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Jueves, 4 de septiembre de 2008

¿Y LAS TRIBUS CLáSICAS?

Los mismos de siempre

Mientras las nuevas formas crecen (son tan atractivas...), algunas tribus clásicas del circuito rocker de los ‘90 optan por cerrarse, conservadoras, sobre sí mismas –la técnica de la Iglesia– mientras que otras prefieren abrir el juego, incorporar nuevos elementos y mestizarse –la técnica del peronismo–. Entre los que apelaron a cierta fusión están los nü metaleros y los latino-combativos, que debido a su apertura hacia la música en otros idiomas (unos, filosas lenguas escandinavas; otros, anglo-franco-ítalo–portuñol y dialectos separatistas) parece estar en la puerta de una nueva tribu, prouniversitaria, itinerante, viajera, hipertatuada y con dreadlocks. Una mezcla afín podría resultar del apareamiento intertribal entre darks y hardcore-punk-melódicos: ese intercambio genético y de maquillaje podría bocetar el mito fundacional del conflictuado germen del emo (aunque los emos, claro, carecen del optimismo y el bienestar digestivo que rezumaba de la dieta vegetariana u ovoláctea de los hardcore).

Entre las especies recesivas se destacan ravers y modernos, quienes fueron llevados por delante por la revolución celular (no de mitocondrias y vacuolas sino de telefonitos con cámara, bluetooth y MP4; se entiende). La seducción de los ingenios electrónicos ganó tal presencia en el hábitat urbano que para conformar una tribu es preciso ser más específico: ¿flog, chip, iPhone?

En la corriente del conservadurismo, naturalmente, el heavy-criollo es un ejemplo de resistencia al cambio, aunque ha aceptado su inclusión en festivales y, por tanto, cierta convivencia con otros. Skinheads, por caso, se mantienen rígidos en lo suyo (acaso sean siempre los mismos individuos, más viejos, más intolerantes), y se siguen enfrentando a los Red Skin. En esa línea de poca mutación se ubica también la gran tribu de los ‘90, cuya hegemonía se extendió por buena parte de esta década: la que componen rolingas y viejitas rockchabones. Más hedonistas y bailarines unos, más futboleros y hoscos los otros, su era triunfal y omnipotente parece experimentar cierta curva descendente, acaso atribuible a las secuelas de Cromañón, aunque también a los problemas de continuidad sufridos por las bandas de “recambio” de género, con la separación de Jóvenes Pordioseros como caso testigo. Pero los pedacitos siempre se reagrupan, como en Terminator II.

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