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Domingo, 23 de junio de 2002

NO TAN BUENOS AIRES

Queda a menos de 30 cuadras de la Plaza de Mayo. Hace 50 años era una zona de quintas donde se cultivaba fruta, existía un club de regata y funcionaba un gran recreo durante los fines de semana. Pero aquella prosperidad agropecuaria cedió primero al avasallamiento industrial y después al hambre, la contaminación y el terror tecnológico. Hoy, Greenpeace define el polo petroquímico de Dock Sud como una fábrica de cáncer. Los médicos no encuentran solución para las enfermedades que presentan los chicos. El río acumula desechos. Y lo peor es que una explosión ahí sería el doble de poderosa que la bomba atómica sobre Hiroshima. Radar entró al Polo y habló con las petroleras, los funcionarios responsables y los habitantes de un asentamiento que hasta las empresas ya denominan Villa Inflamable.

 Por Pablo Plotkin

El camión es de 1950
y traquetea sobre una calle ruinosa. A un costado se levantan la refinería
de Shell, una planta de parafina y un pequeño basural con restos de chasis
oxidados y huesos de un antiguo criadero de animales. Llovió durante
tres días seguidos, cambió el clima y la cosa no va a mejorar.
Ahora cae una lluviecita molesta que diluye los charcos de petróleo y
enfría las tuberías que humean detrás de un seto desplumado.
El tipo que va al volante se llama Juan Carlos Cicero, atiende la carnicería
del barrio y prometió llevarnos a conocer la ranchada de los pescadores
que todavía se le animan al intoxicado arroyo Sarandí. Lo atraviesa
un puentecito sostenido por columnas de madera podrida y planchas de hierro
a punto de ceder. Su predecesor no tuvo mejor suerte: terminó derribado
por una manada de camalotes al cabo de una crecida. No es mal epitafio para
un puente. “Ahora está bastante limpio, por la lluvia”, comenta
Cicero señalando el río aceitoso, mientras los desechos van a
acumularse entre las columnas como cardúmenes plásticos. “Este
canal toma las aguas hervidas de frigoríficos... Es una cloaca a cielo
abierto”, murmura.

Hay un par de botes rotos amarrados a la orilla. De los pescadores, ni noticias.
“Deben haber ido a la salida del río”, deduce Cicero. “Sábalo,
lisa, bagre, boga, doradillo...”, enumera. “Hasta los de la villa
21 vienen a buscar pescado acá.” Un caminito de tierra cercado por
la fronda conduce al canal Santo Domingo. Hace medio siglo, este paraje era
una zona de quintas en que se cultivaban uvas, ciruelas, membrillo y un montón
de cosas más. Acá mismo funcionaba un club de regata. El arroyo
se cruzaba en bote y los fines de semana todo se convertía en un gran
recreo de vino, baile, bochas, truco y merienda debajo de la parra. “Todas
esas costumbres se fueron con los viejos”, comenta el carnicero, 54 años,
dándole fuego a un 43/70.

Hoy, este vértice del polo petroquímico es una cruza de bosque
en descomposición (hay una abundancia vegetal casi patológica)
y escenario industrial plomizo, con algunos recovecos reservados al sexo, el
porro y la vagancia. A esta hora de la tarde no hay nadie, apenas un cosechero
negro y desdentado que atraviesa el puente en bicicleta y alcanza a mascullar,
mientras huye de la cámara de fotos: “Cada vez hay menos trabajo...”
Una oveja esquilada intenta pastar entre la basura, en un suelo embebido de
plomo, mercurio, cobre y zinc. Un camión de “residuos especiales”
brama entre los pozos y se mete en Tri-Eco, la planta incineradora de residuos
patogénicos, una construcción abismal rematada por un par de chimeneas
que soplan un humo blanco y espeso. Los desechos del 82 por ciento de los hospitales
porteños se queman acá.

El año pasado, Greenpeace definió a Tri-Eco como una “fábrica
de cáncer” (por los altos niveles de dioxinas que emana) y organizó
una manifestación que impedía el paso de los camiones. “Esto
es un crematorio”, señala Cicero. “Acá se queman vísceras
con sida, fetos, placentas. Nosotros creemos que hasta queman cadáveres
que no son reclamados. Te venís a las cuatro de la mañana y ves
cómo el humo se va para el lado de las casas. Eso es lo que respiramos.”


