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Domingo, 21 de junio de 2015

EL DECIR Y EL HACER

 Por Paula Pérez Alonso

Osvaldo Bayer es de esos hombres del que los jóvenes dicen con énfasis: “Es hermoso”. Le proponemos un almuerzo para festejar la publicación de la Biblioteca Bayer, la reedición de todos sus libros con nueva maqueta, nuevas tapas, con la inclusión del magistral ensayo “Simón Radowitzky” en Anarquistas expropiadores. Vamos con Nacho Iraola y Mariano Valerio, que no lo conoce personalmente y queda impresionado (durante días casi no hablaremos de otra cosa). Antes Osvaldo pasa por la editorial para aprobar las tapas que Peter Tjebbes le muestra con expectativa (no son las primeras tapas que hace para sus libros). Las mira en detalle, le gustan; pregunta quién es el alemán de la foto de Rainer y Minou, acepta una nueva bajada para En camino al paraíso. Como siempre, participa del proceso de edición con llaneza y alegría.

Bayer cumplió 88 en febrero y cuando tiene que estar parado más de lo necesario se cansa, el cuerpo no acompaña en todos los casos los impulsos de su joven temperamento. Sin embargo rechaza la idea de tomar un taxi, caminamos tres cuadras hasta el Centro Asturiano y no para de hacernos reír con anécdotas que transforman esos veinte minutos en un recorrido glorioso.

Nos sentamos cerca de la ventana y pedimos vino tinto. Osvaldo mira largo rato el menú, finalmente se decide por un risotto. Estamos felices de verlo, brindamos; él sonríe con los ojos brillantes y toma el vino con deleite. Un tipo tan expuesto que no ha perdido el candor... Le decimos con todas las letras el privilegio que es estar con él. Nacho lo trata de usted, aunque cada año se juntan a comer por Belgrano y se bajan una botella de whisky antes de la madrugada. Le pregunta cómo anda “El Tugurio”. “El Tugurio” es el nombre que le puso Osvaldo Soriano a la casa en la calle Arcos, a la que siempre iban a visitarlo los amigos. Bayer recuerda las veces que David Viñas, León Rozitchner y Soriano discutían: Soriano tenía un humor que había que conocer, era un especialista en hacerlo “entrar” a Viñas, famoso por irse con facilidad a las manos; ante la menor provocación, zas. Comento que hace poco releí Los dueños de la tierra y me impactaron sus inflexiones de una nueva manera, una sutileza tierna en el lenguaje; como siempre en los grandes escritores, es el lenguaje el que lleva el relato.

Pedimos otra botella de vino. Osvaldo revive historias fabulosas sin el menor heroísmo. Le pregunto por el Che y nos cuenta que en el primer aniversario de la Revolución fue invitado a Cuba para participar de los festejos, todo el país era una fiesta. El Che recibiría a una delegación de cinco a las diez de la noche en el Banco Nacional. Antes había pasado por la casa de su querido amigo Rodolfo Walsh, que vivía en La Habana con Pirí Lugones, y partió puntual a la cita. El Che los había convocado para contarles su plan para hacer la Revolución en la Argentina. Les hizo una descripción pormenorizada de cómo la guerrilla debía hacerse en las sierras de Córdoba, en un lugar elegido por un grupo de gente joven, y cómo se organizarían para ir sumando revolucionarios hasta que fueran tantos los convencidos que bajarían hasta Buenos Aires. La clase trabajadora habría oído ya de ellos y los esperarían para ordenar el paro general: la guerrilla se uniría con los dirigentes obreros y la revolución sería imparable. Cuenta Bayer que el Che decía todo esto en un idioma épico, y a él le parecía estar hablando con un poeta más que con un político: “Y no lo digo como crítica sino con admiración. Lo decía todo con hermosas figuras idiomáticas, y con un convencimiento total”. Cuando terminó de hablar, dejó lugar para alguna pregunta. Estaban con la boca abierta. A Bayer le dio vergüenza no decir nada, y le preguntó si no tenía miedo a la represión. El Che lo siguió con mucha atención, tardó como un minuto y lo miró con una inmensa tristeza, “como para elegir las palabras adecuadas y no herirme tal vez, no sé; y me contestó con tres palabras: ‘Son todos mercenarios’. Ese día comprendí, realmente, que yo no era un revolucionario. Que para ser un revolucionario había que ser como el Che, no empezar a medir las cosas que se oponen, sino estar convencidos de lo que se quiere hacer”.

Bayer no construye ninguna épica personal. Ese encuentro le dio la dimensión de su coraje. Sus recuerdos son regalos que nos hace, son parte de su lucha contra las falsificaciones de la historia. Eligió siempre ponerse del lado de los perseguidos, y al darles voz a los más débiles, hizo visible lo invisible. En su combate contra el discurso del dominio, triunfó. La Patagonia rebelde desmantela y arrasa la versión oficial que se sostuvo durante décadas sobre el fusilamiento de mil obreros rurales a manos del Ejército, en tiempos de Yrigoyen. Después de esta investigación, ya nadie podrá leer historia con ingenuidad: Bayer ve desfilar a los enemigos derrotados. O, también, la dedicada a Severino Di Giovanni: ¿un hombre considerado un asesino y un delincuente no era en realidad un luchador social?

Los libros de Bayer se alejan de la forma opresiva del estereotipo, él no necesita ser enfático para dar relieve a la palabra, la transparencia de la interlocución social se esclarece imprevisible y elocuente (es un rebelde, vive utópicamente, su lucha no cesará). Y no deja de prodigarse con generosidad: los jóvenes directores lo buscan para que les escriba un guión de cine, él lo hace y les regala los derechos. O compone las letras de Tangos libertarios, una ópera del Quinteto Negro La Boca sobre la masacre en la Patagonia.

Albert Camus, que creía que en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio, escribió que la felicidad está en la concordancia entre lo que un ser es y la existencia que lleva. Esta armonía entre el decir y el hacer a lo largo de toda una vida es un arte que Bayer parece practicar sin ningún esfuerzo, de revés de zurda. Cuando uno le pregunta cómo es que en un país en el que tan pocos resisten un archivo... él contesta: “Fueron mis padres”, sin atribuirse ningún mérito, como si sólo se hubiera tratado de continuar una herencia, un reconocimiento a un linaje.

Osvaldo dice que va a vivir hasta los 97 porque hace muchos años se lo prometió a su tía Griselda. Y yo le digo que él es y será eternamente joven porque como un verdadero artista, o como Sísifo –el Sísifo dichoso que burla a los dioses–, siempre está empezando.

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