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Domingo, 23 de enero de 2011

FAN › UNA ACTRIZ ELIGE SU ESCENA DE PELICULA FAVORITA: ADRIANA AIZENBERG Y SERAPHINE, DE MARTIN PROVOST

Cuadro por cuadro

 Por Adriana Aizenberg

Cuando se trata de pensar en una película favorita acuden a la memoria un montón de grandes títulos, de films que uno vio a lo largo de los años, de obras enormes de Bergman, de Fellini, de escenas inolvidables como la de Mastroianni con Anita Ekberg en la fuente, o alguna otra de Ladrón de bicicletas. Pero no quería hablar de esas películas de las que ya tanto se habló; que son, sí, muy buenas, pero que se han convertido en elecciones convencionales, un poco obvias. Decidí recordar, en cambio, una película que vi más recientemente, que se estrenó en Buenos Aires hace apenas una temporada pero pasó sin pena ni gloria, y que me sorprendió y me dejó una impresión muy fuerte y duradera. Séraphine es sin duda una de las mejores películas que he visto en los últimos años.

Dirigida por Martin Provost, un cineasta a quien yo no conocía, de producción belga y francesa y fotografiada e iluminada de manera increíble, como si hubiera sido pintada por Rembrandt, Séraphine cuenta la historia real de una pintora francesa de fines del siglo XIX y principios del XX que trabajaba en casas de familia, haciendo limpieza. La pintura era el amor de su vida, pero ella era muy humilde y armaba los colores con lo que tenía a mano; por ejemplo, el rojo con la sangre de los pollos que cocinaba; mientras que el verde lo sacaba de la corteza de los árboles. La escena que más me gusta es justamente una en la que se entrega totalmente a su pasión. A Séraphine le agarra una gran fiebre por la pintura y se encierra en su casa y pinta, pinta mucho, desenfrenadamente, y crea unos cuadros maravillosos. Se pasa días y días encerrada en ese cuartito de mala muerte, y le tocan a la puerta y ella no sale, y la siguen llamando porque creen que le ha pasado algo. Y es extraordinaria la escena en la que un marchand la descubre: ella no aguanta esa situación y termina loca en un manicomio.

Además de lo extraordinaria que es la historia en sí de esta artista, y lo extraordinario del modo en que todo su relato está filmado e iluminado, como si cada fotograma fuese un cuadro, la protagonista es una actriz maravillosa. Es una mujer grandota, enorme, llamada Yolande Moreau, y aunque yo no la conocía de nombre cuando fui a ver la película al cine, de entrada reconocí algo en ella. Yo esta cara, ese cuerpo enorme los conozco, me dije. Y pronto recordé de dónde la tenía vista. Hace unos cuantos años, alrededor del 2000, por ahí, estuve de gira con la obra Venecia, que hice durante cuatro años, y con la que viajamos por Europa y participamos del Festival del Otoño en Madrid. Ahí, en Madrid, cada vez que no estábamos trabajando, tratábamos de ver alguna otra obra, y así fue cómo vi en vivo por primera vez a un grupo francés de humoristas que yo ya conocía por unos videos, y que en esta oportunidad estaban haciendo un espectáculo maravilloso. Y ahí estaba ella, Yolande Moreau, alta, bastante más joven que en Séraphine, desplegándose con mucho humor. Después de ver la película fui a buscar en los libros y catálogos que me había traído de mi paso por estos festivales, y encontré la ficha del grupo francés, y ahí aparecía efectivamente, como yo me había imaginado, su foto. Y de esta manera mi admiración por ella creció todavía más, porque siempre me impresionan los actores que pueden hacer tan bien varias cosas distintas, como el humor y el canto. Yolande hacía en Séraphine la culminación de su trabajo, un personaje que le permitía expresar gracia, bronca, pasión, inocencia y pureza expresadas con muy poco texto; muchas cosas, y ahora yo sabía también que tenía una gran condición como humorista. El humor no en el sentido de “ser muy gracioso”, sino como capacidad de observación, de agregarle una capa nueva, de abrir otra dimensión en aquello que se está contando. Es algo que yo tuve de cerca varias veces en mi vida –como cuando trabajaba con Gasalla en su programa de televisión– y creo que es muy enriquecedor.

Vi Séraphine con Carlitos Moreno, que es mi marido, por recomendación de una amiga en cuyo criterio confío mucho, y quedé encantada. Era una de esas películas que tienen poca suerte en la cartelera, y que hay que encontrarlas en el momento justo o uno se las pierde. La vi en el cine Lorca: yo soy muy cinéfila, veo el cine en el cine, y no en video, salvo excepciones, porque creo que el cine es cine y la televisión es televisión. Pero un tiempo después me la compré en DVD, porque creo que es una película para volver a ver, para revisar, para atesorar. Para tener a mano, como uno quiere tener un disco para poder volver a escuchar una canción, o como uno se compra un libro de pintura. Porque, de hecho, ver Séraphine es un poco también como contemplar una obra pictórica increíble que se queda con uno para siempre.


Adriana Aizenberg protagoniza la película La vieja de atrás, de Pablo José Meza, en la que también actúa Martín Piroyansky. Tras competir en la sección latinoamericana de la última edición del Festival de Mar del Plata, se estrenó comercialmente esta semana en los cines Gaumont y Showcase Norte.


Estrenada acá con un retraso de algo más de un año, Séraphine (2008) es la última película del actor y cineasta francés Martin Provost (cuyos films previos permanecen inéditos por acá), un éxito enorme de público en su país, y ganadora de siete premios César. Centrada en la vida real de Séraphine Louis, una lavandera nacida en 1864 en el pueblo francés de Senlis que pintaba en secreto cuadros de flores y frutas, y que un día es descubierta por un crítico alemán, Wilhelm Uhde (uno de los primeros coleccionistas de Picasso y de Braque, y descubridor de Rousseau), que se ha instalado en ese pueblo para escribir sobre el arte moderno y que debe irse antes de tiempo cuando estalla la Primera Guerra. Caso de artista autoeducada, seguidora de “voces interiores” (y menospreciada como si se tratara de una loca por los demás), el retrato de Séraphine le debe casi todo a la actuación de la actriz belga Yolande Moreau, merecedora de uno de esos siete premios de la academia de cine francesa. Nacida en 1953, Moreau es una artista todo terreno que trabajó alguna vez como educadora y en teatro infantil, fue autora de un unipersonal que en 1982 la llevó de gira por Europa y Canadá (Un sucio asunto de sexo y crimen), y durante años estuvo vinculada al grupo de Jérôme Deschamps y Macha Makeieff, en especial en el programa televisivo Les Deschiens. Pero si el público argentino puede recordarla de algún lado, será sin duda de sus participaciones en Sin techo ni ley (Agnès Varda, 1985) y Amélie (donde interpretaba a la portera). Antes de Séraphine ya había ganado un César como actriz por el film Quand la mer monte (2004), que escribió, dirigió y protagonizó. Una de sus últimas películas hasta el momento fue el biopic Gainsbourg, una vida heroica, de Joann Sfar, donde interpreta a la legendaria cantante Fréhel.

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