CARTOGRAFIA DEL PANICO

Si se traza una línea recta, el polo petroquímico de Dock
Sud está ubicado a unas 27 cuadras de la Casa Rosada. Es un asentamiento
industrial de 220 hectáreas en el que funcionan unos 42 establecimientos,
entre refinerías y almacenes de petróleo, depósitos de
productos químicos, de gas, una central termoeléctrica, plantas
incineradoras. El barrio del polo, Costa Sarandí –o Villa Inflamable,
tal como figura en las boletas de luz que llegan a las casas–, constituye
un par de cúmulos de viviendas pobres en los que se reparten unas cinco
mil personas. “Aquí se calcula que si explotara el polo petroquímico
pasarían dos cosas: una, que noquedaría nada en pie. Y la otra
es que el poder destructivo de la deflagración podría alcanzar
los diez megatones, unos seis más de lo que generó la bomba atómica
en Hiroshima”, aseguraba diez años atrás un miembro de la
Sociedad de Fomento de Dock Sud, en un momento en que la prensa nacional cubrió
con fervor apocalíptico los riesgos de una catástrofe que se llevaría
puesta, entre otras miles de cosas, a la devaluada Casa Rosada.

“La primera vez que tomé conciencia de los riesgos del polo fue
en 1984, cuando se incendió el barco Perito Moreno”, recuerda Jorge
Hiquis, vecino del Docke, conduciendo entre los depósitos de productos
químicos sin identificación. “Veíamos que los bomberos
tiraban agua a los tanques de la Unión Carbide. Entonces nos dimos cuenta
de que esos tanques estaban llenos de agente naranja, que es el desfoliante
que se usaba en Vietnam. Napalm. El famoso napalm. Estaban enfriando los tanques
para que no explotara todo. Suponemos que sigue habiendo napalm en esos tanques.”

Durante la Guerra del Golfo, por ejemplo, o después del 11 de setiembre,
las autoridades reforzaron la seguridad. Como objetivo terrorista, el polo petroquímico
es perfecto: está a un par de kilómetros de la zona más
transitada del país y sólo requiere de una módica detonación
para desencadenar la masacre. El trabajo sucio ya está hecho. Más
allá de una explosión devastadora, la nube tóxica acarrearía
consecuencias que se propagarían a través de los años y
los kilómetros. Se calcula que ahí dentro se manipulan unas 200
sustancias químicas. Los vecinos más ilustrados citan el caso
Bophal, en la India, donde reventaron dos de esos tanques blancos que se multiplican
hacia la zona deshabitada del polo, cerca del puerto, y provocaron la muerte
de ocho mil personas. Aún hoy, 200 mil indios sufren las secuelas de
la catástrofe.


CAER EN DESGRACIA

Entrar por primera vez a Villa Inflamable provoca la sensación de
penetrar en un tipo de geografía impensada. El único acceso y
la única salida es una calle que se ensancha y se embarra hacia un paisaje
gris de cables y chimeneas. Después de atravesar una pequeña reserva
ecológica –La Saladita– las calles empiezan a intrincarse y
las industrias se ciernen sobre las casas del mismo modo que la vegetación
crece alrededor de las aguas podridas. El barrio, en sí, sufre el mismo
proceso de desintegración que todas las regiones pobres del país,
pero en el polo parece resumirse con dramática prolijidad la tragedia
argentina en el mundo moderno. Si se repasa la historia, se encontrará
medio siglo de prosperidad agropecuaria, un progresivo avasallamiento industrial
y un presente de hambre, hacinamiento y terror tecnológico. Todavía
quedan algunos rasgos de la abundancia natural de antaño, pero trastrocados
por el actual estado de las cosas: árboles de mimbre torcidos, chanchos
alimentándose de basura, gauchos cabalgando entre camiones de combustible.
Llegando a un extremo del polo se abre una planicie hacia el Río de la
Plata. Desde ahí se pueden avistar, brumosos, los edificios de Puerto
Madero. Entonces se cobra verdadera noción de lo cerca que está
este polvorín del centro de Buenos Aires. Según especialistas,
un polo petroquímico industrial debería estar ubicado a unos ochenta
kilómetros de cualquier zona habitada.


