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Domingo, 29 de febrero de 2004

CINE

Los hermanos sean unidos

Después de haberse metido con el retraso mental, las discapacidades físicas y la obesidad, los desaforados hermanos Farrelly (Loco por Mary) vuelven a tensar la cuerda de la corrección política con Inseparablemente juntos, una comedia sobre hermanos siameses que ya está levantando polvaredas morales.

 Por Mariano Kairuz

Está visto que para la narrativa cinematográfica los lazos fraternos pueden llegar a ser cosa seria. Un tema cronenbergiano, incluso: en Pacto de amor (1988), el director canadiense concibió una de las historias sobre hermanos más oscuras y asfixiantes de todos los tiempos, con Jeremy Irons como los gemelos Mantle, los ginecólogos más perversos que hayan reptado esta tierra, suerte de siameses de alma, aunados por una conexión profunda entre mentes que habitan cuerpos idénticos. Y si el de los hermanos es tema grave (con excepciones, claro: los Corso, siameses aventureros criados por padres distintos; o Gemelos, que puso a Schwarzenegger y a Danny DeVito hombro con hombro), “siameses” ya es palabra mayor. Basta ver la siniestra y genial Hermanas diabólicas (1973) de Brian De Palma, donde una de las siamesas del título, Margot Kidder, vive acosada por la sombra de su hermana muerta en la mesa del cirujano. O, retomando la línea Cronenberg –que siempre es una línea sinuosa–, la más reciente Twin Falls Idaho de Michael Polish, que a pesar de su atmósfera sombría y recargada de tristeza se permite algunos detalles retorcidamente divertidos: Blake y Francis Falls, por ejemplo, tocan la guitarra coordinando cada uno el brazo que le corresponde mientras entonan a dúo una canción.
Y así entran en escena los hasta ahora inseparables hermanos directores Peter y Bobby Farrelly, que con Inseparablemente juntos (Stuck on you, “pegado a vos”, en el original) emprenden el mismo tipo de operación que caracteriza a su filmografía previa: como ya lo habían hecho con el retraso mental, las discapacidades físicas y la obesidad desmesurada, ahora se apropiaron de uno de esos asuntos sensibles aptos para el Oscar-clip y el derroche lacrimógeno de pantalla chica y lo convirtieron en una comedia. Y una vez más se las ingeniaron para convencer a quien esté dispuesto a seguirlos de que sus intenciones son absolutamente honestas: un poco menos salvajes que en sus opus previos a Amor ciego (donde cuadruplicaron la masa corporal de Gwyneth Paltrow), los Farrelly parecen despacharse con cuanto chiste sobre siameses se les cruzó por la cabeza –las posibilidades son muchas: es posible imaginarlos desbordados de excitación–, sin reprimir ninguno, probablemente, pero también sin esforzarse por ungirse como paladines de la incorrección política.
Los Farrelly se ponen apenas sentimentales, pero no pierden el sentido del humor ni tratan de reivindicarse ante nadie. Como apuntó Wes Anderson sobre sus propias películas (en particular Los excéntricos Tenenbaum), los sentimientos sinceros pueden convivir con la parodia; lo que debe excluirse es el cinismo. Inseparablemente juntos se ríe un poco de, pero también se ríe con sus protagonistas, lo suficiente para que nadie pueda decir que se burla de ellos. No hay tragedia porque el dúo protagónico no lo vive como tragedia (tampoco es que estén adheridos por la cabeza: comparten porciones desiguales de un hígado). En el pequeño pueblo en el que viven y son populares, freak es aquel que no sabe convivir con los diferentes. Como en sus películas anteriores, en Inseparablemente juntos los Farrelly demuestran afecto genuino por sus personajes.

