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Domingo, 15 de febrero de 2004

PáGINA 3

Mientras tanto

 Por Gabriela Liffschitz

Yo no me acordaba cómo era el tacto de mi cuerpo sin vellosidad hasta que me quedé pelada de la cabeza a los pies. Porque la experiencia de la quimio es aterradora en varios aspectos, pero no en el hecho de que se caiga el pelo sino que la forma en que se cae es signo de enfermedad. Se caen las cejas, el vello púbico, el de las axilas. Hay gente que hasta cambia de tonalidad, llega a una palidez total, casi verdosa. Y es que hay prejuicios ridículos como que con la quimio no se puede tomar sol. Y eso es cierto pero durante las primeras 48 horas. Por eso el cuerpo puede llegar a adquirir esa tonalidad tan rara, tan enfermiza. Yo, como perdí el pelo luego del verano, tenía toda la cara marrón por el sol y la pelada color leche. Con el pelo me pasó lo mismo que con la teta: no necesariamente tenía que inscribir mi cuerpo como cuerpo enfermo o falto de. Al revés, podía ganar en eso una porción erótica.
Yo no sabía cómo era mi cabeza. Es que las mujeres no usan la cabeza pelada salvo en la primera infancia, por motivos religiosos o políticos: por ejemplo, el hecho de pertenecer a los skinheads. Una vez me paró en la calle un hare krishna que me preguntó si me había pelado por motivos religiosos. Le contesté que decididamente no.
Antes de las fotos, había en el uso cotidiano de la pelada una cuestión estética que había que resolver. Una variante era usar varias pelucas y ser una persona distinta cada mañana. Pero las pelucas salen carísimas a menos que sean de cotillón. De hecho usé una rosada, divina, para una fiesta. Pero estaba el día a día: el laburo, la nena, la escuela. Entonces me probé una peluca que me hacía parecer una judía ortodoxa. Una pollera larga y estaba para el ghetto. Pero cuando vi cómo era mi cabeza, la empecé a mostrar, salvo en invierno, durante el que usé gorros.
Para que no me confundieran con una skinhead, yo que suelo usar ropa negra, recuperé ropa vieja, sobre todo de color turquesa, y empecé a usar chalinas. Como las cejas me parecían un marco importante de los ojos, yo me las pintaba. Empecé a maquillarme mucho más. Y eso creaba un equívoco terrible en la calle. Mi hermana decía que a la gente tenía que cobrarle veinticinco centavos por mirar, cincuenta por sostener la mirada y un peso por darse vuelta. Me hubiera hecho millonaria. Eran miradas de desaprobación, miradas ofendidas. Nadie ni por asomo pensaba que yo estaba enferma. Había días en que estaba muy sensible y recibía esto muy mal. Entonces sentía que me miraban con cierto descaro porque yo era una descarada.
Me hice pintar dos serpientes a lo largo del cuerpo porque para mí la serpiente tiene que ver al mismo tiempo con lo erótico y lo mortal. Además hay enfermeras especialmente preparadas para pasar quimioterapia que les dicen a los pacientes mientras les inyectan esa medicina que hace caer el pelo: “¡Acá viene el veneno!”. Un día charlando con un amigo cuya pareja es médico me aclaró: “La serpiente es el símbolo de la medicina”.
Con la enfermedad, yo no encontré una imagen anterior que se destruyó sino quinientas que destruí mil veces. Fui hippie, fui posmo, fui joven siendo vieja, fui vieja siendo joven, me moví desde el tailleur hasta las calzas negras de lycra. Sin teta fue otra imagen, sin pelo es otra imagen. Y aclaro que yo no me quiero proponer como la persona que tiene todas las respuestas, sólo que ésta es una respuesta para mí.
Yo tengo cierta intención de conseguir otra imagen para la enfermedad. No es necesario ponerse verde y vomitar para estar enfermo. Se pueden tener otros aspectos. Ahora, tampoco es mi objetivo parecer no enferma. De hecho, si hay que hacer una cola de dos cuadras, yo me acerco y digo “Tengo cáncer de huesos, ¿me deja pasar?”. Claro que cuando lo digo la gente me mira desorientadísima de verdad. Pero cuento con que me crean,porque decir que se tiene cáncer en los huesos para no hacer una cola es de un psicótico (con lo cual deberían dejarlo pasar también).
A la enfermedad la tengo y acompaña mi vida y no me queda otra. Pero no es el eje. Si estoy señalada todo el tiempo como enferma, estaré todo el tiempo enferma. Pero no estoy todo el tiempo enferma. Hay momentos que sí y otros que no. Incluso hay momentos en que me olvido. Y la habitual utilización de la imagen que se hace en relación a la enfermedad –ponerse un pañuelo en la cabeza, ocultarse– yo la creo muy dañina. Volverse casi verde, estar vomitando es un momento. Pero hay muchos otros. Si yo me hubiera puesto verde me hubiera pintado los ojos de violeta para que combine. Se trata justamente de eso, de que estas mutaciones combinen con tu vida. Porque tu vida no termina con el cáncer. Si te pisa un auto no hay mucho que elaborar al respecto. Pero en este caso vos seguís viviendo y resulta que te vas a morir pero no, y seguís viviendo un poco más y los pronósticos son medio jodidos pero seguís más y más. ¿Mientras tanto? Mientras tanto una está viva.

La fotógrafa y poeta Gabriela Liffschitz
murió el viernes pasado. Estas declaraciones
pertenecen a las entrevistas que le hizo María
Moreno para la salida de sus libros Efectos
colaterales y Recursos humanos.

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