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Domingo, 8 de diciembre de 2002

PAGINA 3

Hábeas corpus

Por Emilio García Wehbi
Los cuerpos aparecieron simultáneamente en 23 puntos de la ciudad, casi de madrugada. La idea era ganarle de mano al transeúnte, colocar los muñecos antes de que comenzara la jornada laboral y tomar un momento pico como el mediodía. En cada locación había dos encargados: uno cuidaba al muñeco y tenía como consigna acercarse a la gente que se involucraba en la situación; el otro registraba las reacciones en audio, foto o video. La experiencia empezó a las 7, y a las 7 y 5 había policías fotocopiando permisos. La policía y el SAME tenían el listado completo de las locaciones donde se realizaba la experiencia. Su consigna era no acudir, a menos que se les dijera que no se trataba de los muñecos.
El proyecto arrancó hace dos años, cuando empecé a observar que al paisaje urbano se había incorporado algo que era humano, pero no era advertido como tal. El que está tirado en la calle es ignorado por el transeúnte: no se lo considera una persona sino una prolongación de la vereda o del edificio que está detrás. La respuesta habitual –en la que me incluyo– es hacerse el distraído, o calmar la conciencia infeliz tirando una moneda. (La incorporación alegre, o al menos ignorante y displicente, del ser humano al paisaje de la calle es uno de los logros del menemismo.) El interrogante, entonces, era ver cómo responde un transeúnte a una situación que lleva el realismo un poco más allá, de modo que la realidad aparece ligeramente torcida. Por eso se agregó sangre o vómito a los cuerpos: no como elemento fantástico sino hiperrealista. Ése fue el cebo.
La experiencia se hizo por primera vez en Viena, en junio de este año, y me había parecido increíble hasta que se hizo la de Buenos Aires. Para radicalizar la realidad, en Viena fue suficiente con poner un cuerpo en la calle. Agregarle sangre era bandearse a lo fantástico.
Aquí hubo montones de reacciones atípicas: una jueza trató de levantar una citación en Tribunales; hubo abogados que no se dejaron fotografiar con el pretexto de que estaban ejerciendo la ley; en Villa del Parque, una mujer le acercó café al muñeco y lo llamó “señor”. (¿Cuántos de nosotros le decimos “señor” a un mendigo?) Hubo indigentes que querían llevarse la ropa del muñeco porque era mejor que la que llevaban puesta. Una viejita de San Telmo se angustió porque vio su propia muerte reflejada en el muñeco. En cuanto a la policía, hubo de todo: desde los que pateaban muñecos hasta los que vigilaban a los participantes con la mano en el chumbo, pasando por los creativos, que proponían posturas nuevas y formaban parte del juego.
Nunca hubiera imaginado que Crónica TV transmitiría en vivo desde Callao y Corrientes, ni que los noticieros de esa noche reflejarían la experiencia como “perversa”. Y mucho menos que uno de los participantes terminaría en un hospital de la zona más paqueta de la ciudad. Enfurecido, un vecino de Recoleta pateó primero al muñeco –sabiendo que era un muñeco–, y cuando el participante a cargo se acercó para pararlo le pegó a él también. Los empleados de Versace revolearon el muñeco contra la vidriera; los guardias del Village Recoleta, en connivencia con la policía, desalojaron la plaza seca donde se había realizado la instalación. Los señores del shopping consideraron que la vereda era de ellos, no pública.
El grado de violencia ejercido en ciertos barrios tiene que ver con el cuidado ejercido sobre el territorio como un microcosmos. La aristocracia no tolera a los vagabundos. Un mendigo durmiendo en la calle es la polución absoluta.
¿Cuáles son los límites de una intervención? Los 60 chicos que salieron a la calle a registrar la experiencia tenían previsto un abanico de situaciones, pero no todas. Muchos volvieron quebrados; sentían que habían estafado a la gente en su buena fe. La consigna era mantener un perfilbajo con las agresiones, no provocar a la policía, mostrar los permisos a cualquiera que quisiera chapear y hablar con la gente. Pero nunca nos imaginamos que alguien podía llegar a ser agredido por un vecino enardecido. Es difícil tener herramientas para combatir esas reacciones.
La idea fue tomar puntos simbólicos, arquetípicos, de la ciudad. Nos hubiera gustado hacerlo frente al Ministerio de Economía, pero no nos dieron el permiso. Tampoco en Plaza de Mayo. Si no elegimos la zona sur, no fue porque no nos interesara, sino porque sólo contábamos con la estructura logística personal y la del Centro Cultural Ricardo Rojas. Consideramos que era riesgoso ubicar los muñecos en zonas más retiradas. En Plaza Congreso, los participantes recibieron dos tipos de opiniones de la gente que vive en la calle: algunos lo vivían como una burla a su propia condición; otros, como algo que podía servir para ayudarlos, para que la gente reaccione.
Todo puede sonar pretencioso. Pero esto no es un trabajo sociológico ni un estudio de comportamiento social: es una irrupción estética, una intervención casi subversiva en la que lo artístico se mimetiza con la realidad para tomar de sorpresa aquello que está siendo intervenido; en este caso, el espacio público.
No pretendo emitir ningún juicio de valor. Desde la estética sólo puedo plantear interrogantes. La idea es forzar una disrupción para indagarnos e indagarme. Busco provocar, pero no como un acto de violencia sino como una interrogación a una normalidad sospechosa. Sé que es una experiencia difícil de asir, taimada, que se disfraza casi con la ropa del enemigo: la acción de la intervención se mimetiza con el objeto de interés estético para poder actuar.
En mayo la experiencia se repetirá en Bruselas, y en junio en Montreal. La idea es que esto sea sólo el comienzo. La imagen del proyecto es la de un pie: el pie de Filoctetes herido por la flecha del arco de Hércules. El pie se pudre, empieza a despedir un olor nauseabundo y es desterrado de Grecia. Filoctetes es el del pie podrido, el que es desterrado por maloliente. Los que viven en la calle son nuestros malolientes, nuestros Filoctetes.

El viernes 13 de diciembre, a las 19, en el Centro Cultural Rojas (Corrientes 2038) se presentará el resultado de la experiencia Proyecto Filoctetes. Se expondrán el registro sonoro, las fotografías y un video y se presentará un libro con ensayos del sociólogo Horacio González, la critica de arte María Teresa Constantin y el dramaturgo Luis Cano. Habrá micrófono abierto al público.

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