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Domingo, 7 de junio de 2015

DEL CIELO Y EL INFIERNO

 Por Ana María Shua

Los argentinos usamos un término cargado de sentido religioso, la salvación, para referirnos al éxito económico. Si para los chicos el éxito es llegar con buena puntería, sin pisar las rayas, y sin caerse, al glorioso Cielo de la rayuela, para los adultos llegar al cielo es ganar dinero rápidamente y con poco esfuerzo: así, por fin y para siempre, seremos salvados.

Desde el punto de vista nacional, es limitado pensar que en este mundo el éxito se parece al paraíso y el infierno se parece al fracaso. Nuestro pensamiento se nutre de dos vertientes esenciales: el psicoanálisis y el tango. Desde el psicoanálisis, recordemos el artículo de nuestro padre Freud, “Los que fracasan al triunfar”, donde se demuestra que el éxito puede ser para el inconsciente uno más de los castigos infernales. Desde el tango, nos encontramos con el exacto reverso: los que triunfan al fracasar. Como le hace decir a un personaje de Los compadritos alguien que nos conoce mucho, el dramaturgo Tito Cossa: ¡Es tan lindo contarse los fracasos!

Este mundo ofrece mil variantes del infierno en la tierra para todos aquellos que no hayan logrado argentinamente salvarse. Dejemos de lado por esta vez lado los tormentos crueles y reales de la pobreza para concentrarnos en los modestos infiernos de clase media. En cambio, no hay mucho que decir sobre el paraíso: la felicidad no es narrativa, para qué tropezar con el mismo escollo que turbó la perfección de la Divina Comedia. Del paraíso de la clase media argentina, entonces, limitémonos a informar que tiene dos sedes, una en Punta del Este y otra en Miami.

Antes de entrar en el infierno, pasemos por el Limbo. Para el cristianismo, allí era donde iban aquellos inocentes que por hache o por be no podían tener acceso al Paraíso. Nuestro Limbo en este mundo no es la felicidad, pero es, al menos, la absoluta ausencia del dolor. Un buen juego de computadora anula toda pena, vuelve evanescente toda sensación de fracaso. Mientras intentamos poner en línea cinco bolones del mismo color, la realidad se desvanece a nuestro alrededor y alcanzamos el mismísimo Nirvana sin una vida entera dedicada a la consecución del acto indiferente, como lo propone la Baghavad Ghita, sin meditación trascendental, sin la obsesiva repetición de mantras. Y sin embargo, aún en el Limbo, el infierno acecha: los ojos secos, el túnel carpial, el trabajo sin hacer...

Entonces, ¿no deberíamos dejar la computadora para siempre? Dolor, dolor: ¿por qué la tecnología no provoca el ingreso al Paraíso y sin embargo su supresión se parece al infierno? (Eso decía el Pithecantropus Erectus mirándose con tristeza las ampollas que le dejaba en la mano el hacha de piedra). Vivir sin Internet un par de días nos resulta más duro que una crisis de abstinencia de hidratos de carbono.

Alusión que me conduce al círculo del infierno dedicado por el Dante a los obesos, donde el duque Ugolino roe el cráneo de sus propios hijos, donde Tántalo está condenado al suplicio eterno de la comida que se le ofrece y se le niega. Si un alto porcentaje de la humanidad sufre hambre, estamos llegando a una situación (cifras de la OMS) en la que casi la mitad sufre obesidad. Infierno burgués, si los hay, el de la tentación alimentaria y sus mil recursos para controlarla, evitarla, eludirla, o ceder a ella en impulsos bulímicos. Como lo diría Discépolo, la vida es una dieta absurda.

Es que el Paraíso no es posible en este mundo. En un famoso cuento de Andersen, “Los zapatos de la suerte”, quien los lleve puestos tiene la desgracia de que se cumplan todos sus deseos. Y cuando un personaje pide la felicidad, se le otorga la muerte, no porque la magia haya fallado, sino al contrario, porque no es posible la vida sin deseos y si existe un deseo, uno solo, la felicidad ya no es perfecta. Entre las desdichas de los personajes, las peores las sufre un pobre estudiante que desea viajar (no a Punta del Este, obvio). Y se encuentra de pronto en un traqueteante coche de caballos que lo arrastra por un camino polvoriento, las piernas dormidas por el peso de su valija, apretujado entre dos compañeros de viaje, incómodo, agotado, aburrido y hambriento. Es decir, viajando.

Quien haya viajado en avión en clase turista, sabrá que las cosas no cambiaron tanto desde la época de Andersen. Cuando a uno se le incrusta la mesita para comer en la mitad del pecho, las piernas apretujadas comienzan a hormiguear, cuando después de media hora de cola se llega a un baño sucio y tapado, la comida es intragable, el hambre aprieta a la madrugada, hace demasiado frío o demasiado calor o las dos cosas, hay baja presión y el avión se bambolea, uno comienza a preguntarse si en realidad está viajando o todo ha terminado mientras dormía y se encuentra ahora en el círculo del infierno dedicado a los Turistas. (Esos Angeles del Mal gorditos y con cámaras, que llevan la corrupción y el pecado por el mundo.) En ese momento se escucha por los altoparlantes la risotada cruel del piloto y las azafatas dejan ver sus afilados colmillos: parece nomás que este viaje infernal va a ser eterno.

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