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Domingo, 16 de octubre de 2005

FAN › FAN > UN CINEASTA ELIGE SU ESCENA DE PELíCULA FAVORITA: RAúL PERRONE Y PARIS, TEXAS

Llorando en el reflejo

Por Raul Perrone


En su momento, me habían hablado mucho de Las alas del deseo, pero a mí no me había gustado. Hice esfuerzos enormes para que me gustara, pero no la podía soportar, no me llegaba. De Wenders yo ya había visto un ciclo en la Lugones en el que pasaron Verano en la ciudad y El estado de las cosas, que me habían gustado mucho, y a partir de ellas me empecé a interiorizar de las cosas de este tipo. Y quizá Paris, Texas sea la más comercial de sus películas, si se quiere, pero tiene un montón de momentos que me gustan demasiado. Me fascina la relación del padre con el hijo cuando va a buscarlo a la escuela, ese plano-contraplano en el que van haciendo saltitos; está, también, esa canción mexicana. Y otro montón de cosas que le fui descubriendo: para cuando la vi, yo ya había descubierto mi fobia a los aviones y me gustaba cuando el tipo no quiere subir al avión y el hermano tiene que alquilar un auto; cuando van en la camioneta escuchando a Ry Cooder...

Pero entre todas las escenas que me fascinan elijo la de la cabina, con Nastassja Kinski, porque creo que ahí, en esa última charla, cuando él vuelve a hablar con ella por segunda vez y le cuenta que incendió la casa, queda simbolizada buena parte de la película, cómo está contada: hablando con esos silencios, por esos teléfonos. Y recuerdo la cara de él reflejada en el cristal que los separa, sobre la cara de ella –ellos no se podían ver–, y ese gran monólogo que hace el tipo...

Hay montones de momentos que me encanta cómo están narrados, y lo que más me sorprendió fue, cuando empecé a leer sobre la película –en una época en la que no estaban los dvd y todas esas cosas de las que se dispone ahora para obtener información sobre cómo están hechas las películas–, enterarme de que ese monólogo había sido bastante improvisado, que Wenders se había sentado a hablar con el protagonista –el actor Harry Dean Stanton– y que él le comentó cosas de su vida y que Wenders decidió usarlas en la película porque Sam Shepard se había perdido o estaba en otro proyecto.

También encontré muchos puntos en común en la manera de laburar: con Shepard hablaban por teléfono y él escribía a la noche; y con Harry Dean Stanton decidió usar este método en el que parece que Nastassja Kinski ni siquiera sabía de qué le iba a hablar él.

Paris, Texas es uno de los Wenders más interesantes, pero hace mucho que no vuelvo a verla. Ni siquiera cuando pensé en elegirla para Radar, porque la verdad es que la recordaba perfectamente bien. Aquella escena en particular la tengo muy grabada, porque me había sorprendido mucho por todo lo que el tipo decía, era una especie de confesión. Seguro que tenía mucho de ficción, y yo le creí. Me había gustado tanto, y tampoco sé del todo por qué. Con el tiempo me di cuenta de que podría ser un poco esa relación entre el padre y el hijo que tiene la historia; hace que uno se acuerde de los viejos. Hay ciertos directores, entre los cuales me incluyo, que tenemos cierto karma con esta cuestión del padre. Y ahora justamente hay dos películas, tanto la última de Wenders como la de Jarmusch, dos de mis referentes de siempre, que hablan de padres que se van a encontrar o reencontrar con sus hijos. Esto estuvo siempre presente en el cine. Yo le dediqué mi corto Angeles a mi viejo; fue como una declaración de amor que no le pude decir en vida. Y cuando vi Paris, Texas me acordé mucho de mi viejo; yo en esa época no lo veía y el tipo se parece mucho físicamente, con esos bigotes.

Además, con Wenders en aquella época me pasaba algo: cuando vi por primera vez En el transcurso del tiempo me pareció sublime, y me di cuenta de que extrañamente, yo, con este alemán con el que no tenía nada que ver, me sentía más cerca que con cualquier cineasta argentino. Cuando empecé a filmar no conocía mucho a Wenders, pero uno va encontrando su propio camino y a la vez va encontrando que tiene bastante en común con tipos lejanos. Y se trata de un tipo sumamente frío; no sé, yo no quisieraconocerlo. Es más, estoy convencido de que a estos tipos, a estos artistas que uno quiere, no hay que conocerlos.

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Paris, Texas está considerado algo así como el “western” del alemán Wim Wenders, quien ya había filmado una “trilogía” parcialmente norteamericana compuesta por Alicia en las ciudades, El amigo americano y Hammett. El guión escrito por Sam Shepard –sobre la novela del escritor texano Kit Carson– comienza con Travis, un hombre amnésico que camina solo por el desierto: pronto su hermano acude a su encuentro, pero nunca sabremos realmente cómo es que terminó allí. Travis (así se llamaba también el protagonista de Taxi Driver) está interpretado por un gran actor norteamericano que en general había sido relegado a papeles secundarios: Harry Dean Stanton. Del personaje nos enteramos que ha estado casado y que tiene un hijo pequeño que fue criado por su hermano (Dean Stockwell) y por su cuñada (Aurore Clément). La madre del chico, Jane (Nastassja Kinski), también ha desaparecido. El nene (Hunter Carson, hijo de Kit y de la actriz Karen Black) consigue aceptar como una especie de segundo padre a Travis, quien tras su reencuentro comienza a obsesionarse por encontrar a su mujer. Eventualmente, ella aparece detrás de un vidrio espejado en un local de servicios sexuales. En un segundo encuentro, él le hablará dándole la espalda, aun sabiendo que ella no puede verlo. A través de un teléfono, Travis emprende el que ha sido considerado por muchos uno de los mejores monólogos de la historia del cine: una historia de pérdida y desesperación; la historia de un amor desbarrancado por los celos y la alienación. La historia de ellos dos.
 
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