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Domingo, 18 de febrero de 2007

FAN

Solo en la fila

Un cineasta elige su película favorita: Juan Taratuto y Crímenes y pecados, de Woody Allen

 Por Juan Taratuto

Me parece que Crímenes y pecados tiene una mirada bastante realista y bastante amarga de lo que es la vida cotidiana, la vida ordinaria. Generalmente en las películas triunfa el bien; acá no, y además genera empatía con personajes que terminan siendo víctimas de la gente que realmente administra el poder y que realmente carece de escrúpulos. Es muy fácil identificarse con esos personajes, perdedores que terminan supeditados a las decisiones de otros que no piensan en el costo que tiene hacer el mal. Vi Crímenes y pecados por primera vez cuando se estrenó en los cines, hace unos quince años. La vi y me compré el guión, y charlé con mi viejo, que me señaló varias cosas que yo no había visto en una primera mirada. Y la volví a ver y entendí muchas cosas más, y cada vez que la vuelvo a ver descubro cosas que no sé si las tengo olvidadas o es que no había encontrado en visiones anteriores. Pero encuentro siempre algo más, me parece que los personajes tienen una tridimensionalidad infinita.

Siempre me gustó Woody Allen y siempre que se estrena una película de él trato de verla en la primera semana. Creo que empecé a verlo en mi adolescencia; empecé por recomendación de mi viejo, que iba mucho al cine, y me comentaba lo que veía, y me filtraba un poco lo que había para ver. No me acuerdo con qué película empecé a verlo en el cine, probablemente La rosa púrpura de El Cairo; era la época del furor del vhs, y empecé a ir todos los días al videoclub a unas ocho cuadras –todavía no había tantos: era el ‘84 o el ‘85– a buscar sus películas anteriores: Bananas, Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo..., Annie Hall, Manhattan... y empecé a descubrir a un filósofo.

Puede que, de todas sus películas, Crímenes... sea la que menos comedia tenga, pero Woody Allen siempre fue un maestro en eso de generar muchas cosas desde una mirada que parece una comedia y, con personajes que son víctimas de sí mismos, ir atravesando historias. A partir de eso que parece comedia, genera una carga filosófica, creo, y todo un pensamiento sobre el individuo, sobre la vida, sobre la muerte, muy fuerte. Hasta sus primeras películas, que parecen comedias muy simples, permiten una segunda lectura muy fuerte, un tratamiento de los personajes muy hondo. Es algo que me a mí me gusta mucho y que me encantaría poder hacer: la comedia es sólo una herramienta más; no es sólo entretenimiento. En ese sentido –en el sentido en que marca algo que a mí me gustaría poder hacer– Woody Allen es un referente fuerte, no para copiar, sino que hay algo que se transpira en sus películas, que las trasciende y que me gustaría poseer.

En aquella época en que me compré el guión, ya estudiaba cine, pero no lo busqué para estudiarlo. No en cuanto a los diálogos al menos, sino a la estructura, el desarrollo de cada personaje. A veces tengo la sensación de que me gustaría cursar mis materias de cine en la universidad de vuelta, porque creo que no tenía la cabeza lo suficientemente abierta a los 20 años. Es una edad en la que uno a veces no escucha mucho, y creo que hay una cantidad de información que me brindaron que recién ahora, con dos películas hechas, puedo procesar.

Tengo una escena favorita en Crímenes y pecados: una situación, cuando el personaje de Woody Allen está en una moviola con el personaje de Mia Farrow, viendo el documental sobre un prestigioso filósofo positivista alemán, que termina suicidándose. Creo que es una escena que se quedó conmigo porque me parece que es como una pérdida de referentes para el personaje de Woody Allen, y para el propio Woody Allen también. La escribió en una edad en que se dio cuenta de que no hay ni filosofías ni religiones: está el rabino que se va quedando ciego; el filósofo que se suicida; la eminencia médica que manda matar. Me parece que esa sensación de vacío, esa falta de referentes, lo deja desnudo y no tiene de dónde agarrarse. Es una desazón, una sensación de que el mal siempre triunfa que me parece que yo siento de alguna manera; siento que me identifico con eso, con el vacío existencialista. Si bien nunca tuve fe en la religión, sí me pasó de decepcionarme, de ver con ojos más realistas a ciertas personas a las que admiraba y seguía, y de encontrarme entonces en un lugar muy solitario. Mi padre murió hace dos años; eso, y la sensación de soledad que implica dirigir una película; y la incapacidad para charlar ciertas cosas con la gente, te ponen en un lugar muy solitario. El año pasado conocí a José Martínez Suárez, que es un maestro de guión y de cine, un tipo con quien he tenido unas charlas muy interesantes, y que es como un viejo maestro “de oficio”, como cuando hace 400 años, si uno quería ser herrero o pintor o escultor, acudía a una academia o maestro y se convertía en aprendiz. Esto del maestro de oficio en gran parte se ha perdido, también en el cine, y ahora uno se va haciendo camino solo. Pasa también cuando uno se convierte en padre, y pierde al padre: uno se va parando, solo, un lugarcito más adelante en la fila sin buscarlo.

Martin Landau como Judah, el medico adultero que contempla mandar a matar a su ex amante.

Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989) es la película que Woody Allen filmó entre La otra mujer y su segmento del film colectivo Historias de Nueva York (1988 y ’89, respectivamente) y Alice (1990).

Ambientada en Nueva York, el relato sigue principalmente a los personajes de Judah (Martin Landau), un exitoso oftalmólogo, y Cliff (Allen), un documentalista fracasado, y los respectivos dilemas morales que deben enfrentar: el primero la perspectiva de mandar a asesinar a una ex amante despechada (Anjelica Huston) que lo chantajea y amenaza con sabotear su matrimonio; el otro, la oferta de realizar una película celebratoria de un hombre a quien detesta, un engreído pero exitoso productor televisivo que es además su cuñado (Alan Alda).

Oscuro y por momentos solemne relato sobre el adulterio, la capacidad para hacer el mal y la pérdida de la fe, en su momento, Crímenes y pecados fue recibida como una de las películas más ostensiblemente “bergmanianas” de Allen, quien además contrató a Sven Nykvist, veterano fotógrafo de las películas del director sueco. El crítico Jonathan Rosenbaum escribió en su momento en el Chicago Reader que “el primer film serio de Allen con personajes judíos podía parecer una mejora respecto de las pseudo-profundidades de Interiores y otros films, pero de todas maneras no se puede decir que escarbe más profundo que aquéllos”. Sin embargo, la recepción crítica general fue buena y la película estuvo nominada al Oscar a Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Actor Secundario (Landau).

Juan Taratuto tiene actualmente en cartel su segunda película, ¿Quién dice que es fácil?, con Diego Peretti y Carolina Peleritti.

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