock fue publicado por el NO porque, además del material delirantemente revelador sobre espionajes a Almendra, Los Redondos, los punks o un festival hippie en Lobos, servía también para observar el trabajo orgánico de la Inteligencia como cuerpo. “A veces reproducían los clichés, como los del agente que espía hippies”, describe Virginia. “Pero también hay una Inteligencia verdadera, que analiza las letras de Spinetta, sabe quién fue Artaud, se infiltra como encubierto. Un mecanismo que se fue perfeccionando con el tiempo. Y, lo que más te horroriza, que siguió sucediendo. Porque no sólo se espía a jóvenes, militantes o artistas. También a maestras jardineras, sacerdotes o jugadores de fútbol. Todos podemos ser peligrosos en algún mundo. Entonces, qué mejor que espiarnos.”

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