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Jueves, 14 de abril de 2016

LAS PASTILLAS DEL ABUELO, OTRO HITO EN EL BOTIQUíN

“LO QUE NECESITAMOS ES AMOR, NO CANCIONES DE AMOR”

Antes del show en Ferro, con el que se convertirán en la primera banda argentina en llegar por primera vez a un estadio porteño desde 2004, Piti y Bochi hablan sobre la intimidad, la parafernalia, la estabilidad laboral, la Generación Cromañón, la gira, el nuevo disco, la política y el arte.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Las Pastillas del Abuelo debutó a muy pocos metros de donde este sábado 16/4 congregará a 30 mil personas para presentar Paradojas, su último disco. Será la primera vez en doce años que un grupo argentino se estrene en un estadio porteño de fútbol. El antecedente data del fatídico 2004, cuando Callejeros descubrió la dimensión de la masividad en la cancha de Excursionistas, en el Bajo Belgrano. Ahora, al otro lado del Rubicón que significó Cromañón, aparecen Las Pastillas para colgarse una medalla que certifica el crecimiento sostenido desde hace diez años, cuando empezaron a reconfigurar sus ambiciones y pasaron de llenar Teatros a Malvinas, de Malvinas a Luna Parks (hicieron trece), y ahora un Ferro pleno después de la experiencia en el estadio auxiliar en 2009.

En el medio de ese álbum de medallines, por supuesto, hubo hechos artísticos que sostuvieron la escalada: los discos son los ejemplos principales (con su Santísima Trinidad: LPDA de 2006, Crisis de 2008 y Desafíos de 2011), aunque no los únicos. El repertorio pastillero también supo considerar jugadas arriesgadas como el petit-festival “La Kermesse del Rock”, o El barrio en sus puños, puesta tanguero-escénica que los llevó a llenar trece Trastiendas y a coronarlo vía Teatro Ciego. “Nuestro público está curado de espanto; permite cualquier cosa”, cree Piti Fernández. “Si de algo nos podemos jactar es de nuestro coraje. Que no es otra cosa que tener miedo pero ir hacia adelante. Ahora estamos pensando en algo por ese camino, pero tenemos que afinarlo”, anticipa el cantante de Las Pastillas.

Debutaron el 31 de mayo de 2002 en La Colorada, emblemática sala de Caballito. Desde el vecino colegio Mariano Acosta partió una caravana con decenas de pibes autoconvocados bajo el nombre de La 20, quienes procesaron por Avenida Rivadavia para hacer oír su presencia en el show de esa banda de la que el barrio hablaba (al menos desde sus paredes grafiteadas). “Es todo real”, certifica Piti. “Nosotros, en ese preciso momento, estábamos probando sonido, pero todos nos cuentan que la gente copó la placita de La Colorada con bandera, bombo y quilombo. Por eso se llamaban La 20: es la fiesta, según los números de la Quiniela. Había muchos amigos y familiares, pero también pibes del barrio o gente aficionada a la militancia que se hacía presente en causas propias y ajenas. Algunos llevaban banderas de Frigor que habían sacado no sé de donde, porque la idea era levantar algún trapo, sin importar cuál fuera. Era todo medio surrealista. Creo que alguien tiene fotos de ese día.”

Casi quince años después de aquel episodio, Las Pastillas del Abuelo vuelve al barrio para tocar a pocas cuadras. “Y no es casualidad”, asegura Piti. “Somos un poco locales ahí. Algunos tienen recuerdos incluso de haber ido a la colonia de Ferro de pibes. Además es accesible, está en el centro geográfico de la ciudad. Y es nuestra medida: nos encantaría alquilar River, pero sería una locura.” A su lado —como siempre— el guitarrista Bochi Bozzalla, una de las dos espadas pastilleras, asiente. Y aporta: “Al principio de todo, cuando éramos mas chicos y empezamos a vivir de esto, no entendíamos demasiado de la vorágine. Por suerte teníamos algún amigo cerca que, si veía que estabas un poco volado, te acomodaba para que no te mandes una cabeceada. O mismo la familia. Ahora estamos todos más grandes, más plantados. Sabemos que para ir a tocar tenemos que estar en condiciones físicas óptimas. Por otra parte, nosotros no exigimos demasiado: nos damos por satisfechos con que todo esté en condiciones para salir a tocar. Lo demás, es parafernalia.”

Hay un claro ejemplo que hace a la dignidad del grupo más allá de cuestiones artísticas o estadísticas. Tiene que ver con su dinámica de trabajo. Una banda no son sólo los narpios que se suben al escenario, sino todo el operativo comando que se despliega detrás de escena para atender los detalles. “Los músicos a lo mejor podemos darnos ciertas licencias a la hora de decidir cuándo y cómo tocar. Por ejemplo, hace un tiempo nos impusimos la norma de no hacerlo más de cuatro noches seguidas, porque el cuerpo lo siente”, detalla Piti. “Pero eso lo sufren todos los que laburan en la parte técnica. Entonces, por ejemplo, cuando tocamos en una ciudad grande del interior, usamos esa guita para financiar un par de shows más en pueblos de la zona. O hacemos movidas como El barrio en sus puños, que no nos dejó un mango pero a ellos les permitió tener continuidad laboral.”

