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Domingo, 7 de octubre de 2012

FAN › UN MúSICO ELIGE SU CANCIóN FAVORITA: NILDA FERNáNDEZ Y “MILORD”, DE EDITH PIAF

MI VERDE CORAZON

 Por Nilda Fernandez

Esto sucedió una tarde de otoño, mientras mi infancia se iba desplegando en la ciudad francesa de Lyon. Allá, los fines del verano, con su vuelta al colegio, desprendían un leve vapor agobiante y melancólico. Yo me pasaba los días preocupándome por las hojas cayendo del árbol, por las nubes que ya no dejaban pasar tanto sol, por la gente enfoscada en sus guardapolvos y con la mirada baja.

Los alumnos del país se quedan en sus casas. Los unos aburriéndose y los otros, como yo, aprovechando la ausencia de los padres para inventar travesuras con los amigos. Sin embargo, esta tarde, estancado en el departamento por alguna tarea escolar, todavía no he echado la nariz a la calle. Con la cabeza entre las manos, con los codos apoyados en la mesa del comedor, frente a libros y cuadernos, sin más inspiración, me dejo absorber por lo que está difundiendo la radio familiar.

A partir de las cinco y media, a continuación del programa infantil, aparecen las hermanas mayores que ya empiezan a ostentar bultitos debajo de la blusa. Escuchan canciones modernas, locutores parlanchines y a mí, por decirlo así, no me atrae mucho esa estética musical que se me antoja de poco alcance, bastante pobre. Además, no me gusta el tono de los locutores, falsamente marchoso.

De repente, en medio de aquel torrente de palabras huecas y canciones chabacanas, un rayo atraviesa mis tímpanos. Una voz, ignorada en mi panteón de españolito desarraigado, hace que levante la frente dándome la vuelta hacia el receptor. Es una música rara, sin nada que ver con la que se suele escuchar, cantar o bailar mascando “chewing gum”. ¡Y la voz..! Nadie puede hacerse cargo del impacto, el choque, el deslumbramiento que ésta produjo en mi alma de ocho años. Claro, la letra no la entendía bien, me faltaba vocabulario. Además, seguro que el tema no era para mochuelos como yo. Pero ¿qué importaba?

Aquel timbre, aquel soplo, aquella garganta apasionada sin pizca de amaneramiento me arrastraba y, en pocos segundos, me convencí de que por ahí dentro se decían cosas enormes, sentimientos primordiales. En la melodía, en los instrumentos, en el chorro de canto que lo arramblaba todo, se oían quejas pero también júbilo, reproches, ternura y desespero. Todo un disparate sentimental que sólo suelen experimentar los que tienen edad para sufrir a sabiendas.

Con voz afilada, puntiaguda, casi ácida, machacando consonantes, estirando la fruición gutural de la “r” francesa, cantaba una mujer apostrofando a un hombre, tratándolo de usted, pasando de la viveza juvenil a los presagios de bruja. La música usaba todos sus recursos para decir lo mismo. Ya brillante y en modo mayor; ya oscura, tenebrosa y menor.

Pero el prodigio irrumpía casi al final, cuando, de pronto, todo se quedaba en suspensión y arrancaba de nuevo la voz, implorante, inmensamente cariñosa, subiendo de tono y avivando el ritmo hasta un frenesí de volteretas descabelladas.

Aquellos momentos que recuerdo como herida que nunca se cierra, tuvieron una importancia colosal e imprevisible. ¿Cómo iba a saber yo que toparme con aquella voz iba a abrirle paso a la mía?

En mi verde corazón, en mi piel de niño, quedaron grabados para siempre la emoción y el escalofrío de aquel día de otoño apesadumbrado, donde mi vida tomó un rumbo desconocido que hoy me tambalea de parte en parte del planeta. Lo que García Lorca explicó en una de las conferencias poéticas que pronunció en Buenos Aires, lo que el flamenco y sus intérpretes buscan desde siempre, ese dichoso duende irrepetible, me lo encontré yo aquella tarde con la voz de Edith Piaf interpretando “Milord”.

Nilda Fernández se presenta el viernes 19 de octubre a las 21 en La Trastienda, Balcarce 460.


La de Edith Giovanna Gassion (1915-1963) fue una de las grandes voces del siglo XX. Antes de ser conocida como Edith Piaf, dio sus primeros pasos como cantante en las calles de los barrios bajos de París, cuando era apenas una niña pero ya demostraba poseer un talento extraordinario. Hacia 1937 fue bautizada con su nombre artístico definitivo en el cabaret Gemy’s, donde se convirtió en una de las principales figuras. Su historia de caídas y ascensos la llevó de la ignominia a codearse con Marlene Dietrich, Marlon Brando o Jean Cocteau. “Milord” se anota entre las piezas salientes de su repertorio: con letra de Georges Moustaki y música de Marguerite Monnot, la chanson fechada en 1959 desarrolla la mirada y los sentimientos de una chica humilde que es flechada por un viajero británico de clase alta, que pasea del brazo de una bella dama sin percatarse de su presencia. La historia de una desdicha, una constante en la vida de la mujer con voz de gorrión.

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