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Domingo, 30 de noviembre de 2014

PERSONAJES EL éXITO Y EL ESCáNDALO DE NICKI MINAJ, LA PRIMERA RAPERA QUE LOGRó SER ESTRELLA POP

COMO UNA LOBA

 Por Micaela Ortelli

En su último video –que se lanzó cerca del 25º aniversario de la caída del Muro de Berlín–, Nicki Minaj es la líder de un enorme ejército. Está sentada en un trono entre banderas rojas con las iniciales del sello discográfico dispuestas como la esvástica, y los soldados llevan brazalete como los de la SS. Pero es tan injustificado el simbolismo que ni hay que gastarse en tomarlo en serio. Que el video sea animado, por lo demás, lo vuelve hasta decente comparado con otras cosas que ha hecho. Incluso lo de “Anaconda” –hasta ahora el testimonio más extremo de la redondez y agilidad de sus nalgas, que tiene más de 300 millones de vistas en YouTube– es el descaro de una Miley Cyrus, que después versiona canciones de los Beatles con Flaming Lips, una banda cool. Lo de Nicki Minaj es verdadera impudicia: ella pone su voz en “Animales”, un tema de Romeo Santos que, independientemente de si es o no cool, también canta bachata con falsete: qué más. Y ella, rapera hasta el tuétano, aportó unos versos en spanglish y unos gritoneos a esa canción horrible (la base es electrónica de cartón); y si le hubieran pagado más, habría aportado más. Nicki (1982) vivió hasta los cinco años en la isla Trinidad, cerca de Venezuela, y después en Queens, Nueva York; salvando las distancias de clase, esa conexión con lo latino recuerda a Lady Gaga, como si no tuvieran suficientes puntos de comparación (las pelucas, el fashionismo, los alter ego, la performance constante, la música, el control de su carrera). Pero Gaga no llega a ser inmoral y nunca se corrompió (al revés: acaba de lanzar un disco con el señor del jazz Tony Bennett).

Nicki, sí. Ella hace lo que sea: fue jurado en American Idol, actúa en una comedia con Cameron Diaz y su sitio web parece una tienda de compras online. Nicki tiene los vicios –y el know how– del pop y el rap; es decir, quiere ser una máquina de producir dinero (por lo pronto ya es la primera rapera en aparecer en Forbes). Olvidarse de Romeo Santos, que puede ser polémico: colabora en dos canciones con David Guetta, el DJ que toca con pendrive y convoca a decenas de miles (la recatada Lorde rechazó la propuesta). El tema que hizo con Justin Bieber no se puede escuchar, directamente. El pop llegó a un nivel de artificialidad que parece hecho por y para robots; y en sociedad con la electrónica más sintética fue a parar a los boliches de Ibiza, Punta del Este o cualquier ciudad de la Argentina donde, justamente, ningún ebrio de champagne y speed le presta atención. Hasta ahí quiso llegar Nicki Minaj: a lugares donde a nadie le importa la música. “Starships”, de su segundo disco Pink Friday: Roman Reloaded (2012), es ese tipo de hit desalmado con break Gangnam style; “Pound the Alarm”, “Va Va Voom”, son otros que pueden sonar antes de que arranque el cachengue. Claro que si acá pasa eso es porque en Estados Unidos esas mismas canciones –y muchas otras incompatibles con un público que también baila Agapornis– son huevos de oro en las listas hot de Billboard y hacen que sus discos se vendan como si no existiera el streaming. Nicki Minaj es la primera rapera popstar, pero la parte pop es tan ficticia que tiene que sobreproducirla para que funcione; en el video de “Massive Attack”, el primero que filmó después de firmar contrato con Young Money –el sello del rapero Lil Wayne–, ya era una mezcla de Gaga con Shakira. Y no paró de maquillarse hasta quedar fluorescente y cada vez más sus videos recuperaron el imaginario de las Barbies (a sus fans mujeres les dice “Barbz” y a los chicos “Ken Barbz”; tiene su propia muñeca y las niñas la adoran). A la vez rapea como una desquiciada –cambiando la voz y el flow–, y en gran parte la música es estridente y enloquecedora.

En el contexto en que se maneja –competitivo por sobre todas las cosas–, la aparición de la joven y talentosa MC australiana (y blanca) Iggy Azalea puede llegar a ser un problema de infiltración al revés, pero todavía falta. No es fácil estar al nivel de Nicki, que además de la técnica ultra dominada tiene una biografía cargada –como la mayoría de los raperos– y se embarró los pies lo suficiente antes de triunfar. Por eso todos la respetan. Aparentemente Wayne la vio por primera vez en 2008 en The Come Up, una serie que mostraba raperos under de Nueva York. Ahí está la verdadera Nicki, en la versión que hace de “Warning”, un tema oscuro y sensual de Notorious B.I.G., el rapero baleado en 1997. “Se enteraron de lo bien que lo hace y de sus largas erecciones. Buen tamaño, Magnums para cuidarnos. Hasta se enteraron de su juego de lengua, que no para hasta que acabes.” ¿Pero ésas son cosas que dice el hip hop? Sí, ahí está hermosa y salvaje, pero con ese rap el tope era Lil Kim, que a los 40 se queja como perra vieja de que le robaron el swag.

Nicki es más como los varones raperos: ambiciosa e impune (su primera regla es no juzgarse). Por eso –y porque ya demostró que es buena– puede elegir ponerse en el lugar en el que el hip hop comercial históricamente puso a la mujer, sólo que Drake no le cachetea la cola en “Anaconda”: ella le hace twerking en la cara y después se va. Por eso todos los raperos la apoyan. Todos: Eminem colaboró en su primer disco, las leyendas NAS y Young Jeezy en el último, las jóvenes estrellas como Kanye West, los consagrados como 2 Chainz, que rapea en una de sus mejores canciones, “Beez in the Trap”. El prócer Jay Z es su principal influencia. De Lil Wayne, Drake y Chris Brown es amiga; con ellos hizo el tema de la última controversia, “Only”, el tercer single de su tercer disco, que sale en unas semanas. El director del video, Jeff Osborne, dice que para hacerlo se inspiró en Sin City y en un dibujo animado llamado Metalocalypse, y no niega las analogías nazis, pero están representando el totalitarismo en el que se vive en Estados Unidos, explica, a través del poder corporativo (Wayne), la Iglesia (Drake) y la Armada (Brown, el que le pegó a Rihanna). No está mal. “Nunca me acosté con Wayne, nunca me acosté con Drake; si lo hiciera, haría un trío y los dejaría comerme el culo como un cupcake”, arranca Nicki, que para el quinto disco piensa ya ser madre de un segundo hijo. Y tener 500 millones de dólares.

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