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Domingo, 24 de marzo de 2002

FAMILIAS

Mi vida como hijo

Casinos en Montecarlo, hoteles cinco estrellas, policías de Scotland Yard, estrellas de cine, fiestas báquicas, estafas siderales, prisiones orientales, esposas en fuga, hijos a la deriva, detectives frustrados: tras años de resistirse a escribir sobre su padre, John Le Carré finalmente decidió reconstruir la historia del hombre al que sueña matar incluso después de muerto.

Por John Le Carré
Pasé a ver la casa más de una vez: una casa para esconderse más que para nacer. Pero ahí es donde nací. En el altillo, entre cajas marrones de cartón que mi padre arrastraba consigo cada vez que se daba a la fuga. Cuando emprendí mi primera investigación clandestina de esas cajas, a comienzos de la Segunda Guerra, contenían objetos estrictamente personales: su regalía masónica, la toga y peluca blanca con la que esperaba sorprender al mundo apenas volviera a estudiar Derecho y planes secretos para venderle aviones al Aga Khan. Una vez que la guerra estalló, el contenido de las cajas marrones se amplió considerablemente: chocolate del mercado negro, inhaladores de benzedrina para estimulantes y –después del Día D– medias de nylon y bolígrafos.
Mi padre siempre invirtió en productos extraños. Años después, cuando yo era un diplomático inglés en las orillas del Rhin (me habían destinado a Bonn), apareció sin anunciarse en la puerta de casa, al volante de una carcasa metálica con ruedas incrustadas a los costados. Me explicó que se trataba de un vehículo anfibio. Acababa de comprar la patente y estaba a punto de hacer una fortuna. Después de almorzar, partió hacia Inglaterra. No podría afirmar cuán lejos llegó, pero nunca más hablamos del auto anfibio. Todavía sospecho que, en algún punto del viaje, sus acreedores lo interceptaron y le confiscaron la máquina. Dos décadas más tarde volvió a aparecer por Alemania, esta vez anunciándose como mi “asesor profesional”, cargo por el cual aceptó un tour VIP por los estudios cinematográficos de Berlín Occidental, gozó de hospitalidad (y, seguramente, de los favores de sus incipientes estrellas), se interiorizó en los secretos de la evasión impositiva y el sistema de subsidios, todo en pos de su búsqueda de locaciones para la versión cinematográfica de El espía que vino del frío, la novela de su hijo. De más está decir que ni su hijo ni la Paramount Pictures, dueña de los derechos, sabían nada al respecto.
Ése era mi padre: Ronnie Cornwell, el hombre parado en la puerta del altillo mientras mi madre me da a luz en la cama. Vestido de golf, con un ojo puesto en la calle, le exige: “Por Dios, Wiggly, ¿por qué no puedes terminar con eso de una buena vez? Los Humphries se mueren de aburrimiento esperándome ahí abajo y tú sigues que sí, que no”.
El respeto, y no el dinero, era lo que le preocupaba. Cada día debía recibir reconocimiento por su magia. Organizaba fiestas regadas con champagne, era presidente honorario del equipo de fútbol del barrio y presidía siempre las entregas de premios. Hasta que un día descubrimos que llevaba un año sin pagar al lechero, al diariero, al de la despensa, al que le vendió las copas con que daba esas fiestas. O que estaba fundido. O que había ido preso.
Hay cientos como él, pero la diferencia está en la magnitud, el estilo, la escala. Con su porte episcopal, su voz ecuménica, su aire de santidad herida, mientras cualquier muchacho como él se revuelca con las criadas de la cuadra, Ronnie está serenamente sentado en la mesa principal del casino de Montecarlo, frente a una generosa medida de brandy, conmigo (a los diecisiete y fingiendo ser mayor) a un lado y el emisario del Rey Faruk (de cincuenta y pico) al otro. Sobre la mesa reluce un teléfono blanco, gentileza del hotel, conectado directamente al rey egipcio, a quien imaginamos en uno de sus palacios rodeado de astrólogos. El teléfono suena, el emisario levanta el tubo, escucha con los párpados caídos y, como en trance, transfiere otro pedazo de la fortuna de Egipto al rojo, o al negro, o al número considerado propicio por los eruditos zodiacales de El Cairo o Alejandría.
Desde hace un rato Ronnie observa esto con una tenue sonrisa y alzando sus apuestas. Las fichas de diez se convierten en fichas de veinte, de cincuenta, de cien. Cuando se acaban, usa las mías, firma cheques, pide más. No sigue su instinto, ni un pálpito, ni juega contra la casa, sino contra el Rey Faruk. Si Faruk juega a negro, Ronnie juega a rojo. Si Faruk juega a par, Ronnie juega a impar. A esa altura, ya dilapidó un año de mi carrera universitaria, pero el mensaje para Faruk es claro: Ronnie tiene llegada directa al Todopoderoso, sin intermediarios ni brujos, Ronnie está bendecido, mientras Faruk no vale nada en el Gran Plan Divino. En el amanecer azulado de Montecarlo, camino hacia la joyería 24 horas para empeñar su cigarrera de plata, me dice: “La recuperaremos mañana con intereses, ¿no, viejo? Pero le mostramos a ese Faruk que perdió tres veces más que nosotros”. Un par de días después, habiendo intercambiado tarjetas con el emisario, Ronnie llamó a El Cairo, presentándose como el hombre que le torció el brazo en la ruleta a Su Majestad y aduciendo que sus asuntos lo llevarían la semana siguiente a Medio Oriente, y sugirió que sería bueno que el Rey tuviera un momento para tomar una copa y hablar de negocios.

