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Domingo, 4 de septiembre de 2005

CINE > FABIáN BIELINSKY DESPUéS DE NUEVE REINAS

El lobo del hombre

Después de Nueve Reinas, Fabián Bielinsky creó las expectativas más altas del cine argentino en mucho tiempo. Cinco años más tarde, las satisface de sobra. Y encima con algo inesperado: un Darín parco y disfuncional, los bosques del Sur, un clima enrarecido, un plan criminal y un perro memorable.

 Por Mariano Kairuz


Con la indiferencia con que suele exponer las acepciones más corrientes y las absolutamente insospechadas, para el diccionario, el aura es tanto la “atmósfera inmaterial que rodea a ciertos seres” como la “sensación que precede a una convulsión epiléptica”. Que quede claro: sin descartar del todo su ambigüedad, o más bien explotándola, el aura de El aura es básicamente esta última.

El aura está entonces protagonizada por un taxidermista epiléptico que tiene algo así como una memoria fotográfica, tres características de las que se nos informa, no precisamente en ese orden pero sí muy ordenadamente, en los primeros diez minutos de película. Y está protagonizada también por un hermoso perro-lobo de una mirada increíblemente expresiva. Y empieza en un ámbito perfectamente urbano –el interior de un cajero automático–, pero transcurre casi enteramente en los bosques del Sur argentino. También la protagonizan una chica huyendo de la ciudad (Dolores Fonzi), y una banda de temibles facinerosos con un plan para un gran golpe criminal.

El aura suministra todo el tiempo la sensación de que, como con una convulsión, todo puede llegar a convertirse en otra cosa, a pasar a otro plano de la realidad, aunque nunca termine de ocurrir. El aura es la nueva, gran película de Fabián Bielinsky, la primera después –cinco años después– de su celebradísima Nueve Reinas.

EL ROBO PERFECTO

Y cinco años después, Bielinsky sabe que aquello que le jugó tan a favor con Nueve Reinas –la falta total de expectativas– y que lo convirtió en la gran esperanza para un cine argentino comercial y muy bueno, “acá se revierte”. “Traté de sacarme el tema de encima”, cuenta, en una de las primeras de las muchas entrevistas que habrá de dar en el hotel Four Seasons, bien a la altura de las expectativas con las que sí aterriza su segunda película: “La sensación fue la de empezar de nuevo”. Y para eso recurrió a una vieja idea, pergeñada veinte años atrás, cuando recién salía de la escuela de cine del Instituto: una película “de género”, con un “protagonista, desde la ética o la moral de la historia, mucho más heroico” que el de El aura, dos décadas posterior.

Y si bien considera que El aura es una película “reactiva” con relación a Nueve Reinas, también admite que trabajar en su ópera prima fue una experiencia surgida del más “puro placer”, y que puede que haya algo de aquélla que sobrevive en ésta. Una escena en particular, al principio de la historia, funciona como evidencia: mientras esperan en la cola para cobrar sus sueldos por el museo para el que trabajan, el taxidermista epiléptico con memoria fotográfica (Ricardo Darín) le cuenta a un colega, su única persona de alguna confianza en toda la historia (Alejandro Awada), su plan para el asalto perfecto a la caja fuerte. En su cabeza, el plan tiene absoluta precisión cronométrica. La misma perfección y precisión de la puesta en escena con que Bielinsky recrea en imágenes el relato de Darín. “El robo perfecto es la fantasía de control de este tipo –dice el director–, que cree que en la cabeza se pueden controlar las cosas, y que hay métodos, reglamentos, aun en una zona tan oscura como es el delito. Y es cierto que lo que el personaje fantasea es lo que yo ejercí como guionista en Nueve Reinas: crear un mecanismo lo más perfecto posible que dé el mejor resultado posible.” Pero, esta vez, “era muy importante no cerrar obsesivamente todo en la película –en ese sentido es reactiva a Nueve Reinas–. Por eso decidí que la trama no cerrara del todo sino que se fuera desarticulando un poco, que se fuera destruyendo igual que las fantasías de su protagonista”.

EL SUEÑO PERFECTO

Bielinsky se resiste un poco a la definición, pero El aura parece rozar lo sobrenatural; jugar todo el tiempo con la expectativa de un suceso fantástico siempre a punto de ocurrir, pero que nunca se concreta. Cada vez que todo –la escenografía boscosa, cada episodio áurico del protagonista– sugiere el ingreso a la dimensión desconocida, el relato nos pone de vuelta en un plano absolutamente terrenal, de lo más mundano. Y, sin embargo, es la escena de un robo, que acaso sea la escena de asalto y tiroteo mejor contada en la historia del cine argentino, la que nos devuelve a esa sensación de irrealidad que se esfuma y reaparece de manera permanente.

Bielinsky prefiere hablar de un clima enrarecido, extrañado, que tiene que ver con que “la película trabaja desde la cabeza de un tipo desconcertado”. Entonces aparece, casi como se tratara de una obviedad, un nombre: David Lynch. Que Bielinsky descarta por pura modestia, pero al que no puede dejar de referenciar y reverenciar: “Lynch es extraordinario, el maestro del sueño, el hombre que mejor y con más precisión fue capaz de entender y expresar la condición básicamente onírica del cine. El sueño es la película primal. Todas las noches filmamos una película, y ésa es la película original. Y Lynch es el que mejor ha logrado extraer esa esencia y reelaborarla de manera cinematográfica”.

