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Domingo, 1 de junio de 2014

FAN › UN DIRECTOR DE TEATRO ELIGE SU PELICULA FAVORITA. NACHO CIATTI Y LA CIENAGA

SOPOR Y BRISA MUERTA

 Por Nacho Ciatti

Soy débil recordando, pero intentaré hacer mi mayor esfuerzo. Vi La ciénaga en el cine, cuando estaba descubriendo el cine: el que iba a elegir o, mejor dicho, el que me eligió. Luego vino la época VHS, de mi colección de VHS, etiquetados con obsesión. Yo estaba en contra del DVD. Todo mal. Que era plano, que no tenía profundidad, que parecía todo un dibujito. Me lo metí en el bolsillo, claro. Siempre tardamos un tiempo en aceptar los avances, sobre todo si somos nostálgicos. Pero no puedo dejar de pensar en La ciénaga vista a través de la estética del videocassette. Sobre todo la gran joya que es el comienzo. Esa secuencia fragmentada, potente como pocas, sofocante. Ese boxeo de imágenes entre cuerpos manchados, obscenos, y ambientes de sopor y brisa muerta. Con esos sonidos de reposera arrastrada, de hielos chocando dentro de los vasos. Que culmina con ese agudo de cristal roto sosteniéndose más allá del tiempo.

Yo dormía en el cuarto de atrás, en una familia que se parecía mucho (aunque sin tanta tragedia) a la que aparecía en la película. Dormía en lo que había sido un cuarto de herramientas, cruzando el jardín. Fue en ese cuarto y en ese jardín donde atravesé el pasaje de la adolescencia a la juventud, lleno de felicidad, de cine, de besos hasta la madrugada, de paredes escritas con frases reveladoras. Fue en ese jardín que tanto cuidan mis padres donde monté también mis primeras películas: Reposeras, vasos con whisky, remakes de La ciénaga en donde muñecos antiguos heredados de mis abuelos representaban lo que hicieron Graciela Borges y Martín Adjemián. Con menos soltura claro está. Yo quería estudiar cine, pero era el 2001 de lecops y patacones. Además había conocido el teatro y me dije: “Primero actuá, después dirigí”. Así que estudié, como quien dice, por mi cuenta. Poniendo la cámara (una handycam 8mm que compré con mi primera publicidad) en algún lugar donde mi familia no la viera, y grabando durante horas. Probando planos a heladeras, postigos, adornos antiguos, hermanos y padres indefensos (pues no sabían que eran filmados). Esos tiempos fueron para mí un redescubrimiento del mundo.

La ciénaga influyó mucho de lo que hice posteriormente (siempre camas, siempre familias, siempre silencios). Asilo, Alemania, Piano roto (mi primer borrador de largometraje) tienen o intentan robar su atmósfera, su erotismo efervescente pero solapado. La casa donde sucede gran parte de la película, su sensorialidad, me lleva a la casa de mis nonos. Una casa italiana tan vieja que le cuesta mantenerse en pie. Allí los domingos nos juntábamos todas las generaciones (como en la película) y los chicos corríamos atravesando de frente a fondo, más de mitad de manzana, puesto que eran seis casas juntas, al estilo chorizo, donde vivían mis familiares por parte materna. Hoy esa casa está vacía, al borde del derrumbe. Los que la habitaban fueron yéndose, muy silenciosamente, como lo hace la mayoría. Mi Nona frotándome fuerte las manos debajo de la canilla del patio, canilla de plástico con botón azul, juntándome los cuatro dedos largos, abrigándome con su mano. Esa canilla de donde vimos una vez, yo y mis 5 hermanos (todo es numeroso en mi familia), un pececito brotar y perderse en la rejilla. Casa donde comíamos pasta casera para quinientos, donde mi Nono solía silbar óperas enteras, y mi hermana Eugenia y yo nos vestíamos con todo el ropero de la casa en las que iban a ser mis primeras aproximaciones al teatro. Mi tío Tito que tenía un anillo que parecía un semáforo, y nos esperaba con golosinas cada fin de semana, traídas por un pajarito. Mi tía Angelita, con una enfermedad desconocida para mí al ser tan joven, una enfermedad que la hacía deambular hablándose a sí misma, una enfermedad que yo siempre entendí le había brotado por comer demasiada mayonesa. Mi tía Adriana y mi tía Graciela, a quien hoy extraño. La energía de esa casa, la luz de esa casa, estaba tan colmada como la casa de Mecha y Gregorio en La ciénaga.

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