BROTADOS

El Triángulo es uno de los sub-barrios de Costa Sarandí.
La Shell, dueña de la mitad de la superficie del polo, construyó
una estación de servicio frente a uno de los lados de la villa. Ahí
hay una cantina en la que recalan empleados y pobladores. Es una especie de
parador rutero entre el área industrial y la casillas del Triángulo.
Justo frente a la estación de servicio, Antonio Mieres sale al pequeño
pórtico de su casa sólida,precaria, y se despereza. Algunos años
atrás, en lugar de surtidores había juncos, y entre la maleza
Mieres sabía cazar cuices. “Esto es una mejoría”, comenta
el hombre, que tiene 64 años y hace 45 que vive en Dock Sud.

Está garuando de nuevo (en el polo siempre está lloviendo, acaba
de llover, o está a punto de), así que Mieres, que tomó
demasiado vino en el almuerzo, se resguarda bajo el techito de madera. Cuando
le preguntan cuánta gente vive en El Triángulo, se ríe
estruendosamente. “Las pibas tienen hijos todos los días, no tenés
tiempo de contar.” Aparece Rodrigo, uno de sus nietos, con un perrito en
brazos. Detrás de él, la mujer de Mieres le ordena a su marido
que se calle la boca y exige detalles acerca de nuestro trabajo. “Pero
una nota... ¿de qué? ¿De qué, a ver...? ¡Callate
vos, viejo!” Le contamos vagamente nuestro propósito. Nos dice que
Pirucha, una de sus hijas, tiene al pibe menor “todo brotado a causa de
la contaminación”. Antonio, a expensas de su mujer, nos guía
a través de los pocos metros que nos separan de la casa de Pirucha. La
precede una pequeña despensa. La casa está limpia y ordenada;
la pueblan las sombras y el frío de una siesta de otoño. Pirucha
tiene voz de cigarrillos negros y se la ve algo demacrada. Cuenta que Angel
Leonel, de un año y 8 meses, está brotado de pies a cabeza.

“Lo llevé al fondo, lo hice ver por un especialista de piel, lo
llevé a Casa Cuna... Hasta a lo de una curandera lo llevé. No
me quedé quieta, ¿viste? Cuando lo llevé al hospital se
me vinieron encima diez médicos. Me dieron una pomadita, pero no sirvió
de nada. Tiene una picazón que no me deja dormir desde hace más
de un mes. En la salita de Dominico me dijeron que podía ser algo que
esté en el aire. La curandera me dijo que lo meta en una bañadera
con un poco de vinagre, y con eso tampoco vi una mejoría. Para nada”,
explica la madre. Pirucha trabaja de empleada doméstica, y el marido
sale todos los días con un carrito, además de vender tierra para
jardín. Con el almacén no alcanza. “Te lo voy a dispertar,
para que lo veas”, comenta.

Pirucha vuelve con Angel Leonel en brazos, llorando. El chico tiene una erupción
increíble en todo el cuerpo. Algunos granos que se rascó más
de la cuenta presentan un principio de infección. En los talones, en
el cuero cabelludo. Angel succiona un chupete y se acurruca en el hombro de
Pirucha. “Nos acostamos a dormir y al otro día era un monstruo”,
recuerda. “En Casa Cuna me dijeron que era un virus. Acá en la esquina
había unos chicos con lo mismo, pero se les fue. Le puse talco mentolado,
Caladril, pasta al agua, antialérgicos, Amoxidal 500. Al principio creí
que eran pulgas, por el gato este que tenemos. Pero no.” Pirucha asegura
que las empresas “compraron” a los vecinos para que no agitaran las
aguas. Ella misma, en caso de ser tentada con una oferta, no lo dudaría.
“Ante la primera posibilidad, sabés cómo me tomo el palo.
A donde sea, eh, pero de acá me tomo el palo. Qué te parece. Cada
vez hay más fábricas, pronto no se va a poder respirar. Me iría
por ellos (los chicos) y por uno mismo. Tenés que sentir el olor de noche.”


RESPIRAR FEO

Meses atrás, un médico que trabaja en la salita de Villa
Inflamable conversaba con uno de los miembros más activos de la Sociedad
de Fomento de Dock Sud. Entrado en confianza, el médico le confesó
un dato bastante terrible, no sin antes jurarle que, fuera de esas cuatro paredes,
negaría esa verdad a muerte: “El noventa por ciento de los chicos
del polo están enfermos. Pero si lo hago público, no me echa la
Municipalidad: me echa la petrolera”.

