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Domingo, 9 de octubre de 2005

PERSONAJES > PETE DOHERTY, EL ULTIMO ROMANTICO DEL ROCK

Retrato de romántico con heroína

Tiene 26 años y un pasado que ya lo debería haber enterrado. Está de novio con la mejor modelo del mundo. Los discos de sus bandas fueron celebrados por su belleza beatle y su energía punk. El es el tipo de estrella por la que existen los abismos generacionales. Y la historia de amor que está viviendo con Kate Moss es tan espectacular como enternecedora.

 Por Mariana Enriquez

Cuando The Libertines editó su primer disco, Up The Bracket, en 2003, algunos críticos entraron en éxtasis. No tanto por la excelencia musical ni por la originalidad de la banda; es que ese disco tenía algo mucho más importante para el rock –y sobre todo para el rock británico–: urgencia, energía ardiente, una inteligencia callejera pero, al mismo tiempo, cimentada en lecturas frenéticas; una banda que apestaba a bohemia y urbanidad. La revista Spin dijo: “Esta es música para gente pobre bien vestida”. Los compararon con The Jam y Oasis circa Definitely Maybe. También con The Clash, gracias a que Mick Jones produjo el disco, fascinado: “De vez en cuando aparece una banda así; uno sabe que son la “la” banda, todos lo saben, y yo quería estar ahí, también”.

El corazón de The Libertines era Pete Doherty –el hijo rebelde de un oficial del ejército británico– y Carl Barât, hijo de hippies, y bastante más cauteloso que su impredecible compañero. Se conocieron en 1996 y fueron de esos amigos íntimos en ebullición, incendiados entre libros de William Blake, Coleridge, Baudelaire, la Albión mítica de los poetas británicos y una forma de tocar repentista: shows en livings de casas, shows en burdeles, invitaciones personales a fans –que iban a los ensayos e incluso tenían los números personales de celulares del grupo–. Doherty y Barât habían aprendido además las lecciones de Manic Street Preachers: los dos fabulosos líderes de una banda fabulosa no son fabulosos sin apelar al homoerotismo, y así escribían canciones sobre su amistad y en vivo se quedaban con el pecho desnudo y cantaban abrazados. Claro, Doherty también apeló a las desapariciones míticas del rock; varias veces se ausentó de giras, con paradero desconocido, y sufrió varias expulsiones, ninguna definitiva. Mientras tanto, tomaba todas las drogas posibles (todas). Barât parecía muy complacido al principio, pero pronto la fantasía rocker de su compañero se fue al mismísimo diablo: en julio de 2003, cuando The Libertines estaba de gira por Japón sin Doherty –ausente sin aviso– Pete entró al departamento de su compañero en Londres, se robó una guitarra antigua, una laptop, un cd, y acabó en la cárcel por dos meses, denunciado por su ex novia y madre de su hijo, Estile. Cuando fue liberado, volvió a los brazos de Barât para grabar su segundo disco; pero antes de que estuviera terminado, Doherty ya estaba fuera de la banda, esta vez para siempre. Un último intento de rehabilitación en un monasterio tailandés no funcionó. Aparentemente escapó, se alojó en un hotel de Bangkok, y desde su habitación compraba heroína que le traía uno de los jóvenes empleados. Cuando se le terminó la plata, lo ayudó a salir del país una enamorada periodista del diario Bangkok Times. Volvió a Inglaterra, y Carl se lavó las manos: “Pete se va a morir o va a matar a alguien. No pienso volver a hablar con él”. Hasta el manager, Alan McGee –acostumbrado a los desastres gracias a su trabajo con Oasis– tuvo que tirar la toalla: “Son la banda más extrema con la que trabajé jamás. No es rocanrol. No sé lo que es. Enfermedad mental, probablemente”.

Pete Doherty, el chico delicado y salvaje, con cara de ángel y hábitos demoníacos, armó su propia banda, Babyshambles. Y era la oscura estrella de rock al borde de la muerte, un ícono de la juventud perdida, hasta que se convirtió en otra cosa. En un nombre habitual de los tabloides británicos; un nombre que aparece en todas las revistas del mundo pero no por sus malos hábitos o sus discos feroces, sino porque enamoró hasta la locura a la modelo más famosa del mundo, Kate Moss. Que ahora está internada en una clínica norteamericana de Arizona después de que paparazzi inescrupulosos le sacaron fotos tomando cocaína en el estudio de Pete; el escándalo es de una hipocresía espantosa, y es una pena leer que Kate tuvo que pedir “disculpas” por su “comportamiento”, y que las casas de moda más prestigiosas del mundo –Burberry, Channel, Rimmel– rescindieron sus contratos con ella, cuando antes, durante más de una década, habían celebrado su costado vagamente peligroso, su delgadez que inició el “heroin chic”, su alianza con el mundo del rock que le daba un brillo especial: el dúo con Bobby Gillespie de Primal Scream en “Some Velvet Morning” o su protagonismo bailando semidesnuda en el video “I Just Don’t Know What To Do With Myself” de White Stripes. Para la prensa, para los diseñadores, Kate era una nueva Jane Birkin, Marianne Faithful, Anita Pallengerg, con su elegantemente arruinado novio del brazo. Ahora le piden buena conducta. Y ella cumple –¿qué otra cosa puede hacer si quiere seguir trabajando?– mientras Pete la espera.

