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Domingo, 2 de agosto de 2015

ESPACIOS

LA LEJANÍA ELEGIDA

A treinta kilómetros de la capital de Santa Fe existe Curadora, una residencia para artistas atendida por sus dueños, también artistas. La idea es estar lejos de los centros habituales del arte argentino para que los invitados puedan producir en un ambiente con espíritu federal. Con apoyo de la Universidad del Litoral, ya editaron un primer libro que reúne las experiencias hasta el año 2013. Y en unos meses sale la segunda edición, con las temporadas 2014-2015 y siempre con textos introductorios, fotos y palabras de los artistas residentes.

 Por Leopoldo Estol

“Hay una hora, en la tarde, en la que es necesario ir hasta el árbol quemado por un rayo, juntar sus pedacitos de madera quemada, traerlos al taller, al lugar donde se escribe el diario de los días que pasan.” La tarea bien podría ser pagana, bastaría que a algún hechicero se le antoje madera quemada para que todo cobre un sentido preciso y hasta redundante. ¿Un hechicero haciendo de las suyas? No, es Patricia Spessot, una artista residente.

En el GPS las calles se desdibujan y los aromas súbitamente se multiplican acompañados por algún exponente desconocido. El puente colgante de Santa Fe queda maravillosamente atrás y Curadora se abre paso como un espacio donde no hay apuros, todo se transforma en tiempo para crear. Los anfitriones son Cintia Clara Romero y Maximiliano Peralta Rodríguez, quienes habitan una casa azul en Rincón donde reciben artistas de todas las latitudes del país. Una auténtica residencia apartada con elegancia de las burocracias urbanas, un poblado semirrural con eucaliptos, lagunas y bichos a 30 minutos de la capital santafesina.

Espiando el taller de su tío que pintaba en los ratos libres, Cintia se asomó al arte como un personaje de Miyazaki: aferrándose a algo misterioso que más tarde se volvería entrañable. Hizo cerámica, investigó la filosofía oriental, el zodíaco, así como hizo los deberes y terminó su licenciatura en la Universidad Nacional del Litoral. Cintia conoció a Maxi en Buenos Aires, en el 2006 en ArteBA. Luego se vieron en Córdoba, como él es oriundo del Misiones podemos imaginar de qué color era el polvo en sus zapatillas. El romance supo esperar. Volviendo a los estilos: la obra de Maxi abrevia la distancia que separa la pintura geométrica de la construcción de madrigueras temporarias, con ramas que se van uniendo con alambre y cintas de colores. Cintia narra pequeños relatos, filma instantáneas en video con la liviandad del haiku donde subir a una escalera se vuelve un acto raro, un hipnótico transcurso.

“Cuando nos mudamos a Rincón –cuenta Cintia– un temor nos rondaba al pensar si el alejamiento de los centros del arte acotaría nuestro horizonte de interacción. Nos instalamos en una casa a la que empezamos a hacerle modificaciones y el albañil nos incentivaba a hacer una ampliación más grande de lo que nosotros teníamos pensado. Nos dejamos llevar y cuando se terminó la plata quedamos un tiempo viviendo en una casa a medio construir”.

A posteriori, la discreta ambición del albañil de tener más jornadas de trabajo se resignificó cuando la pareja de artistas entendió que ese espacio suplementario podría ser utilizado como cuartos para albergar visitantes. Así nació Curadora que ni lenta ni perezosa ya pasó las diez temporadas.

Acciones diversas como leer, explorar o vagabundear se reparten las horas junto a pintar o editar un material serialmente postergado. Como en las mil y una noches, una historia se esconde dentro de otra historia, una araña abandona la carcasa de un caracol y emprende la huida. En la residencia, la búsqueda artística se entrevera con las comidas que prepara Cintia o las que acerca su madre.

En la cercanía del bosque algunos hacen todo por perderse, como la artista cordobesa Soledad Sánchez Goldar, quien recibe unas instrucciones por mail que le envía un amigo norteamericano y transforma en acciones con un séquito de árboles como únicos testigos. Noble performer dice: “La experiencia y el proceso están por sobre el producto terminado”. En la residencia todo atisbo es proceso, toda prueba es envión. Hay que mirar la mesa para ver los vestigios del bosque que se acumulan, allí donde Regina Calcaterra quien recalo en la residencia en julio, los dispone para luego coserlos en alguna composición de tejidos híbridos, donde lo natural se una a lo humano con suavidad.

Cada noche se improvisan presentaciones a través de un proyector. Accedemos apenas a un trailer de lo que los otros sienten, a saber un poco más de cómo miran y qué los mueve. Carolina Arias, oriunda de San Martín de los Andes, mostró un enorme banquete que reproducía entre arroces y verduras trozadas la forma de su propio cuerpo: una mujer acostada. Si bien la oferta alimentaria no desentona con la habitual cordialidad del vernissage, pasó un buen rato hasta que el público se animara a romper el hielo y comer ese sugerente y tentador tributo patagónico con divertidos ecos antropofágicos y langostinos.

Un rosarino que se levanta al alba, Manuel Quaranta, autor de un libro cuyo título hace alusión a su propia muerte, cuenta que “el libro me involucra naciendo como otro” y agrega que su madre no quiere leerlo porque le produce irremediable angustia. En la valija de Quaranta hay una doble ración de biblioteca viajera. Allí viajan también, Leto y el matemático, y como la Santa Fe de Saer no está lejos, como la ficción es puro contagio, Quaranta seguirá las huellas de sus escritores favoritos hasta toparse con un guatemalteco con humor porteño que trabaja en la mesa de al lado. Bernabé Arévalo lo devuelve a la realidad con un poco de sarcasmo: “Manu, ¿es hora de abrazarnos otra vez?”. Bernabé se interesa por las condiciones de la imagen actual, las cuales define como muy maleables y se lamenta por haber vendido las pinturas que le inspiró la partida de su abuelo.

La mezcla de orígenes genera un cóctel de acentos y maneras de ser. La lejanía elegida, esa casa en las afueras de la capital de una provincia, peculiar hábitat que une lo frondoso con la avanzada constructora del ProCreAr. Están los que se comunican juntando ramitas, los que experimentan con la acústica del bosque o simplemente los que esperan a ver qué pasa luego de unos días apartados del fulgor de la ciudad. El fuerte de Curadora es ir contra la corriente, planteando que se puede desde el interior del país gestionar, dar visibilidad y ser afluente de intercambios. La curación ocurre, es la noche prodigiosa con su oscuridad amiga, en el despojo de todo lo que es accesorio, el arte aparece como ese alimento que inventamos para mantenernos vivos.

www.curadoraresidencia.com.ar

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