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Domingo, 25 de enero de 2004

CINE

Historia clínica

Casi veinte años después, los personajes que el canadiense Denys Arcand creó en La decadencia del imperio americano reaparecen en la inminente Las invasiones bárbaras, elogiada en Cannes el año pasado y candidata a un Globo de Oro. Más viejos, con el cinismo endulzado por el tiempo y la sofisticación intacta, el mismo grupo de intelectuales de entonces vuelve a reunirse para actualizar el diagnóstico político, afectivo y sexual del mundo que habían emprendido en 1986.

¿Qué lo decidió a reunir el mismo reparto de La decadencia del imperio americano?
–Un problema que tuve mientras escribía. Quería escribir la historia de un tipo que se va a morir, y aunque sabía que no iba a ser una comedia, quería al menos hacerlo con una sonrisa: no hay nada más deprimente que la historia de una enfermedad. Así que seguí dándole vueltas y escribí varios borradores a lo largo de los años con personajes que iba inventando. Pero siempre se me ocurrían unos guiones desoladores que después no quería filmar. Hasta que dos años atrás, de golpe, pensé: ¿qué tal si la historia retoma los personajes de La decadencia... y el que se está muriendo es Rémy? Obviamente, sus ex amantes y su esposa regresarían, y él tendría que lidiar con su hijo. Y así escribirla me resultó realmente fácil. Nunca pensé realmente en hacer una secuela; sólo resolver un problema: cómo hablar de un tema muy serio con cierta levedad.
¿Puede comentar el uso del término “bárbaro”?
–Uno siempre es el bárbaro de alguien: los bárbaros son “los demás”. El término fue inventado por los griegos: ellos eran los civilizados, por supuesto, y los otros eran los bárbaros. Depende, por lo tanto, de en qué lado de la frontera se sienta uno. Y lo mismo ocurre en la vida privada. Rémy piensa que el bárbaro es su hijo. Si dice “Éste es el príncipe de los bárbaros” es porque él es un intelectual, alguien que se crió entre libros, ideas, ideologías, y ha terminado teniendo este hijo que no sabe qué es una ideología, que no ha leído ni leerá un libro en su vida, que vive pegado a su computadora y su celular y que sólo quiere jugar a los videojuegos.
El personaje de Nathalie es muy diferente de los drogadictos que uno suele ver en el cine. ¿De dónde lo sacó?
–Es la hija de uno de mis mejores amigos. Es adicta a la heroína. La conozco desde que nació, la he visto crecer y luego le perdí un poco el rastro. Llamé a su padre y le pregunté si ella estaría dispuesta a hablar conmigo. La vi varias veces mientras escribía el guión. Se viste bien, tiene un trabajo y dos hijos. Es brillante: tiene un diploma en filosofía. Y tiene esta adicción. Nada que ver con lo que uno ve en las películas: jeans rotos, pedazos de metal en la cara, desesperados por un poco de merca. La heroína ya no es tan cara. Y si tenés un trabajo decente podés mantener el hábito. Modelé a Nathalie sobre ella porque pensé que sería interesante ver a alguien que está atrapado por las drogas pero no es sólo eso: una adicta. Ahí hay una persona.
¿El retrato que hace su película del sistema de salud canadiense es acertado?
–Sí, es bastante exacto. En este momento estamos en medio de un desastre, porque nacionalizamos todos los hospitales: la ley dice que todo debe ser manejado por el gobierno. Al principio funcionaba muy bien, pero luego aparecieron los burócratas y cometieron errores deplorables, como olvidar que las máquinas de rayos para los pacientes de cáncer se estaban volviendo obsoletas. Terminamos teniendo que mandar a los pacientes oncológicos en ómnibus a ciudades limítrofes de Estados Unidos para que hicieran sus radioterapias. Y el gobierno lo pagaba todo. Así que esa escena en la que Rémy va a Vermont a darse rayos es absolutamente real.