Otro recuerdo paterno. Cuatro años después, camino por Exeter de la mano de mi madre. Al final de la calle hay una pared de ladrillo rojo, con vidrios rotos coronando la cima. Detrás, una construcción cubierta de ventanas enrejadas, en una de las cuales veo la silueta de mi padre, sus manos aferradas a las barras y la cabeza erguida, la misma que le había vendido por cincuenta libras a un hospital, al que le sería entregada a su muerte para investigación científica. El cuello que la sostenía era ancho. Yo solía pensar por dónde cortar si tuviese que degollarlo. Matarlo fue una de mis obsesiones más tempranas, y ha sobrevivido en mí a pesar de su muerte.
Para mi padre, todo esto nunca existió, por supuesto. A veces le creo, todavía: él tiene razón y yo estoy equivocado cuando lo vuelvo a ver, un año después, él de nuevo en libertad y mi madre fugándose en medio de la noche, desapareciendo por dieciséis años antes de que vuelva a encontrarla en Suffolk, convertida en madre de otros dos chicos. Durante su vida, Ronnie estuvo preso por períodos de cuatro o cinco años en lugares tan distantes como Hong Kong, Singapur, Yakarta y Zurich, eso sin contar el tiempo que diferentes amigos cumplieron por él, asumiendo los cargos en su contra. Investigando para uno de mis libros en Hong Kong, me encontré cara a cara con uno de los guardias que lo custodiaba. “Señor Cornwell (ése es nuestro apellido), su padre es uno de los mejores hombres que conocí. Me resultó un privilegio custodiarlo. Ahora estoy por retirarme, y se ofreció a conseguirme un trabajo en Londres.” No creo que eso haya sucedido.
Años después estoy en Chicago, apoyando una campaña gubernamental para vender productos ingleses. El cónsul me entrega un telegrama. Es de nuestro embajador en Yakarta informando que Ronnie ha caído preso. ¿Estoy dispuesto a pagar la fianza? Prometo pagar lo que sea. Para mi sorpresa, son apenas unos pocos cientos de dólares. Ronnie debe andar con mala suerte. Años más tarde, me llama a cobrar desde Zurich, donde acaba de ser detenido por fraude en un hotel. “¿Hijo? Es tu viejo.” Qué puedo hacer por ti, padre, digo. “Podrías sacarme de esta maldita prisión. Es todo un malentendido. Los muchachos acá no entienden lo que pasó.” ¿Cuánto? No hay respuesta. Sólo el silencio de un actor antes de que una voz ahogada lance el remate perfecto: “No puedo estar más tiempo preso, hijo, no creo que lo soporte”. Los sollozos, como siempre, me atraviesan lentamente como cuchillos.