En cuanto a la escena del robo, destinada a ser la favorita de muchos, se trata precisamente de eso: un episodio del más puro y duro género policial narrado a través de un filtro de irrealidad, atestiguado por alguien que pareciera no estar ahí, con la textura y la inquietante quietud de algunas pesadillas. “Yo la considero mi clavada de bandera del punto de vista de la película”, dice Bielinsky. “Porque es donde más se puede identificar el punto de vista obsesivo de la película. Cuando hay un elemento muy tradicional del cine, como es un asalto, verlo desde afuera permite notar con claridad cuál es el punto de vista de la película, y hasta dónde el personaje de Darín es lo que es: un observador, un ojo, un espectador. Bastante parecido al espectador de cine. Es también mi escena preferida de la película; lleva todo al borde y lo define. En ese momento el taxidermista es nuestro representante adentro de la pantalla: tenemos una especie de embajador, un poco más adentro, mirando lo mismo que estamos mirando nosotros. A quien miramos mirar. De alguna manera es una película sobre ser espectadores.”

EL LOBO PERFECTO

La búsqueda del increíble siberiano que coprotagoniza El aura junto a Darín fue, recuerda Bielinsky, absolutamente obsesiva: “Necesitaba un perro que tuviera una mirada humana, no perruna. Lo terminé internando al entrenador Fabián Gabelli, porque el perro no tenía que hacer nada extraordinario en términos de acción; lo que tenía que hacer era mirar. Quería un bicho con una actitud. Porque, así como el taxidermista es este espectador que no actúa, esta mirada permanente sobre todo, hay un personaje que es el único que lo mira a él, que busca contacto, que lo juzga; el único que conoce sus secretos, sus crímenes, aparte de nosotros”. Lo que se produce entre ambos es una suerte de pacto de lobos: hay otro lobo en la película, el propio taxidermista. “Esto era parte del desafío que yo me había planteado: no darle al personaje de Darín ninguna característica empática con el espectador. Ninguna. Una parquedad, una sequedad absoluta. Me interesaba que, a pesar de no ser un personaje atractivo, uno no tuviera más remedio que seguir viaje con él, desear sus deseos y angustiarse con sus angustias. No quería facilitar esa conexión, confiando en que el proceso cinematográfico es tan fuerte como para obligarnos a identificarnos con él.”

EL BOSQUE

La escenografía barilochense en la que se filmó buena parte de El aura responde a este impulso “reactivo” del que hablaba antes Bielinsky, con relación a su película anterior. “Quería salir de lo urbano. Reconozco mi fascinación por la película Deliverance, de John Boorman, en donde se produce también este fenómeno de extraer al protagonista de su ámbito natural para dejarlo más expuesto y desnudo, aislado, solo consigo mismo, de tal manera que el único mundo con el que él puede relacionarse de un modo natural es hacia adentro y no hacia fuera.” Bielinsky vio Deliverance cuando se estrenó por acá a principios de los ‘70 como La violencia está en nosotros; “entonces tenía unos catorce años y enloquecí completamente. Es el terror a partir de un salvajismo humano, y la capacidad de reacción ante eso; de la extracción de personajes urbanos colocados en una situación salvaje y primitiva. Me interesaba que en El aura lo violento no apareciera como un elemento voluptuoso y sensual y glamoroso. La violencia, si aparece, es para que tenga su verdadera connotación, como algo brutal y aterrorizante. Que lo violento no sea armónico ni coreografiado: unas pocas escenas violentas torpes, desmañadas, minúsculas, como reacción a aquello en lo que se ha convertido la violencia cinematográfica en los últimos tiempos. Creo que haber glamorizado la violencia es infantil y peligroso; le ha hecho perder su sentido. Quizá me pongo un poco moralista, y me suena a cliché de viejo protestón, pero me parece jodido, porque son los adolescentes los que consumen un montón de esas cosas. Me parece que ni siquiera es bueno para el cine: está haciendo perder un elemento brutalmente esencial a la narrativa, lo está pasteurizando, lo está convirtiendo en nada. La violencia ya no genera efectos”.

EL HOMBRE LOBO

Ahora, de cara al estreno (el próximo 15 de septiembre, el mismo día que empieza el Festival de San Sebastián, donde El aura participa en Competencia Oficial), Bielinsky dice que le gustaría hacer algo rápido, aunque confiesa que, al igual que cuando acababa de estrenar Nueve Reinas, no tiene la menor idea de qué es lo que sigue. Dice también que le gustaría ver más cine de género bien hecho en la Argentina (una bandera que por años supo llevar muy bien Adolfo Aristarain); dice, más específicamente, que le gustaría ver una de terror nacional realmente bien hecha. Pero que escribir no le resulta “ni sencillo ni agradable, no es para nada una experiencia fluida: ésta me resultó súper ardua, mucho más que Nueve Reinas”.

Tal vez todo dependa del aura. No de un ataque de epilepsia, claro, sino de esa “atmósfera inmaterial que rodea a ciertos seres”. A algunos autores, por ejemplo, capaces de inventar a un tipo que es taxidermista, epiléptico y que tiene (o delira con tener) algo así como una memoria fotográfica, y hacer con todo eso una de las mejores películas del año.

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“Me interesaba que en El aura lo violento no apareciera como un elemento voluptuoso, sensual y glamoroso, no como algo armónico y coreografiado. La violencia, si aparece, es para que tenga su verdadera connotación, como algo brutal y aterrorizante. Creo que haber glamorizado la violencia es infantil y peligroso; le ha hecho perder su sentido.”
 
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