MUCHO MAS QUE DOS
Aunque el chiste obvio que recorre la prensa norteamericana es que el hermano siamés de Matt Damon debió haber sido Ben Affleck (una idea que, a decir verdad, suena bastante poco graciosa), en algún momento los hermanos Bo y Walt Tenor estuvieron a punto de ser interpretados por Jim Carrey y Woody Allen. Carrey, que ya había filmado a las órdenes de los Farrelly Tonto y Retonto e Irene y yo y mi otro yo, estaba absolutamente dispuesto, y Allen se había mostrado interesado, aunque con una insalvable condición: nada de escenas en el inodoro. Iba a haberlas, obviamente; no tanto para ejercitar gratuitamente eso que los yanquis llaman toilet humour como por explotar todas y cada una de las posibilidades imaginables: ¿qué pasa con la intimidad de los siameses?¿Con el sexo? ¿Qué vendría a ser, en este caso, el “autoerotismo”? ¿Qué pasa con la higiene, el deporte, el trabajo, las vocaciones individuales? Y chistes, todos los que quepan, desde los más bobos hasta los más ingeniosos. ¿Cuál es el colmo de un actor siamés? Querer montar un unipersonal. Walt (Greg Kinnear), el más lanzado de los hermanos, lo hace, siempre con la estoica colaboración de Bo (Damon), que se limita a seguirlo por el escenario mientras aquél pronuncia su monólogo caracterizado como Truman Capote. Tras el reconocimiento y los aplausos de amigos y vecinos, los hermanos abandonan el pueblito de Martha’s Vineyard y salen a abrirse camino en medio de la farándula millonaria e insensible de Hollywood. Es entonces cuando aparece Cher, que se interpreta a sí misma como una verdadera perra. (Originalmente entró engañada: en el primer guión que le dieron a leer los Farrelly, su personaje se llamaba simplemente “la actriz”.) Y Meryl Streep, que también prestó su colaboración para algo más que un cameo. Y Seymour Casel, actor veterano de fama cassavetiana que interpreta a un “agente de talentos” algo quedado en el tiempo, cuyo peinado compite cabello a cabello con el increíble peluquín de Bill Murray en Kingpin, una de las menos vistas de los Farrelly. Allen y Carrey se la perdieron.

CORTAR POR LO SANO
El site oficial del prestigioso Instituto Británico de Cine (BFI) ha publicado en su sección educativa, bajo el rótulo “estereotipos”, las maneras en que las enfermedades e incapacidades físicas han sido retratadas en el cine. Los ejemplos son numerosos e incluyen títulos como El hombre elefante, Máscara, El protegido, Dr. Insólito y un larguísimo y absurdo etcétera que consigna una mención honoraria a los Farrelly por el falso paralítico cerebral de Loco por Mary. Ante el estreno británico de Inseparablemente juntos, un tal Avis Johns, vocero de la John Grooms (una organización de ayuda a los discapacitados), vio apenas la cola de la película y dijo que “se trata de un retrato grosero de los conjoined twins (la fórmula políticamente correcta, en inglés, para designar a los hermanos siameses)” y agregó que “Hollywood no tiene un buen antecedente como promotor de los discapacitados dentro de la industria: tenemos miedo de que este estreno no haga nada por normalizar el tema y estigmatice a los discapacitados como figuras de las que uno puede reírse”. Para entonces, los Farrelly ya se habían pronunciado al respecto con perfecta claridad. “Nuestros siameses nunca son víctimas; son ganadores”, dijeron, mientras se preparaban para abocarse a su próxima película, Los Tres Chiflados, para la que barajan nombres como Benicio del Toro o Russell Crowe en el papel de Moe, y a la producción de The Ringer, en la que Johnny “Jackass” Knoxville lleva adelante un fraude contra las Olimpíadas Especiales.
¿Cuán lejos es demasiado lejos?, les sigue preguntando la prensa de su país, recurriendo al discurso un tanto gastado e inocurrente del mal gusto. John Waters escribió en su libro Shock Value que el mal gusto lo es todo cuando de entretenimiento se trata. Y agregaba que, por supuesto, hay un buen mal gusto y un mal mal gusto, “porque es muy fácil limitarse a disgustar a alguien”, pero “el buen mal gusto puede atraer un sentido del humor especialmente retorcido, que es universal”. A ese humor negro absolutamente cruel y perfectamente humano es al que parecen apuntar los Farrelly, que cada vez que inician un proyecto deben superar el estupor y la incomprensión de los ejecutivos de los estudios (“¿Cómo que ‘una película sobre las Olimpíadas Especiales’?”). Con todo, los hermanos, que en Inseparablemente juntos le dieron un papel de importancia a Ray “Rocket” Valiere, un amigo con retraso mental, admiten que los decision makers de Hollywood “empiezan a entender y a ablandarse”. “El estudio acepta que hay algunas cosas que podés hacer”, dice Bobby. “No tienen miedo de meter a un retardado mental en una película: tienen miedo de meterlo en una comedia.”

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