Tengo un cassette grabado por mi madre para mi hermano Tony en el que habla sobre su vida con Ronnie. Veinte años después de que ella muriera, sigo sin poder escuchar la cinta entera. En ella, cuenta cómo Ronnie la golpeaba. Lo que no resulta una novedad, porque también acostumbraba golpear a su segunda mujer tan seguido, cuando volvía a altas horas de la madrugada que, en un gesto de caballerosidad, dormí durante un tiempo sobre la alfombra frente a la puerta de su cuarto, aferrado a un palo de golf con el que pensaba abrirle la cabeza si insistía en pasar.
“¿Por qué no nos llevaste contigo?”, le pregunté a mi madre años más tarde. “Porque nos hubieses perseguido”, me contestó. Cada vez que hablaba conmigo de Ronnie, me hablaba como si yo fuera él. “No hubieses descansado hasta recuperar a tus preciosos hijos”.
De chico, Ronnie acostumbraba pegarme, pero sin demasiada convicción. Cuando crecí, intentó demandarme. Después de ver por televisión un documental sobre mi vida, decidió que había motivos para iniciarme una querella por la obstinación con que silenciaba mi agradecimiento hacia él.

Hace unos años, coqueteando con la idea de una autobiografía y frustrado por la ausencia de información, contraté a un par de detectives. Salgan al mundo, les dije, yo invito. Encuentren a los testigos presenciales y todo registro escrito sobre mi padre y los recompensaré. Los intimé a no detenerse ante nada. Les conté todo lo que recordaba. Cómo Ronnie intentó estafar a los primeros ministros de Singapur y Malasia en el prode. Les hablé de sus “familias extra”, las amantes que le tenían la vela, siempre dispuestas a cocinarle algo si pasaba a visitarlas. Les di nombres y direcciones de sus otros hijos. Les expliqué cómo había hecho para conseguir la baja del Ejército en plena guerra, so pretexto de ejercitar sus derechos democráticos. Cómo, cuando mi hermana Charlotte se preparaba para filmar una película sobre los hermanos Kray, los célebres gángsters londinenses, consultó a mi hermano Charlie para terminar descubriendo una foto familiar en la que se ve a Ronnie abrazado a los hermanos. Cómo fue el día en que, tras descubrir que hacía un año no pagábamos el colegio, Ronnie decidió saldar la cuenta con productos llegados directamente del mercado negro. Y cómo un día llegué al Royal Hotel de Copenhague y fui recibido por el gerente; pensé que mi fama me antecedía, pero no: la policía danesa buscaba a Ronnie. Al parecer, había entrado a Dinamarca de manera ilegal con la ayuda de dos pilotos de guerra norteamericanos, a quienes les había ganado el viaje desde Nueva York en una mesa de póquer.
Sugerí a mis detectives que averiguaran de qué huía Ronnie en Inglaterra. Hablamos de sus caballos de carreras y de su Corte, como la llamaba secretamente: una banda de ex convictos que conformaban el núcleo de su verdadera familia. Uno de ellos –Reg– se me había acercado durante el entierro de Ronnie para contarme que había ido preso para evitárselo a mi padre. Y no era el único, me dijo. Estaban George, Eric y Arthur: los cuatro se habían ofrecido a pasar tiempo a la sombra con tal de no dejar a la banda sin su cerebro. “Éramos todos unos retorcidos, hijo”, me dijo Reg. “Pero tu padre era el más retorcido de todos”.
Les conté cómo Ronnie había lanzado su candidatura para entrar al Parlamento durante las elecciones de 1950, y cómo, cuando todos lo señalaban como ganador, los conservadores recurrieron a su prontuario para sacarlo de carrera. Los impresioné también con su red de contactos, que alcanzaba a los más insospechados personajes: durante las décadas del ‘40 y ‘50, su época de oro, organizaba fiestas báquicas a las que asistían los directivos del Arsenal, los mejores jockeys del hipódromo, estrellas de cine, celebridades radiales, reyes del snooker, ex intendentes de Londres, oficiales de Scotland Yard, una docena de maravillas femeninas y los equipos de criquet de Australia o India, si estaban en Inglaterra de visita. Era un placer para él ofrecer protección policial a los hijos de amigos en problemas. Y por eso era a Ronnie a quien las esposas llamaban primero que a nadie: nunca fallaba a la hora de conseguir un resultado negativo en el test por alcoholismo.

