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Jueves, 19 de enero de 2012

AGUAS(RE)FUERTES

Un cuartito

 Por Luis Paz

Las palabras más comunes para referirse a una habitación establecen una relación de parcialidad y la indican como parte de algo. La “pieza” y el “cuarto” son expresiones paradójicas de un espacio que, en verdad, es la demostración física de una totalidad múltiple: nuestras personalidades. Antes que sobre teléfonos móviles, carpetas de hojas rayadas, zapatillas o automóviles, la primera experiencia de personalización que aplicamos ocurre allí, en el color elegido para sus paredes, en el sticker colocado en el ropero y en el poster pegado a la pared, en las frases garabateadas en el empapelado que, como nosotros, deja ver el paso del tiempo en sus pliegues y manchas de lápiz labial, de vino, de humedad o de barro. Espejito, espejito: una pieza es un oráculo que nos refleja pasados y permite imaginar futuros.

Allí guardamos la ropa, atesoramos recuerdos, escondimos las pornos, salvamos ahorros y nos guarecimos de malos tragos. Allí, todavía, velamos nuestras intimidades intelectuales, sexuales y místicas: lo más privado y lo más fuertemente prohibido de nuestras vidas pasa allí, en pensamientos y en acciones, en anhelos y en llantos, en volutas de humo y el vapor de cuerpos traccionados a sangre en los hechos sexuales, compartidos o solos.

Como ambiente y más allá del cuerpo, la habitación aún es el epicentro de la vida de los jóvenes, el más interno de los círculos concéntricos que se expanden hacia nuestra casa, vereda, barrio, ciudad, país... y así hasta el cosmos infinito que imaginamos en su techo, en el cielorraso del que cuelga ese ventilador que alguna vez imaginamos como una reproducción de chapa blanca de Cristo en la cruz. Sí, el cuarto es la primera iglesia.

La llegada de las computadoras al hogar generó dos transformaciones en torno de las habitaciones: la PC tomó el lugar de paredes, cajas y cajones como espacio de almacenamiento (virtual) de nuestras realidades físicas elegidas (fondos de pantalla de computadoras y celulares son los nuevos posters); y si la máquina no está en ella, posiblemente la habitación haya dejado de ser el ambiente en el que más tiempo pasamos. No importa: los viajeros ortodoxos saben que donde estén nuestro colchón y almohada, estará nuestro lugar en este mundo; y aún no se ha inventado sistema operativo en el que echarse una siestita.

Entonces, qué importa si es pieza o cuarto, si porción o quinto, cuando la habitación es entera para nosotros, porque incorpora los elementos más íntimos de nuestra integridad y más íntegros de nuestra intimidad: en ella se comprime nuestro olor, ella denuncia nuestro buen o mal gusto, ella se ilumina u oscurece con nosotros. Qué placentero es volver a vernos en ella luego de una temporada febril en el exterior, de una noche o de años. Qué glorioso es saber que siempre habrá un lugar en el mundo esperándonos: un cuartito de psicodelia propia, colorido y caluroso, abriéndonos la puerta.

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