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Domingo, 4 de abril de 2004

La vida breve

 Por Mariana Enriquez

Hace diez años Kurt Cobain se voló la cabeza después de inyectarse una dosis letal de heroína. Desde entonces, es rehén de teorías sobre el significado de su obra y su muerte, y se lo viste con diferentes disfraces: el punk que no soportó la contradicción fama-dinero vs. ética indie, el depresivo que arruinó el triunfalismo divertido del rock para siempre, la frágil víctima del sistema forzada al martirio, el hombre sensible devorado por la voracidad de los medios, los fans y su propia esposa. Cada uno de estos relatos míticos fueron reforzados o destrozados con mejor o menor fortuna y consistencia por críticos y fans, pero con la efemérides el interrogante sigue abierto y está bien que así sea. Kurt Cobain era demasiado complejo y problemático como para permitir la síntesis: ¿cómo extraer la esencia de alguien que articuló la confusión de la adolescencia y la asfixia de la madurez, que podía ser cruel e irónico en una línea y en la siguiente espantosamente honesto, una estrella de rock mainstream y un héroe del underground, un heroinómano que, lejos de defender la adicción como vía a la iluminación la justificaba como paliativo a sus dolores de estómago provocados por una gastritis crónica, una personalidad autodestructiva que había decidido ser padre, un letrista que mezclaba chistes internos e ingeniosos con confesiones agónicas? “Lo que sea, no importa”, murmuraba Kurt Cobain en “Huele a espíritu adolescente”, con desdén y dolor. Esa canción, que en 1991 sonaba con furia celebratoria tiene hoy una nostalgia fantasmal; y no es sólo porque Cobain está muerto sino porque su suicidio provocó, de una forma casi sobrenatural, la desaparición de los grandes compositores de rock, como si el disparo hubiera tenido una onda expansiva.
No se trata de escribir canciones tristes. Se trata de escribir canciones buenas. Ni Thom Yorke, ni Billy Corgan, ni Eddie Vedder ni ninguno de los contemporáneos de Cobain importa de verdad. Cantarle a la angustia y a la autocompasión no es sinónimo de profundidad, y Cobain no llegaba a esas emociones intrincadas y confusas porque estaba amargado: lo hacía porque sintonizaba con un revoltijo de sarcasmo y franqueza como sólo lo hacen los compositores geniales, y no es exagerado ubicarlo junto a John Lennon; ambos podían convertir lo personal en universal con un sencillo estribillo: eso los diferenciaba de los compositores geniales que por alguna razón permanecen en una relativa oscuridad y los convertía en ídolos populares. Además, su figura era icónica antes de la muerte canonizadora: los ojos azules furiosos y tristes, la sonrisa de dientes apretados, el pelo teñido con Kool-Aid siempre sobre la cara, los vestidos floreados y los anteojos negros de marco enorme, y esa flacura anoréxica que lo hacía parecer un adolescente y un viejo, al mismo tiempo, a los 27 años. La imagen más famosa de Kurt Cobain es la del Unplugged en Nueva York: triste, doblado sobre su guitarra acústica, en un escenario que él mismo había diseñado, rodeado de flores y velas para que se pareciera todo lo posible a un funeral. Y, desde esa puesta morbosa, surgían las canciones más límpidas que se habían escuchado en años; a un cover clásico de David Bowie (“The Man Who Sold The World”) seguía un tema propio (“Pennyroyal Tea”, donde pedía “un más allá de Leonard Cohen/ para poder suspirar eternamente”), y era imposible decidir cuál de las dos canciones era mejor.
Es ocioso imaginar quién sería Kurt Cobain hoy. ¿Estaría horrorizado el hombre que cantó “todos son gays” porque el homofóbico y misógino cantante de Limp Bizkit Fred Durst se tatuó su rostro en el pecho? ¿Se habría divorciado de la incandescente Courtney Love? ¿Tendría una carrera solista? ¿Estaría haciendo discos malos? Imposible aventurar respuestas, porque Cobain dejó como única opción la muerte. No es equiparable a Morrison, Hendrix, Joplin o Brian Jones porque comparta con ellos los fatídicos 27. Las otras estrellas de rock que murieron jóvenes no estaban en un pico creativo semejante, ni decidieron poner punto final con la determinación de Cobain. No era un músico prolífico, no se desenterraron tantas canciones encontradas, ni grabaciones casuales; apenas los diarioseditados por su viuda, borradores de impresiones que se venden en un libro de arte en cuidada edición. No hay testamento ni progenie de Cobain, no hay nadie que pueda escribir canciones como él, nadie que pueda devolverle al rock algo de la importancia perdida. Apenas queda la historia de un grupo que se convirtió en el más importante del mundo en cinco años, grabó tres discos, revolucionó la cultura pop, y se acabó.

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