Veinte mil dólares después, me di cuenta de que los detectives nunca iban a encontrar lo que yo buscaba. Apenas me consiguieron una pila de recortes periodísticos sobre Ronnie: sus quiebras, las elecciones del ‘50 y algunos testimonios. Ni rastros de sus compañeros de prisión, de testigos clave o de las cartas que le enviaba a los fiscales después de los juicios en su contra en los que él mismo se defendía, con suerte dispar.
A comienzos de los 60 acudí a su pedido urgente y viajé a Viena. No, le dije, no pienso invertir en esa propiedad ni en ninguna otra que tengas en vista. Estoy, sí, dispuesto a pagarle el alquiler y proveerlo de una generosa cifra mensual. Pero eso sólo alcanzó para que Ronnie se desmoronara sobre la mesa, presa de los sollozos, delante de comensales y mozos. Tuve que arrastrarlo hasta la salida porque “todo lo que quiero es un taxi, hijo, que me pongas en un taxi y vuelvas a tu riqueza y a tu familia y a todos los privilegios que te brindé”. Así que lo metí en un taxi y nos despedimos llorando mientras él me preguntaba si podía darle cinco libras. La siguiente vez que lo vi fue en el bar del Savoy tomando Dom Perignon. “¿Ya ha perdonado a su padre?”, me preguntó el jefe de personal del MI5 el día que me incorporé al servicio secreto. “Hace tiempo”, le contesté, con la misma sonrisa angelical de Ronnie. Ésa es otra cosa que heredé de él: la máscara de la santidad.

Cómo escapé de la sombra de Ronnie, si alguna vez lo logré, es la historia de mi vida. Si hubiese un episodio en el que el romance con mi padre terminó definitivamente fue durante mi misión en Saint-Moritz. Yo tenía dieciséis y estaba estudiando filología alemana en la Universidad de Berna, en Suiza. Trabajaba en lo que podía, gastaba poco y compartía la comida con la señora que me alquilaba un cuarto. Un día, Ronnie llamó: “Hijo, te tengo un trabajo”. La víctima era una de las familias hoteleras más famosas de Europa: los Badrutt. La misión era igual a la que me había encomendado años antes. Aquella vez, la orden también había llegado (a mi hermano y a mí) por teléfono: “Vayan a lo de Sir Eric y díganle que está todo bien. Que el cheque está en camino”. Con profunda sospecha, fuimos a la casa, aceptamos el té e hicimos lo mejor por encarnar la dudosa integridad de Ronnie, mientras Sir Eric y su mujer nos miraban aterrados: “Vivimos de nuestra pensión. Y le dimos los fondos a tu padre para que nos los invirtiera”, dijeron. La misión se había repetido en diferentes escenarios. En Saint-Moritz, el señor Badrutt me escuchó cortésmente y, con sabiduría, agradeció mis servicios y me informó la hora del primer tren a Berna, sin saber que yo había ido a dedo.
Ahora, Ronnie ha muerto y yo vuelvo a Viena para respirar el aire de la ciudad mientras escribo sobre él en una novela semi-autobiográfica. Me niego a ir al mismo hotel de entonces: tengo pavor a que el personal nos recuerde. El avión se demoró y elijo al azar un hotel pequeño pero lujoso. El portero de noche, un hombre mayor, mira silenciosamente cómo completo la ficha en la que me registro. Después, me dice suavemente en el venerable tono de su alemán vienés: “Su padre fue un gran hombre. Y aquella noche usted lo trató mal”.

Traducción y adaptación: J.I.B.

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“Rex, uno de los ex convictos que conformaban la verdadera familia de mi padre, se me acercó durante el entierro para contarme que tanto él como George, Eric y Arthur se habían ofrecido a pasar un tiempo a la sombra para no dejar a la banda sin su cerebro. ¿Ya ha perdonado a su padre?, me preguntó mi jefe en el MI5 cuando me incorporé al servicio secreto. Hace tiempo, contesté, angelical, con esa máscara de santidad que heredé de él.”
 
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