Cuando se le recuerda al cantante el dato de que Las Pastillas del Abuelo es la primera banda argentina que debuta en un estadio porteño desde 2004, asegura desconocerlo. Y, al instante, reivindica la figura de Callejeros, el último grupo en lograrlo. “Si no hubiese pasado lo que pasó, serían ellos quienes llenarían los estadios y marcarían la referencia de esta generación de bandas. Habilitaron un camino con el poder de sus letras, algo que a la gente le gustó y empezó a consumir. Aunque con diferentes musicalidades, creo que los grupos que seguimos vamos por ese lado también.”

El grupo transita un 2016 intenso y movilizador. Al show de Ferro le seguirá una gira extensa que llegará hasta México, pasando por Chile y Perú y tal vez Paraguay y Uruguay. Siempre para presentar Paradojas, su quinto disco de estudio con canciones propias y nuevas. Antes ya habían estado tocando en Cuba, donde incluso vieron a los Rolling Stones en La Habana. Pero LPDA no es una excepción: en simultáneo, grupos como La Beriso o El Bordo marcan también sus propios hitos de convocatoria. Poco más de una década después de Cromañón, aquella generación mutilada empieza a obtener cierta redención popular a base de shows masivos. En cierto punto, parece recomponerse la cadena evolutiva del rock argentino, que a partir de los ‘90 se había instalado con una dimensión de estadio interrumpida post-2004.

¿Sienten que su generación fue despreciada o subestimada a partir de cierta demonización que se les impuso tras Cromañón?

Piti: -Creo que esas dinámicas existieron siempre. Desde la famosa época de “lo progresivo versus lo comercial” en los setentas. O cuando, durante toda la década del noventa, a Cerati le deseaban su muerte en vez de la de Luca Prodan... para que, al final, terminen muriendo los dos. ¡Un delirio! También hay gente que odia a Maradona. No entiendo nada. ¿La cosa, entonces, es que si te odian vas por el buen camino? El fundamento está en el puñado de personas que te vienen a ver, sean veinte o veinte mil. El qué dirán no dura tanto como el afecto de quienes focalizan en vos desde un lugar sano. Preferimos conectarnos con eso.

Pero en esa “Generación Cromañón” no había una dialéctica entre “lo bueno” y “lo malo”. Pareciera que no existía nada rescatable de esa camada...

-Bueno, puede que algo de eso se perciba. También es cierto que las generaciones anteriores dejaron la vara muy alta. La década del ochenta, por ejemplo, fue increíble. ¡Nadie lo puede negar! En ese escenario, hacemos lo que podemos y ponemos todo para que sea honrado. Y tampoco somos los únicos que por suerte gozamos de esta convocatoria. También están La Beriso o El Bordo, por nombrar las más populares, aunque además menciono a La Condena de Caín, De La Gran Piñata o El Kuelgue, entre tantos ejemplos. Esto también nos habla de que esa generación está empezando a merecer una oportunidad de parte de la gente.

¿Hay canciones que se resignifican con el tiempo? Ustedes tienen una que se llama Gobiernos Procaces, un juego de palabras que hoy toma otro sentido.

-El juego de palabras de esa canción deriva de “Pro, K, se es”. Hay que leerlo de ese modo. Aunque, en el fondo, no es una discusión de nombres, sino que va un poco más al hueso de las cosas. ¿Existe una política no corrupta? No que yo recuerde. Cada vez que indagás y te adentrás, te surgen nuevas dudas y preguntas antes que respuestas y certezas. De todas maneras me pregunto si, en algún momento, la política evolucionará de forma tal que hablemos de ella como un arte. Tal vez sea una utopía, pero, como decía Galeano, al menos sirven para caminar.

¿Sienten que, por este momento particular que atraviesa el país, el público demande una bajada de línea más fuerte de parte de referentes culturales como ustedes?

-No estoy de acuerdo con encasillar al público. Porque el público se compone de muchas personas, que son diversas... individuales. No podés saber lo que cada uno necesita, quiere o demanda. La expresión artística nace esencialmente de una necesidad personal con uno más que con terceros. Y después, bueno, lo que uno dice llega y le vibra a cada persona de manera diferente. No hago canciones de amor porque el público las necesite. En todo caso, lo que necesitamos es amor, no canciones.

* Sábado 16/4 en estadio de Ferro Carril Oeste, Av. Avellaneda 1240. A las 19.

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Imagen: Cecilia Salas
 
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