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Domingo, 9 de noviembre de 2003

Música > El nacional / El internacional / El importado

El túnel del tiempo
El internacional The Coral saca un disco que parece de 1968. Y está a la altura de los mejores de aquel entonces.
POR MARIANA ENRIQUEZ

¿Qué escucharon estos chicos? ¿Y cuándo? Los integrantes de The Coral, un sexteto de Merseyside –norte de Inglaterra-, todavía no cumplieron los veinticinco años, pero suenan como 1968. Lo de The Coral no es retro: es el túnel del tiempo. Pasan los temas de Magic & Medicine, su segundo disco (editado en la Argentina), y se extraña el ruido a vinilo; la limpieza del sonido digital le molesta a esta música vieja.
Desde el título, Magic & Medicine viaja cuatro décadas atrás: la magia y la medicina remiten al chamanismo, a los brujos sabios que fascinaban a los hippies en su búsqueda de regreso a la naturaleza. El ambiente de Magic & Medicine es el bosque; un disco misterioso y ocre, más acústico y menos psicodélico que su álbum debut. Así, el primer tema sólo puede llamarse “In the Forest” (“En el bosque”), y abre con un órgano temible que refiere a The Doors, sólo que la voz de James Skelly se parece (muchísimo) a la de Ian McCulloch de Echo & The Bunnymen. Skelly habla de una mujer hermosa que encuentra en un bosque mágico, durante un sueño, un espejismo celta. Hay otra mujer en “Liezah”, tan irreal y lejana como la soñada: anda con un libro de Aleister Crowley bajo el brazo, destrozando corazones; a los hombres que conoce “les deja su plata/ pero se queda con el oro” y “desea sólo una cosa/ caminar sola por las calles/ con rumbo hacia cualquier lugar, menos de vuelta a casa”. Liezah es una musa psicodélica-folkie, como la de “Just Like a Woman” de Bob Dylan o la errante “Ruby Tuesday” de los Rolling Stones; podría ser alguien como Marianne Faithfull o la Pam de Jim Morrison.
Las mujeres mágicas vuelven en “Secret Kiss”, otra canción muy Doors, que cambia de tiempo, agrega coros y algo de vaudeville: “Esta es la roca que me estás desafiando a cruzar/ en el río, hacia los muelles/ allí nos encontraremos, donde la pálida luz acecha en su majestad”.
El vagabundeo es otro tema central en Magic & Medicine: como los folkies británicos de los setenta, The Coral recupera a los gitanos insulares, los travelers (“viajeros”): “Talking Gypsy Market Blues” es un homenaje a la gitanería y también al nervioso blues de garage de Bob Dylan circa Blonde on Blonde. El viaje continúa en “Milkwood Blues”, un blues circense-siniestro que recuerda a Nick Cave & The Bad Seeds, con pianos, violines y un jam jazzero que filtra extrañas voces en la mezcla.
Pero hay más: cowboy-songs como la historia del suicida “Bill McCai” o la tristeza folkie infinita de “Eskimo Lament”, que recuerda a ¡Kansas!, hasta que entran vientos de vaudeville y la tragedia se convierte en farsa. Y hay canciones pop que definen lo que The Coral sabe hacer: melodías inolvidables. La primera perla es “Don’t Think you’re the First”, una canción de amor y desengaño, en un galope psicodélico a media marcha; la otra es “Pass it on”, una cita a Gram Parsons que si se hubiera escrito hace cuarenta años, sería un clásico.
Magic & Medicine es un disco de puras influencias: Love, Bob Dylan, la psicodelia sixties de San Francisco y, por extensión, la psicodelia ochenta del norte de Inglaterra –Teardrop Explodes, Echo & The Bunnymen-, el folk británico de los setenta. Y también es un trabajo de puro amor. Da ganas de investigar esa colección de vinilos que la banda se jacta de tener, y sería bueno poder escucharlos junto a ellos, para ver cómo disfrutan del redescubrimiento de viejas glorias. Abrazan el anacronismo con tanta seriedad y placer que, durante Magic & Medicine, ese pasado parece mejor.

 

Por las nubes
El importado Rufus Wainwright quiere convertirse en uno de los grandes compositores gays como Cole Porter, Noel Coward y Peter Allen. Y está cada vez más cerca.
Por M. E.

