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Domingo, 12 de marzo de 2006

PáGINA 3 › ADIóS A ALBERTO MIGRé

Lo que sé

Alberto Migré murió esta semana a los 74 años en Buenos Aires. Estas respuestas están tomadas de una entrevista publicada en Radar hace algunos años.

 Por Alberto Migré

La vida no termina bien. Más de la mitad de las cosas que uno emprende con entusiasmo terminan mal. No sé por qué es así, pero terminan mal. Por eso a veces me arrepiento de algunos finales. Pienso: ¿y si se hubieran salvado? La gente espera para todo: para irse de vacaciones, para comprarse un auto, una casa. Y también espera diez meses los 290 capítulos de una tira, y a mí se me ocurre terminarla mal. A veces eso puede ser una falta de respeto.

Los homosexuales son los mejores televidentes que uno puede tener, porque son los más viciosos. Pero también son terribles: todo lo hacen pasar por sus asuntos. Si nos ven acá charlando, empiezan: “¿De qué hablarán? ¿Migré tendrá sida?”.

Nunca voy a olvidar a la mujer que al día siguiente de que terminara Sola, con Zulma Faiad, me dijo: “Migré, usted no tenía derecho a escribir ese final y a amargarme la vida como me la amargó”. Y me enumeró una serie de motivos muy válidos. Creo que si me hubiese encarado un día antes, le cambiaba el final. Aunque también hay gente que me escribe o me regala cosas y me dice: “Que Dios lo bendiga”.

Viví toda mi vida con mis padres, nunca tuve la necesidad de irme a vivir con mi pareja. Tampoco tuve un bulo, porque me compré una quinta en la que podía reunirme con quien quisiera. Además, ¿quién quiere vivir con un tipo que escribe dieciséis horas por día? Cuando termino, no tengo muchas ganas de bañarme o afeitarme, quedo medio atontado, me tiro un rato, y a lo mejor cuando me despierto quiero escribir el capítulo siguiente. Y seguir así durante tres o cuatro días.

Papá estuvo enfermo durante más de diez años, y fue terrible: hubo que quitar todas las llaves de la casa y tapar los espejos, porque él veía enemigos y amigos todo el tiempo. Yo soy triste por naturaleza. Y a veces también soy medio pelotudo... Y muy cruel. Más de una vez pensé: “Por favor, que se termine esto”. Y pensaba: “Bueno, cuando viva solo...”. En cinco años se murieron toda mi familia y mis mejores amigos. Y ahora que vivo solo, es una podredumbre.

Muchos me dicen que estoy antiguo, porque quiero rescatar la palabra, quiero que los actores hablen. Si un personaje se tiene que relacionar con otro y tiene que exponer los motivos por los que otro personaje le hizo daño, tiene que estudiar un texto. Pero parece que es mucho más fácil para el actor si dice: “Me cagó”.

Me reconcilié con Romay cuando, durante una entrega de los Martín Fierro, admitió no haber escrito nunca ni una sola línea en su vida. Pero igual, cómo jodió durante quince años con el cartelito: “Idea A.R.”...

Para mí, la tecnología llega hasta el liquid paper. La computadora no me ayudaría. Me parece fascinante que un chiquito de Neuquén le pueda cantar un aire dulce a un niño de Japón, pero yo, mientras escribo, cuando algo no me gusta o me trabo, le doy trompadas a la máquina, y no creo que una computadora resista tanto los golpes.

Durante toda mi vida escribir fue un trabajo: cuando no tenía dos programas, tenía tres o cuatro. Un capítulo me lleva más o menos dieciséis horas y siempre hice un capítulo por día. Y nunca me pasó eso de que no se me ocurriera nada. A lo sumo quedo trabado y no puedo seguir, y Juan no le puede contestar a Marta, pero en esos casos sé que el error está cuatro líneas más arriba o en la página anterior: una vez que corrijo eso, vuelvo a correr.

El otro día entró a la confitería Rond Point una mujer, pidió un café y llamó a alguien con su celular. Cuando la persona del otro lado del satélite le contestó, ella dijo: “Je m’appelle Monique”. Se ve que el otro no la entendía. Ella estuvo diez minutos repitiendo lo mismo, hasta que gritó: “¡Que soy Mónica, carajo!”, cortó, pagó y se fue. Eso es el principio de una gran novela.

Me gusta mucho recibir cartas. A veces me escribo alguna a mí mismo, dejo pasar unos días, abro el sobre, la leo y digo: “Ay, mirá que linda carta”.

Me gusta estar muy atento a lo que sucede en la realidad. Por ejemplo, aquella historia de amor entre una maestra y un alumno. Es una historia de amor. Y no sé si es sórdida. Para saber eso, habría que ver al chico.

Creo que el mejor medio de expresión es la radio, porque permite una agilidad mental que la televisión anula. Por supuesto que sería fantástico que la gente leyera, pero alguien llega del trabajo, prepara la comida, toca a su hijo dormido para ver si sigue ahí todavía y, apenas abrió el libro, ya cayó de sueño. Por lo menos, que pueda apagar la luz y escuchar una historia.

Si Shakespeare viviese, por supuesto que escribiría telenovelas. Es claro que cuando escribía tenía que tener mucho cuidado porque los teatros de su época eran tan cerrados que, durante sus obras, los muertos se acumulaban en el escenario. Escribía para decorados, y eso es ser un escritor de telenovelas.

La felicidad, contada, resulta aburridísima. Los encuentros son bellos, pero fugaces. Lo que puede durar es la historia de una desgracia. Un desencuentro, con pequeños encuentros que sirvan de excusa para otro desencuentro.

Soy un pésimo creyente. A veces creo y a veces no. Pero hay ciertas cosas que no deberían suceder. Prefiero a los griegos, con esa sarta de dioses que se odian, se adoran, se desheredan, tienen hijos y comparten la novia con el hijo. Eso me parece más normal. El otro, como todo lo que es perfecto, me causa horror y me despierta muchas sospechas.

A veces miro el cielo y pasan esos vientos huracanados que duran un minuto y después se desvanecen, y leo en los diarios sobre estos aluviones de barro que borran un pueblo del mapa. Las montañas se van a hundir y los mares subirán. Está escrito, pero no lo queremos leer, porque ya no se lee. Quedarán tres o cuatro y volverán a contar una historia. Y, hasta entonces... roña.

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