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Domingo, 9 de noviembre de 2014

VALE DECIR

VUELTAS EN LA CAMA

 Por Alan Pauls

(Todo esto debe ser leído como dicho por alguien que se despierta en mitad de la noche y rumia:)

Cayó Saviano. Hacía mucho que no leía un libro peleándome con su autor. Era un placer que ya daba por perdido. ¡Otra acrobacia de juventud que no volverá!, me repetía en la cama, sacudiendo la cabeza a un lado y otro en la almohada, como los personajes atormentados por los sueños en las películas malas. Pero yo, cuándo no, estaba en vela. Y de golpe, zas: Saviano y Cerocerocero, su libro sobre la cocaína. ¿Qué manjar mejor para un profesional de la noche blanca como yo, que ha vuelto a recibir correos basura con tretas para elongar penes (¿tendrá el spam estaciones, como las frutas?) y ya ni Homeland tiene para consolarse?

Me explico. De la temporada uno a la tres creí que los males que conspiraban contra Homeland eran el personaje de Brody, con su aire de Steve McQueen relleno de estopa, y la lógica ambigua del doble agente, que la serie explotaba con la fruición descerebrada de un país monocultivo. Ahora, promediada la cuarta, me doy cuenta de que es otro y uno solo: es Claire Danes, la actriz que hace de Carrie Mathison, agente de la CIA fálica y bipolar, con algún parecido a Daisy, la pata de Disney. Basta, Claire. Te lo digo a las tres y veinte am, con onda, mientras miro por la ventana cómo el seguridad se aleja de su garita grafiteada y barre la vereda por tercera vez en la noche. Es una serie de espías, no Eurípides. Dejá de actuar tan bien. No toques todas las notas. No entiendas tanto el cuadro maníaco-depresivo. No seas tan tridimensional. Aprendé del Kevin Spacey de House of cards, que hacía Shakespeare sin naufragar en la profundidad. Aprendé de Elisabeth Moss (la Peggy de Mad Men) y de Robin Wright (la Claire Underwood de House of cards), mucho menos actrices que vos, menos escultóricas, menos trascendentes, y por eso tanto más modernas.

Devórame otra vez. Cerocerocero se devora, naturalmente –o se aspira, como querrían su autor y sus editores–. Pero ¿no eran precisamente ésos, los que se devoran, los libros con los que nos gustaba pelearnos? ¿No era su devorabilidad lo primero que nos alertaba y daba sospechas? Si me peleo con el Saviano es básicamente para frenarlo, para contrariar un poco esa dinámica de vértigo que el autor finge moralizar y reprocharse (“Escribir un libro sobre la cocaína es como aspirarla”), pero que es fácil ver cuánto lo enorgullece. Y me da ganas de contrariarlo, no sólo porque no soporto el name dropping (me da exactamente igual que se lo ejerza con la realeza británica, Hollywood o el inquieto jet-set del narcotráfico, a cuyas vedettes sobre todo centroamericanas Saviano asedia con el ahínco de un groupy con síndrome de abstinencia) y porque es difícil que no me caiga mal un libro que incluye en sus agradecimientos a la DEA, el FBI, la Interpol, la Guardia Civil y Bono Vox, sino porque, de Cerocerocero, lo que más me atraía era el subtítulo: “Cómo la cocaína gobierna al mundo”. El rosario de biografías criminales que Saviano desgrana a lo largo de más de 500 páginas tendrá sangre, sudor, sexo, lágrimas y polvos blancos para tirar al techo, aunque me temo que todas (mexicanas, colombianas, italianas, incluso ¡caninas!) reproducen el mismo clisé melodramático de ascenso y caída formulado por el Scarface de Paul Muni (1932) y, lo que es mucho peor, olvidan con el codo lo que habían prometido con la mano: contar “cómo la cocaína...” Peor: lo desdeñan. Como si descifrar la lógica de las cosas, para el “periodismo narrativo”, fuera un objetivo prestigioso y necesario (siempre es bueno que nos den explicaciones sobre cosas complejas y acuciantes), pero también un prurito medio demodé, típico de alguien que porfía por entender cuando es evidente que entender, hoy, no es sino ralentizar la dinámica del devorar, y por lo tanto no una virtud sino una tara. Lo que hace de Cerocerocero un libro tan peleable es la relación histérica que tiene con sus propias premisas. Saviano promete (“cómo la cocaína gobierna...”), se distrae de lo que promete acopiando “historias” que lo desdeñan, y lo cumple de pronto, como por milagro, en el capítulo sobre lavado de dinero (el mejor del libro, lejos), con una aseveración a la vez obvia y epifánica que nos rapta del mundo espectacular del tiro-lío-coshagolda y nos devuelve al viejo, lúcido reino de lo inteligible: la cocaína gobierna al mundo porque le da lo que más le hace falta: liquidez. Y lo vuelve a olvidar después, arrebatado no por los hechos sino por “la propia alma”, el alma de mártir y de adicto del propio Saviano, condenado desde Gomorra (2008) a vivir entre carabinieri, hombre del subsuelo que añora placeres simples como el bar o el mar o el lar (¡Nápoles, Nápoles!) y escribe cosas pomposas como: “He contemplado el abismo y me he convertido en un monstruo”; o: “Mi ballena blanca es la coca”; o: “Es culpa mía si ahora sigo gritando y tengo la sensación de que ya nadie está dispuesto a escucharme”. Para víctimas de fatwas cuánto mejor Rushdie, con sus cejas superpobladas y sus ojos sanpaku de fauno en celo.

Nanosorpresa. Dejo a Saviano en el momento justo en que arriesga la idea de legalizar la coca para desactivar el aparato narco (la única idea política que hay en su libro, por otro lado ya alentada por conservadores profesionales como Mario Vargas Llosa) y me repite algo del reportaje a Serrat que escuché hace unos días por radio. La agenda de temas típica del Gran Gurú Progre que es Serrat, fogoneada por un entrevistador tan empático, tan a favor, que casi daba vergüenza: fútbol, porteñofilia, etc. Pero. Serrat habla de su niñez en la España precaria, regada de sangre de la posguerra civil, y se ve otra vez escalando montañas de escombros en busca de municiones perdidas. “Claro”, retoma el entrevistador, “la inocencia del niño, que no entiende nada de lo que ha pasado a su alrededor...” “No”, lo frena Serrat: “Entiende perfectamente lo que sucede, sólo que es más fuerte que todo eso”. Un rato después toma la palabra “público” con pinzas. Dice que él piensa más bien en individualidades, que las multitudes lo ponen incómodo.“¿ Y qué hacés en esos casos?– le preguntan, ¿cuando te agarra fobia a las multitudes?” “No es fobia”, dice el terco de Serrat: “Es incomodidad. Si fuera fobia iría a un médico a ver cómo resolver el problema”. La charla es insípida, pero ahí, sin embargo, ha brillado una chispa. No comparto casi nada de lo que Serrat dice, no soy sensible a su glorificación de la niñez, me empalaga la sabiduría blanda, aplomada, inobjetable, que lo nimba. Pero cuando se planta y –sacrilegio radial– detiene el fluir natural de la conversación para corregir las versiones que su entrevistador da de lo que dice, siento algo parecido al entusiasmo. Cualquiera en su lugar se rendiría a la sinonimia campechana y consensual de la comunicación y lo dejaría pasar. Sobre todo entre amigos. Serrat, a los ’70, no. ¿Y si esa voluntad de precisión –mucho más que sus versos y sus rimas, mucho más sin duda que sus ideas– fuera lo que de golpe reconozco en él, intacto, de poeta?

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