Si el tercer disco de Rufus Wainwright fuera una película, sería un melodrama musical en Cinemascope. Sólo eso podría contener el gigantismo y la emoción desbordada de Want One. El primer tema, “Oh What a World”, empieza con un murmullo delicado y explota en una orquestación pavorosa que incluye fragmentos de “Bolero” de Ravel y “Rapsodia en azul” de Gerswhin, y se burla de los tímidos cantautores que, a su lado, parecen todos unos constipados.
La tapa es una declaración de principios. Inspirada en las pinturas artúricas de Edward Burne-Jones, Wainwright aparece como un caballero andante –o quizás como una Juana de Arco– enmarcado en plumas de pavo real y elegantes tramas celtas que recuerdan a las ilustraciones de Aubrey Beardsley. “Aspiro a ser parte de los grandes compositores putos como Cole Porter, Noel Coward y Peter Allen”, dice Rufus y abraza esa tradición con el espíritu de los musicales de Broadway, el cabaret y la opereta. Pero sus letras son totalmente contemporáneas: Wainwright se instala en la tradición realista de narradores gays como David Leavitt y Michael Cunningham, y trabaja con el melodrama familiar, las relaciones humanas, las juergas interminables en las que se pierde el alma, la soledad frente a un teléfono que no suena, el amor esquivo, la arrogancia de los jovencitos. Con una inteligencia notable, Want One es una enciclopedia gay que abarca todo menos la cultura de la disco y la diversión, que aparece como fachada de glamour barato que esconde corazones rotos.
En “14th Street”, Wainwright es puro Broadway, ópera rock exaltada y confesión de amor desesperado en medio de un coro de niños. Imposible dejar de tararearla. “¿Por qué tuviste que romperme todo el corazón?/ ¿No podrías haber conservado un pedacito?/ Lo hubiera guardado y plantado en el jardín”. “Vibrate” recuerda al Caetano Veloso de Fina estampa: su voz hermosa, mejorada por una leve ronquera que lo aleja del cielo de los querubines, le canta a un amante díscolo: “Llamame, llamame a la noche, llamame a la mañana, llamame cuando quieras”. La mano del productor Marius deVries (Björk, Massive Attack) se nota en la cristalina y triste “Natasha”, sobre cuerdas y teclados, una canción para una amiga que lo ama sin esperanzas. El melodrama familiar alcanza la exposición brutal en “Dinner at Eight”, que podría ser el tema central de una comedia musical de los años cuarenta. Dedicada a su padre, el cantautor folk Loudon Wainwright III, dice: “Voy a derribarte con una piedra pequeña, voy a destrozarte para comprobar si significás algo para mí. Dios eligió un lugar para nosotros cerca del fin del mundo, al final de nuestra vidas. Pero hasta entonces, papá, no te sorprendas si quiero ver lágrimas en tus ojos”.
Y hay muchos más excesos barrocos: los coros celestiales de la montaña rusa emocional “Go or Go Ahead”, standards de jazz en falsete (“Harvester of Hearts”), algo de rock (“Movies of myself”), pop Beatles (“I don’t know what it is”) y hasta himnos optimistas (“11:11”). Wainwright escribió este disco después de una larga desintoxicación: “Transpiraba constantemente. Cada vez que me cepillaba los dientes, escupía sangre. No podía pasar más de una hora sin llorar. Era patético”. Después le dio una larga entrevista al New York Times, y habló del “infierno gay”, término que indignó a la comunidad. A él no le importa la corrección política: “Hay una parte de nuestra vida relacionada con la cultura de las drogas que es muy peligrosa y promiscua. Negarlo sería olvidar lo que pasó hace veinte años”. Como divo, se expone y busca la polémica; como artista inclasificable, desorienta al público. Pueden pasar años hasta que el mundo se dé cuentade que es el compositor más importante del nuevo siglo. No da un paso en falso, y merece todas las coronas que su enorme ambición desea.

 

El otro rock
El nacional 1 Medusa debuta para que no todo sea rock chabón y pop vacuo.
Por M. E.