El amor y el veneno de Londres

Cuando lo entrevistó para la revista Interview, la periodista Ingrid Sischy escribió sobre Doherty: “Por gente como él existen los abismos generacionales. Hace tres años salió de la nada como el líder de The Libertines junto a Carl Bârat, y se convirtió en el rostro más visible de un grupo de músicos británicos que estaban enfurecidos por el éxito de la música fácil de escuchar, de las bandas tranquilas e inofensivas, en búsqueda de música más directa, más urgente y más visceral que les hablara a los chicos cansados de escuchar Coldplay con sus padres. A lo mejor fue su energía desatada, sus experimentos farmacológicos, o simplemente la belleza de sus composiciones –que toma tanto las melodías de los Beatles como los retazos nerviosos de The Clash– pero esos chicos eligieron a Doherty como otros chicos en otros tiempos eligieron a Robert Johnson y Jim Morrison y Sid Vicious y Kurt Cobain e incluso a Arthur Rimbaud, para que fuera su liberador”.

Peter Doherty tiene 26 años. Una edad perfecta para convertirse en mito del rock’n’roll. Es atractivo de una forma andrógina y delicada, y todo lo que se pone le queda perfecto hasta la histeria; es un póster caminante, medio punk, medio mod, medio fashion victim. Su actitud y su imagen son tan impactantes, tan reminiscentes de una época en que el rock no era ni U2 ni Keane que es imposible no rendirse a sus pies, aunque eso signifique caer en la romantización de sus excesos y, probablemente, de su sufrimiento. El problema es que Pete también vive en esa romantización, no sólo por sus devaneos como poeta, sino porque está convencido de que el camino de los excesos lo llevará a la sabiduría; insiste en el anacronismo con un candor impactante y seguramente sincero. Todo esto hace olvidar, a veces, lo buenos que son los discos de Libertines, y la importancia que tuvieron para sacudir al abúlico mundo del rock británico –porque es francamente vergonzoso que lo mejor que pueda entregar la isla sea el aburridísimo Chris Martin–. Up The Bracket tiene canciones hermosas: la balada fracturada y acústica “Radio America”, o la muy Clash –pero con algo diferente, más sensiblero en el mejor sentido– “Tell the King”. El segundo y caótico disco, titulado como la banda, es todavía mejor: un desvergonzado testamento de la desintegración de una amistad, una banda y, en definitiva, un sueño de juventud eterna: mucho menos punk y más melodioso que Up The Bracket, con armonías más complejas y un fondo de nostalgia detrás de los grititos y la urgencia que lo elevan a clásico, incluso si no fuera el testamento de la debacle.

Gran disco, gran final, y Pete intentó salir adelante con su nuevo grupo Babyshambles, pero al principio cada show era suspendido –en una oportunidad los fans, cansados de esperar, se subieron al escenario vacío para destrozar y robar equipos valuados en 50 mil dólares. Por otro lado, The Guardian votaba a The Libertines la banda del año, New Musical Express elevaba a Pete a Icono Cool de año y en el disco se lo escuchaba cantar “Qué se hizo de los sueños que teníamos”. Enloquecido, a principios de 2004 Pete robó el auto de su dealer de heroína, que tenía varios miles de libras escondidas en el baúl. De esa circunstancia escapó sin encontrarse con la ley –el dealer sencillamente lo colgó de un balcón por las piernas para que el dinero, si lo tenía encima, cayera de sus bolsillos hacia la calle– pero poco después le dieron una sentencia de cuatro meses en suspenso por llevar una navaja. Cuando se presentaba en televisión, seguía siendo encantador: tocaba la guitarra, recitaba poemas –a los 16 años, su poesía le ganó una beca de intercambio cultural en Rusia– y enamoraba a las conductoras. Su posición era extraña: con sólo dos discos, su carrera –y su propia vida– ya tenía una biografía no autorizada: Kids in The Riot: High And Low With The Libertines. Allí, entre otras cosas le decía al autor Pete Welsh que antes de ser famoso les hacía favores sexuales a “maricas viejas” por veinte libras.