En esa misma sala –una construcción de ladrillos levantada en el
cruce de dos callejas, frente a un galpón devorado por el herrumbre–,
Nancy Villarruel, de 32 años, llega con su hijo de tres, Alexis Peralta,
cuyos problemas bronquiales se le revelaron a una semana de haber nacido. “Cuando
el viento sopla para el lado de las casas, le agarran ataques de asma”,
comenta Nancy, mientras Alexis se trepa a las paredes y lengüetea un alfajor
de dulce de leche de una sola tapa. “Si el viento sopla para acá,
es un olor a gas fuerte. Cuando viene de este otro lado es como un plástico
quemado. Y de aquel otro lado es el olor de La Gotita”, detalla. La voz
de José Larralde surge de la casita de al lado.

Nancy asegura que “los problemas les agarran a los chicos y también
a la gente grande”. “Nos arde la vista, nos pica la garganta. El médico
me dijo que me tengo que mudar. Pero, ¿a dónde? Cuando mi nene
se enfermó mal fui a hablar con la gente de Shell. Les dije que mi nene
necesitaba un tubo de oxígeno, pero me dijeron que no me podían
ayudar. Los de Tri-Eco me dijeron que ellos sólo largaban vapor, pero
yo sé que ese olor no puede ser sólo vapor. Les pedí si
no me podían comprar un terreno en Rosario, para que se cure mi nene,
pero me dijeron que si me lo daban a mí, todos los vecinos iban a ir
a pedirle lo mismo. Cuando me fui quince días a Rosario, al nene no le
tuve que dar ni una aspirina. Volvimos un domingo, y el lunes a la tarde ya
se me enfermó.” El marido de Nancy es un obrero de la construcción
que gana 350 pesos. Gastan 180 en medicamentos. Tienen cinco hijos.

Nicanor Eusebio Carmarino es un tipo de 80 años que vivió toda
su vida en el polo. Es del tiempo de las quintas, de los inmigrantes genoveses,
de los días en que el vino patero de la zona proveía las borracheras
más dulces que se puedan imaginar (“sabe qué fiestas... ¡mamma
mía!”). El mismo habitaba una quinta, hasta el día que la
empresa Adema instaló una planta en su lugar. “Nos dieron 24 horas
para desalojar. Eran otras empresas, pero la misma clase de gente. El mismo
perro, diferente collar”, carraspea Nicanor, de boina marrón deshilachada,
campera de jean, bufanda escocesa y ojos azules. “Eran tiempos bravos,
no vaya a creer. Cuando bajaba el río, quedaban los pescados en la orilla
y la gente se peleaba por conseguir uno. Esa malaria siguió hasta el
40. Pero era diferente. Nadie te mataba por un par de zapatillas. Y mire que
yo me crié entre malandras, milongueros, contrabandistas. Conocí
a los pistoleros más grandes: Ruggero, Durruti, D’Amico. Pero no
se metían con uno, había respeto. Incluso les daban caramelos
a los pibes.” Nicanor se suena los mocos. “Acá uso seis, siete
pañuelos por día”, asegura. “Todo fue cambiando de a
poco, como una enfermedad lenta. Los gobiernos fueron casi todos malos, la contaminación
empezó a crecer. A la noche ya no podemos respirar. A mi nietita, la
más chiquita, le falta oxígeno en la sangre. A las dos de la mañana,
cuando empieza el despurgue, hay que sentir ese olor. Dura diez minutos, pero
es diferente a todo.”


USTED PUEDE CONFIAR

La gente de Shell desestima los pronósticos de catástrofe.
El día que nos citan en las oficinas de la petrolera, sobre Diagonal
Norte, hay manifestaciones por el aumento del gasoil. los de la Shell hacen
un pequeño trabajo de inteligencia antes de permitir el acceso al edificio.
Habíamos pedido hablar con algún responsable de la planta ubicada
en el polo, y resulta que ahora nos encontramos sentado a una mesa increíblemente
larga en una especie de cumbre de gerentes amigables. Está Blas Vinci,
el gerente general de la refinería; Marcela Goldín, la gerenta
de Asuntos Externos; Marcelo Ognian –gerente de Desarrollo y Producción
y residente del barrio privado que levantó la Shell dentro del polo para
sus empleados–, y Axel Garde, gerente de Higiene, Seguridad y Medio Ambiente.
Por un momento da la sensación de que es uno el que tiene que dar explicaciones.


