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Domingo, 1 de abril de 2012

FAN › UN ARTISTA ELIGE SU OBRA FAVORITA: ADRIáN PAIVA Y LA ZANJA, DE MARCIA SCHVARTZ

Barro tal vez

 Por Adrian Paiva

Dicen que entre los amores y los suplicios, nuestro cuerpo experimenta sus límites.

Hace poco tiempo, a una conocida mía que quería aprender a pintar cosas bellas, yo le mostraba el libro Fondo, de Marcia Schvartz. Entonces ella me decía que no podía entender cómo alguien podía pintar esas cosas. Yo enmudecía. ¿Qué podía saber? Al rato, cuando le pregunté en qué trabajaba, me contó que era enfermera y que, como enfermera, trabajaba en una institución y era la encargada del mantenimiento de donantes cadavéricos.

Yo soy fanático de los cuadros de la serie Fondos, de Schvartz. Sobre todo de una obra en particular: La zanja, de 2006.

La zanja es un cuadro de otro mundo, de un mundo desaparecido, prehistórico. Una pintura del tiempo pre-humano de los cloroplastos y las mitocondrias. Una obra de mucho trabajo físico, hecha con el cuerpo para decir el cuerpo. Es el dibujo de una silueta grabado en el piso de la caverna. Caverna que forma el cuerpo al protegerse con el techo de su dorso en la intemperie.

Es un cuadro realista de una zanja. Una pintura hecha de agua estancada, y sin aire. Mezcla de tierras y caracoles, hongos, ramas, y la tapa de una lata de pintura, que no tapa nada. Un paisaje con líneas de fuga magmáticas. Descarnado, es como una herida asomando al ras del suelo. Lengua secada y sacada. Lenguaje de la pintura pasado por la zanja. Del impresionismo a la estocástica, el estanque de Monet se pudre, después de un siglo de estar habitado por ninfas y por faunos.

Me gusta esta obra porque me gustan las zanjas, sirven para hacer que la sangre llegue al río. Me gusta porque prácticamente toda mi vida he vivido en lugares donde ha habido zanjas. En Tigre, por ejemplo, donde vivo, conozco a un pintor que trabaja cavando zanjas, que cuando hablamos de arte contemporáneo se ríe y me cuenta lo que pagan por el trabajo de hacer zanjas.

Me gusta porque donde vivía cuando era chico había también zanjas. Zanjas que muchas veces generaban temas de conflictos fuertes entre vecinos, por ejemplo cuando llovía y la zanja no zanjaba. Era el límite donde siempre estábamos cayendo. Me acuerdo de una escena goyesca protagonizada por mi padre y el vecino. Corriéndose mutuamente con las palas bajo la lluvia, uno le gritaba al otro “cabecita, andate a donde viniste” y el otro le respondía “andate vos, tano de porquería”.

Por eso me gusta esta obra. Porque iguala y expone el fondo y la figura, sin dialectizar para nada el uno por el otro. Una manera de presentar, y exponer por igual, el todo en una presentación visible. La vista que toca a su límite y el sentido que se encuentra al borde de perder el sentido. En un mundo donde lo real quedó reducido a imagen y todo lo que no tiene imagen no es real, este cuadro es un fantasma, asume la defensa de lo imposible y hace que la cosa venga a comparecer ante la vista y la vista vea también esto, que no se ve.

Me gusta porque es una pintura al límite entre lo intacto y el tacto. Una pintura hecha de barro pintado con las manos, y de manos embarradas en la zanja. Pintura que es un pedazo de suelo re-plegado en la pared, con una zanja cavada en la superficie, zanja que vertical deviene herida, fosa, espejo a cuerpo entero de un Narciso melancólico y deprimido. Silueta y boca. Boca que se abre y dice con la pintura: “Antes que nada, yo soy aquello que el dolor hizo con mi cuerpo, solamente después, mucho tiempo después, más lejos y detrás, soy lo que pienso. Veo lo que sufres y cómo te las arreglas para soportar el dolor, y puedo decirte quién eres; lo que piensas raramente lo confiesas y lo que dices es una mentira infinita”.

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