Pero si algo comprendieron The Libertines y Pete en particular es que crear una mitología es tan importante como crear una banda: entre los “rumores” sobre el grupo se encuentran cosas como éstas: que Pete y Carl vivieron con una prostituta anoréxica antes de ser famosos y ella, enamorada de Carl, trató de matar a Pete con unas tijeras; que Pete fue homeless; que cuando era homeless vivía dentro de una guitarra gigante de utilería; que quisieron formar una guerrilla pero se conformaron con una banda. Pete siempre se ríe y nunca confirma ni niega nada; parece vivir —según se lo ve en entrevistas, o se lo lee– en un mundo extraño, no sólo de químicos, sino de vagas ensoñaciones. Hace unos meses le decía a Vanity Fair: “Tuvimos una visión. Albión es el nombre de un barco en el que viajábamos. Y Arcadia, el destino: el reino de los sentidos, un lugar idílico, donde olvidar las dudas”.

Señor de Moss

Kate, la musa de tantos, desde Johnny Depp a Calvin Klein, invitó a Pete el terrible a su fiesta de cumpleaños nº 31. Aparentemente se sentía halagada porque él le había dedicado una canción en el último disco de The Libertines, “What Katie Did”. No la conocía entonces, pero como todo niño rocker inglés –¿y del mundo?– soñaba con ser el consorte de la bella. Dicen que nunca más se separaron, salvo cuando Pete fue hasta el hotel donde se alojaba el documentalista y fotógrafo Max Carlish para molerlo a palos: había vendido fotos de Doherty fumando heroína al tabloide Sunday Mirror por 60 mil libras. Pete y algunos amigos no sólo le pegaron: se robaron la billetera del traidor y él volvió a prisión, aunque lo liberaron pronto con una fianza de treinta mil libras. Estuvo sólo seis días en una celda, y salió diciendo que los soportó “pensando en Kate”. Dice que Kate le salvó la vida: hace algunos meses, hasta consideraba implantarse naltrexona en el abdomen, un método para disminuir el efecto de los opiáceos, por sugerencia de su novia. Desde su romance con Kate, su visión romántica sobre las drogas, al menos para la prensa, cambió un poco –siempre en los cándidos y delirantes términos de Doherty–: “Las drogas son algo muy egoísta. Va contra todos los asuntos centrales de las cosas en que creo: el sueño arcádico de la liberación de los sentidos, de no oprimir a nadie ni ser oprimido”.

El romance explosivo incluyó peleas públicas y privadas; Kate echó a Pete de su casa varias veces, sólo para ceder poco después. Anita Pallenberg, la rehabilitada pareja de Keith Richards durante casi veinte años, y madre de sus dos primeros hijos, se convirtió en consejera de Kate. Por lo demás, era una historia de amor intensa pero habitual –es decir, ¿cómo podría ser de otra manera si ellos eran los protagonistas? Hasta que la constante persecución y la obsesión de toda Inglaterra por los hermosos y malditos quebró los límites y tomó esas fotos de Kate. Y no sólo eso: también pusieron al aire el video. Mientras tanto, Pete intenta hacer una gira con Babyshambles, pero la semana pasada ya cayó arrestado por posesión de drogas, después de suspender un show con entradas agotadas en la Universidad de East Anglia. Es imposible despegarse de la sensación de que en esta persecución hay algo de castigo. Que paguen por sus privilegios, su inaccesible mundo de glamour y fantasía; que se enderecen y dejen atrás las noches salvajes. El futuro, mientras tanto, es incierto: si Kate vuelve a Inglaterra –estará en una clínica de Arizona por un mes– pueden arrestarla. Mick Jones de The Clash, que estaba en el estudio con la pareja la noche de las infames fotos, puede ser llamado a declarar. Y Pete, que no puede comunicarse con Kate, tampoco parece poder completar un solo show con su nueva banda. De toda la cantidad de declaraciones de apoyo (de Sharon Stone, de Sadie Frost, de Heather Mills) y de hipócritas y envidiosas condenas, se destacó Sarah Doukas, la manager de Kate desde hace dieciocho años: “Kate no está en el país, Pete está aquí en Inglaterra, y por ahora no se pueden ver. Pero no sé qué pasará en el futuro. La relación me preocupa. Pero cuando dos personas están tan enamoradas, no van a escuchar lo que nadie les diga”. Y está bien que así sea. La canción de The Libertines “What Katie Did”, que Pete escribió cuando todavía no conocía a su novia, parece, ahora, extrañamente profética: “Oh, qué vas a hacer, Kate/ Sos una chica muy dulce/ Pero el mundo es muy cruel/ Y mis alfileres de gancho no son muy fuertes, Kate/ Apenas alcanzan para sostener mi vida/ Decí lo que quieras, pero no me dejes colgado/ Cualquier cosa que digas será todo lo que ellos quieran escuchar”.

Qué bueno, cuánto sabor a victoria, ojalá les tapen la boca a todos. Qué ganas de un final feliz. Y que sea como Kate y Pete quieran.

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“Son la banda más extrema con la que trabajé jamás. No es rocanrol. No sé lo que es. Enfermedad mental, probablemente.” Alan McGee, el manager de Libertines
 
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