Básicamente dicen que todo está en orden, que las pérdidas
parásitas están controladas, que los peligros de explosión
son fantasías clase B, que el traslado de Holanda a Argentina de la planta
de coquer (cuyas emanaciones, dicen vecinos y militantes ecologistas, son cancerígenas)
se debió a motivos “puramente económicos”. ¿Y
el benceno, también cancerígeno? No es un problema. O, en todo
caso, es lo que sale de los caños de escape, así que... “En
los últimos diez años, hemos invertido más de 250 millones
de dólares en áreas que tienen que ver con seguridad y medio ambiente”,
asegura Vinci. Ognian, que vive con su familia en el barrio holandés
dentro del polo (un asentamiento para 25 familias equipado con pileta, canchas
de tenis y demás), dice que se siente completamente seguro durmiendo
entre los gases. “Vivo ahí desde hace más de cuatro años.
Tengo un bebé de un mes, una nena de dos años y medio y una chica
de seis años. Mi esposa es médica, trabaja en el Hospital de Clínicas
y, realmente, sé de lo que estoy hablando. Puedo decir que mis hijos
están bien. También sé que hay mucha gente que, por todo
este hacinamiento que hemos tenido en la zona industrial, tienen una calidad
de vida mala. Todo lo malo que implican las aguas servidas, no tener cloaca,
no tener agua potable, tener problemas de residuos. Adentro del barrio estamos
perfecto, pero vivimos con una calidad de vida muy diferente a la de la gente
que está afuera.”

Y así como Vinci niega que existan niveles de contaminación e
inseguridad significativos, admite que “en una zona industrial de primer
nivel no debería haber residentes, porque es muy difícil manejar
una situación de seguridad en ese estado”. ¿Entonces? Para
Cicero, la intención de las empresas es “erradicar la zona de viviendas”.
En ese caso “se abrirá otro frente de lucha”. Porque los vecinos
del Docke, sobre todos los veteranos, asumen su posición geográfica
como una fatalidad irrenunciable. “A esta altura ya no me muevo”,
dice el viejo Nicanor.


VENENOS

Bajo la lluvia y los cables de 130 mil kilowatts que rozan los techos de
las casas, tres tipos vestidos de traje salen de la escuelita de Villa Inflamable
y se meten en un auto que luce forastero. Uno de ellos, nos dice un vecino,
es Máximo Lanzetta, secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales
de la Municipalidad de Avellaneda. Los últimos monitoreos, pese a que
no fueron del todo exhaustivos y específicos, revelaron algunos de los
peligros sospechados. En efecto, son preocupantes los niveles de concentración
de algunos gases contaminantes (benceno, tolueno, butanol, metano) y la combinación
de ciertas sustancias provoca lluvia ácida. Quince años atrás,
cuando había trabajo, no había grandes trastornos en la relación
entre las empresas y los vecinos. Ahora, cuando casi todo el personal del polo
es especializado, la sombra de las industrias no tiene ningún ángulo
positivo para la gente del barrio. Aunque algunos conservan esa especie de lealtad
suprema hacia sus antiguos patrones.

Alarcón, que tiene 70 años y trabajó casi toda su vida
en petroleras, cree que lo de la contaminación es puro cuento. El viejo
sale de un almacén de esquina con un cartón de vino blanco barato
en el canasto de la bicicleta. Arropado con una baqueteada camperita de tela
de avión, el gaucho se escurre la lluvia de los ojos y balbucea: “La
gente habla cosas que no tiene que hablar. Acá nunca hubo contaminación.
La gente anda diciendo que las fábricas tiran veneno. Yo siempre dije
que no. Lo mismo cuando pusieron esos cables. Muchos hicieron barullo, decían
que nos vamos a morir todos. Yo siempre dije que el único que nos podía
matar era El de Arriba. Dicen que los chicos se enferman. Los míos están
gorditos. Lo que pasa que la gente tiene temor. El problema acá es la
miseria. Falta chapa”.

Cuando se le comenta a un vecino de la cuadra la opinión de Alarcón,
el tipo levanta los hombros: “¿Qué querés con el gaucho?
El viejo lee La Biblia, toma veneno en tetra brick y no le importa más
nada”.

Debajo de un toldo acanalado, el sonido de un par de viejos videojuegos interfiere
en el repiqueteo de la lluvia y el zumbido de los cables. Algunos pibes juegan
al metegol, a diez centavos las siete bolas.

Cicero, el tipo que quería presentarnos a los pescadores, sale de la
carnicería y se seca la sangre del delantal. “Este no es un mundo
aparte –comenta–. Es un barrio periférico. Como tantos otros.”


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