“Fue como hacer un disco de Queen con dos pesos”, dice Marcelo Montolivo acerca de la grabación de A dos pasos del cielo, el álbum debut de su banda Medusa, que él mismo produjo. Y recuerda entre carcajadas el “diálogo artístico” con Daniel Melero, que masterizó algunas canciones y sufrió junto a la banda. “Daniel me llamaba, desesperado, y decía: ‘No lo puedo comprimir más. ¡Mirá cómo suena! ¡Es ominoso! ¡Me corre frío por la espalda!’.” Por fin, después de dos años, le pusieron punto final. Y consiguieron lo que querían: un disco que suena épico, teatral, enorme, pero también rockero y directo.
A dos pasos del cielo es una rareza en el panorama del rock nacional, porque no se parece a nada, pero refiere a todo. “Anocheciendo” es una canción muy Suede, muy glam elegante, pero enseguida pueden pasar al glam vulgar de Gary Glitter en “Calor”. O cerrar con “Piel caracol”, una épica con coros y orquesta que sube y sube citando a “Hey Jude” de los Beatles. “Esperar” cita a The Supremes, “Prefiero soñar” tiene un solo a la Steve Jones (Sex Pistols) y “Cambia si te vas” es puro Phil Spector, pared de sonido incluida. Otras influencias claras son Mick Ronson –el mítico guitarrista de David Bowie– y ¡el pop italiano de los setenta! Montolivo y el cantante de Medusa, Bruno Maccari, se confiesan fans de Raphael y Mina, pero fans serios, sin que la burla se cuele en la devoción. “Somos serios”, dice Bruno. “En la foto del disco no quisimos sonreír, no hay nada de qué reírse. Si en algo coincidimos con Marcelo es en que nos molestan mucho los grupos divertidos. Estamos inmersos en la realidad de este país, pero nuestra respuesta no es literal, no es un reflejo ingenuo, sino una propuesta que motiva y abre.”
A dos pasos del cielo carece de chistes, arengas y canchereadas diversas. Es, eso sí, un disco terriblemente ambicioso. “Nos planteamos una empresa imposible”, explica Montolivo. “Que fuera un disco épico y un experimento maximalista. El rock últimamente es minimalista, y nosotros queríamos ir hacia el lado opuesto.” También quisieron hacer un disco revolucionario, pero desde la estética. “Lo que hoy se considera rock -dice Montolivo– no es rock, en mi opinión. El rock chabón es de derecha, es funcional. No ayuda, revuelve las heridas, habla de lo que la gente ya sabe, es paternalista y demagógico; no piensa. En los setenta, con Pescado Rabioso o Almendra, había sutileza, no se buscaba que la gente fuera cada día más bruta. Y después está el pop estilo Leo García o Miranda!, pura estética que no valoriza, es de ghetto, es banal, demasiado superficial. Lo que hacemos con Medusa es teatral, pero no es tonto.”
A dos pasos del cielo tuvo ayuda de amigos que regalaron su tiempo desinteresadamente; un disco como éste sólo se hace con mucha plata o con mucho tiempo, y Medusa tuvo que priorizar lo segundo. Klauss –Ernesto Romeo y Alejandro Vázquez– pusieron las orquestaciones, la Liga Flower Power ofreció el coro devocional en “Piel caracol”, y Melero casi trabajó gratis. La banda la completan Gustavo Riposati (bajo) y Dany Palmeri (batería y programación). “Creo que todos se engancharon porque creyeron en nuestra propuesta, que es simple: queremos que el rock vuelva a ser importante”, se entusiasma Montolivo. “Buscamos un lugar de ensueño, cultura y revolución. Lograr lo imposible: muy Manic Street Preachers.” A dos pasos del cielo es un disco accesible y complejo, un placer para los especialistas en cultura rock, y también apto para oídos menos entrenados. La producción milimétrica no le resta emoción; ese trabajo arduo yenloquecido de estudio se nota en cada rincón intimista y en cada fanfarria. Una rara mezcla de crudeza y racionalidad que asume riesgos y se atreve, toda una proeza en tiempos conservadores.

