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Domingo, 27 de diciembre de 2015

PERSONAJES > TODOS AMAN A BEN WHISHAW, EL MáS POPULAR DE LOS ACTORES SECRETOS

EL JOVEN MARAVILLA

 Por Mariana Enriquez

Hipnótico. Tierno. Delicado. Elegante. Febril. Poético. Natural. Inspirado. Tiene un don. Es un genio. Mejora y transfigura todo lo que toca. Cualquier reseña o referencia a Ben Whishaw es tan elogiosa y llena de fervor que sorprende: críticos y colegas no dudan: Tom Hiddleston lo llamó “el mejor actor de mi generación”, declaración que enfurruñó a muchos; Kit “Jon Snow” Harington dijo que ver a Ben Whishaw en teatro lo decidió a ser actor y que todavía no se le puede acercar en eventos públicos sin ponerse colorado y quedarse mudo. Citar a la prensa sería redundante: todo lo escrito sobre Whishaw es hipérbole.

Ben Whishaw tiene 35 años y a pesar del apabullante consenso todavía no tuvo reconocimiento importante: ningún protagónico en una película tanque, ningún premio grande salvo el Bafta por su Ricardo II en la serie de la BBC The Hollow Crown (2012), una interpretación éterea, mística, absolutamente impredecible. A diferencia de la mayoría de los ingleses famosos de su edad –Hiddleston, Benedict Cumberbatch, Eddie Redmayne, Tom Hardy, todos graduados de escuela pública y la mayoría de Cambridge– no tuvo una educación de príncipes, nació y creció en Clifton, un pueblo chico de clase media, hijo de una cosmetóloga y un técnico de computadoras y pagó la Royal Academy of Dramatic Art haciendo publicidad. Recién egresado, en 2004, lo contrataron para ser Hamlet en una producción del Old Vic: era el príncipe de Dinamarca más joven del teatro inglés, al menos registrado. Las reseñas dijeron que su actuación era el material con el que se construían las leyendas.

Ese Hamlet todavía tenía marcas de acné en la cara: a los 23 años años Ben Whishaw parecía mucho más joven de lo que era y sigue pareciendo un jovencito, por delgado, por cierta seriedad melancólica de adolescente, por la fragilidad de un cuerpo incapaz de conseguir tonicidad muscular.

Muchos creen, incluso él, que su físico lo limita. Todos sus intentos de ganar tamaño fracasaron, dice, y suele comer montañas de salchichas frente a los periodistas para que no se preocupen por su salud ni porque (todavía) nadie le haya ofrecido una de superhéroes. A él no parece importarle. La cuota de popularidad la llenó con su interpretación de Q en Operación Skyfall y la recién estrenada Spectre de la saga James Bond, con Cloud Atlas de los hermanos Wachowski, con su voz en Paddington (2014), una película para chicos donde es el oso animado del título, un personaje de la cultura popular inglesa tan intraducible para el resto del mundo como el Clemente argentino. Y con su trabajo en televisión (siempre BBC): en 2008 ganó un Emmy por Criminal Justice , en The Hour (2011) fue un periodista ambicioso en los años ’50. Y acaba de terminar la serie de amor gay y espionaje London Spy: The Guardian dijo “Whishaw es tierno y atrapante y sigue siendo el actor más poderoso que alguna vez se haya creado con brisa y magia”. En la serie es Danny, un chico que trabaja en un depósito y que alguna vez fue promiscuo, que le gusta el sexo (“no se muchas cosas ni leí muchos libros pero me cojí un montón de gente”, dice en una escena crucial), que conoce la calle y sabe leer las intenciones de la gente, que quiere enamorarse y es el mejor amigo de un sesentón depresivo. Hay algunas escenas que son pura historia de la televisión, como cuando espera los resultados de un test de VIH, una secuencia silenciosa y angustiante que dura demasiados minutos.

Su carrera parece tener tres planos: por un lado, la elección de personajes adecuados a su virtuosismo: John Keats en Bright Star (2009) de Jane Campion (hay que escucharlo recitar “La belle dame sans merci” como si fuese un poema nuevo, arrancando a Keats de la muerte); Arthur Rimbaud-Bob Dylan en I’m Not There (2007) de Todd Haynes; Jean-Baptiste Grenouille, el asesino de El Perfume (2006) de Tom Twyker, una actuación de cine mudo, asombrosamente física; o Herman Mellville para En el corazón del mar de Ron Howard, que ahora mismo está en cartel. Por otro lado, su carrera en el teatro, que va desde aquel Hamlet iniciático hasta el reciente Dioniso en Bacantes de Eurípides –un crítico dijo: “es el más perfecto retrato de la androginia y sobrevuela cualquier horizonte sexual”– o John Proctor en la nueva producción de Las brujas de Salem que se estrena en Broadway el año que viene.

Desde 2012, Ben Whishaw está comprometido en unión civil con el compositor australiano Mark Bradshaw: el tercer plano de su carrera es casi autobiográfico, una exploración de las muchas facetas de la experiencia gay. Así, en My Brother Tom (2001) es un adolescente abusado por su padre pero en Lilting (2014) es un joven gay urbano y sofisticado cuyo novio chino-camboyano acaba de morir: la intimidad de las escenas de pareja son desarmantes, miniaturas de tibieza y dolor. En London Spy es un chico callejero e ingenuo, de clase obrera; en La tempestad (2010), la versión de la pieza de Shakespeare para cine de Julie Taymor es Ariel, un espíritu andrógino que se pasea desnudo, a veces alado y bañado en plata, con senos femeninos y ojos amarillos. En la última versión de Brideshead Revisited (2008) fue el Sebastian más explícitamente gay; en Cloud Atlas (2012) hizo un personaje más anticuado y romántico, el suicida del amor imposible –y también actuó cuatro personajes más, incluso a una mujer–. Prueba todo: los estereotipos, los arquetipos clásicos, la androginia, el yiro urbano, la aristocracia, la noche en boliches y lo hace incluso en videos como el de la banda electrónica londinense Years & Years, donde baila como poseído la canción “Real” después de un encuentro en un baño con un chico; o en cortometrajes como 77 Beds (2004) donde se acuesta con un cura que se aprovecha de su desamparo (Whishaw es homeless). Va por este camino casi sin llamar la atención y no reclama el lugar del actor gay del momento (aunque lo es): habla poco y, cuando lo hace es solamente sobre su carrera, aunque nunca ocultó su sexualidad y anunció su matrimonio con “orgullo y felicidad”. En los próximos meses habrá una verdadera avalancha Whishaw: se lo espera en La langosta de Yorgos Lanthimos, una comedia negra con Colin Farrell donde demuestra que, más allá de su aura de poeta lánguido y maldito, sabe hacer reír; también está en La chica danesa, de Tom Hooper como Henrik, el primer varón que besa a la transexual Lili Elbe (Eddie Redmayne tras su segundo Oscar); y es uno de los pocos varones en Suffragette de Sarah Gravon, la historia de las mujeres que lucharon por el voto femenino en Inglaterra. Ninguno es un protagónico, son apenas retazos de su genio, su expresividad y su extraña e inasible belleza: pero como definió el crítico Dan Callahan, Ben Whishaw es uno de los pocos actores que hay que ver en todo, no importa lo que haga o lo breve que sea: asistir a su vulnerabilidad y su potencia frente a cámara es un privilegio. Está hecho de magia y ausencia, es una mezcla relampagueante de abandono y control, salpicada de brillantina y atardecer.

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