Mucha gente se sorprendió con las imágenes del 11 de septiembre.
–Hubo un par de personas en Nueva York que no estuvieron de acuerdo. “No tiene nada que ver con tu película”, me dijeron. Mi argumento fue, y es, que cuando ocurrieron los atentados yo estaba escribiendo el guión, y se me ocurrió que tenían que entrar porque los personajes del film son historiadores. Cualquier historiador querría interpretar el 11 de septiembre, ponerlo en contexto, encontrarle un sentido. Así que tenía que estar. Y además tenía esa toma increíble que se ve en la película. Nadie la había visto fuera de Montreal, porque está sacada de una filmación deun arquitecto que ese día estaba en una reunión en el centro de Nueva York y tenía consigo una camarita digital (quería mostrar el emplazamiento de una obra). Cuando el primer avión se estrelló, la reunión terminó, obviamente, todos salieron, y él tomó su cámara y mientras registraba la primera torre ardiendo fue sobrevolado por el segundo avión. Es una toma terrorífica. Como no es alguien de los medios, el arquitecto no pensó hacer nada con ese material; simplemente volvió a Montreal y se lo mostró a un amigo, que le dijo que lo llevara a la televisión. Y lo emitieron en un programa de la TV local.
¿De dónde sale la escena de la clase de Rémy?
–De mi propia vida. Tuve dos profesores de historia que me influyeron enormemente. Grandes tipos. Pero uno se gradúa y nunca vuelve a ver a sus profesores. Así que me recibí, me convertí en cineasta y pensaba en ellos a menudo. Me habían dado mucho. Cuando decidí hacer La decadencia del imperio americano, uno de mis profesores llama a la oficina de producción y dice: “¿Qué pasa? ¿Está haciendo un film sobre la decadencia del imperio americano? ¿Sabe de qué está hablando? Debería hablar conmigo antes de hacer nada. Dígale a Arcand que lo invito a almorzar”. Pensé que era una idea maravillosa, pero luego descarté el almuerzo, tuve algunos problemas y nunca contesté el llamado. Empecé a filmar. Tres días más tarde voy a rodar y me entero por la radio de que acaba de morir. Y después murió el segundo profesor, sin que yo volviera a hablarle jamás. Su viuda me llamó una semana más tarde. “¿Sabe lo importante que era usted para mi marido? Cada vez que estrenaba un film o aparecía en televisión, él me decía lo buen estudiante que era usted y lo bueno que había sido enseñarle”, me dijo. Me sentí tan miserable, tan mal, que recordé esta situación cuando pensé en Rémy en el hospital. ¿Iría a verlo alguien de su clase? No. Y ni siquiera es porque no les importe: tienen 20 años, tienen que ir a bailar y hacer deportes, tienen sus novias... Entonces pensé: ¿qué es lo que lo haría más feliz? ¿Que lo visitaran sus alumnos? En la vida real jamás irían, así que ¿cómo meterlos ahí? Ya está: el hijo hará que vayan a ver a su padre.
¿Ha cambiado la película el concepto que usted tenía de su propia mortalidad?
–Me siento más en paz con la idea de mi propia muerte ahora que cuando empecé la película. Creo en el suicidio asistido, o como quieran llamarlo. Si en mi país, donde no es legal, hubiera una campaña política de apoyo, yo daría mi adhesión. Porque he visto a mis padres morir de cáncer, muertes largas, que duraron como un año cada una, y creo que el último mes no fue... necesario. Ellos eran religiosos y jamás lo hubieran hecho, pero a mí, en su situación, me encantaría que alguien me diera un tiro final para morir bien. Mi convicción al respecto tiene que ver con un amigo mío, un médico y cineasta que se diagnosticó Alzheimer a los 50. Sabía exactamente lo que le esperaba y trató de convivir con eso durante cinco años. Después se tiró desde un puente. Una sociedad civilizada debería haberle ofrecido medios para evitar eso.

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