 

Otro mundo posible
El nacional 2 En Completo, el trío Entre Ríos compila sus EPs anteriores, hoy inhallables, y vuelve a hipnotizar con un ciberpop de oscura ingenuidad.
 POR CECILIA SOSA

Cuando a fin de mes Indice Virgen presente Completo, el LP que compila las canciones de Entre Ríos, un extraño circuito se habrá cerrado. El disco reunirá los dos primeros EPs (Litoral, de 2000, y Temporal, de 2001), dos pequeñas miniaturas enigmáticas del pop cibernético, hoy agotadas, con las canciones inéditas de Idioma suave, el primer LP editado en España por Elefant Records. También incluirá dos remixes inéditos de “Tuve” y “Si te alejaste”. Si hay discos que construyen otros mundos posibles, Completo presenta uno suave y delicado, plagado de ríos de amores frágiles siempre al punto de deslizarse por un abismo. Los 17 temas del disco llegarán a la canción electropop local como el producto de una dialéctica iluminada de opuestos.
Es que nada en un principio parecía anunciar confluencia entre las trayectorias disímiles de Sebastián Carreras, Isol y Gabriel Lucena: un productor que compone a solas con su guitarra en su casa de San Telmo (y mentor, además, del sello Indice Virgen en 1998), una voz lírica, sensual y aniñada, nacida en una familia consagrada al canto medieval, y un chico del Oeste que desde un cuarto en una terraza aprendió a desarmar y transformar toda huella instrumental en una especie de concierto ciberpop. “Decime bien cómo se llaman las cosas que tocás y se transforman y se deforman”, dice uno de los temas que le podría estar dedicado.
La reunión –si puede llamársela así– respondió a un azar ajeno a toda afinidad electiva. Hace nueve años, Carreras debutaba como productor y compositor del sello Plop! y, poco antes de Tus Hermosos Perdedores (luego reducida a Tus Hermosos), presentaba un compacto de título sugestivo y anticipatorio: Anatomía de la melancolía (1998). Por entonces, Carreras comenzaba a frecuentar esa casa dominada por la música medieval donde Federico Zypce, hermano de Isol, tenía un estudio de grabación. Y la vocecita con diez años de entrenamiento en canto lírico fue convocada para agregar un registro soprano a las composiciones en guitarra. Mientras, justo antes de la General Paz, Lucena se sumaba al asunto sin conocer a Isol más que por una voz grabada en una cinta y en su mónada electrónica, con clics de mouse casi quirúrgicos, desarmaba todo sonido reconocible. De allí, y casi por default, surgió “Dame” (2000), primer tema de alquimia entrerriana.
De ese equilibrio indiferente a toda compulsión homogeneizadora surgieron Litoral, Temporal y un LP, Sal (2002). Se dijo que eran “las mejores canciones pop para enamorar”, que “parecían brotar de la caja de música de una nena en el momento mismo que pierde la inocencia”. En diciembre del 2000, Gustavo Cerati eligió a Entre Ríos como banda revelación del año.
Hace tiempo que la tríada, casi a modo de festejo de la comunión a distancia, mitificó su propia concepción y se complace en afirmar que lo que la reúne, más que gustos musicales, son las películas de David Lynch. O esa extraña fusión de “lo más ingenuo y lo más oscuro”. Entre Ríos logró tomar para sí algo de ese efecto de “realidad torcida” a la que inducen Mulholland Drive y su ya mítica declaración: “Silencio... No hay banda”.
Ahora, en sus episódicas apariciones, es posible presenciar ese efecto de no-banda en escena, cuando la tríada, sin tocarse, parece actuar casi por sintonía planetaria. Más que recitales, las presentaciones son conciertos diminutos donde el trío parece suspendido en el universo etéreo del visitante que llega a dictar su confesión para desvanecerse sin dejar huellas. En abril de este año, en un concierto en el Centro Cultural Rojas, el efecto fue casi literal: las figuras se recortaron lejanas, apenas por contraluz, en un escenario cubierto por sábanas blancas, una especie de escudo que los alejaba de cualquier exceso de la escena rockera y cualquier euforia electrónica: sólo el hipnotismo de seres semirreales abocados a generar un clima de ensueño. En el breve manifiesto de amor y temblor de “Rimas” (inédita en la Argentina), la poesía de Rubén Darío parece buscar la melodía perfecta, y en la danzarina “Si te alejaste” (también inédita), los días son el espacio confuso de un encuentro siempre malogrado. Completo resulta un encantador compilado de canciones que siempre dudan de si hay decisiones acertadas y suena a un cáliz de atardeceres lánguidos para melancólicos recuperables.

El disco tendrá precio promocional para quienes lo reserven en www.indicevirgen.com antes del 20 de noviembre.

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