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Domingo, 4 de diciembre de 2005

El abuelo en Buenos Aires

 Por Alfredo Bryce Echenique

Para escribir estas líneas he puesto uno de sus inmensos relojes de bolsillo sobre mi mesa de trabajo. Tuvo treinta y uno, porque siempre usó uno distinto cada día del mes. En fin, que al abuelo materno le gustaba eso que llamamos las apariencias, qué duda cabe, y treinta y un bastones tuvo y treinta y un pares de zapatos hechos a la medida, por el problema aquel de tener unos pies tan largos como trainera de regata Oxford-Cambridge y tan estrechitos como un alfiler. Le encantaba eso de ser muy flaco y tan alto y huesudo ya que por ello le llamaban El Caballero de la Triste Figura y era bueno hasta el punto de aceptar sin rencor alguno que su amigo don Felipe Barreda y Bolívar fuese bastante más alto que él, por la sencilla razón de que mi abuelo, al encontrarse en público con su amigo, no sólo se crecía ante la adversidad sino que literalmente crecía todos los centímetros que se rebajaba y encogía don Felipe hasta lograr esa mezcolanza de empate y pacto de honor de la que dan testimonio muchas fotos de aquellos años y, entre ellas, la que tengo aquí a mi lado también, junto al fabuloso Ulisse Nardin de leontina y oro, “Unico Premio de Honor, Concurso Internacional de Puntualidad, Ginebra, 1876”.

Yo quise con pasión y ternura a ese viejo que remaba a los ochenta años y que era capaz de cambiarse, sin que jamás nadie se diera cuenta, hasta tres dentaduras postizas en un banquete de palacio de gobierno. El tiempo le ha dado totalmente la razón en la única explicación que dio acerca de sus neuromaniáticas hazañas: “Yo siempre he tenido problemas con lo postizo”. Y cuantísima razón le ha dado el tiempo al abuelo materno en otra de sus categóricas aseveraciones: “No trato de justificar mis dispendios. Sólo les aseguro que no soy lo suficientemente rico como para comprarme cosas baratas”. En Francia, llevé una vez a limpiar su Ulisse Nardin, el veintiúnico entre todos sus relojes de bolsillo que ha quedado en la familia. Tras haber abierto, unas tras otras, sus tapas y más tapas finísimas –parecía un libro redondo con páginas de oro–, y tras haberse asomado y hasta asombrado, el relojero montpellierino exclamó: ¡Monsieur!, y siguió exclamando con su acento regional que en su vida había visto joya tan magnífica y que, por ninguna razón del mundo, donde quedaban aún seres tan honrados como él, podría limpiar ese reloj sin antes pasar por un notario: “A mí me puede partir un rayo esta noche, monsieur, y no quiero morir con la conciencia negra de pensar que usted no ha recuperado su Ulisse Nardin”. En fin, qué no pasó aquella vez en Montpellier, por haber querido yo sacar a pasear a Ulises para que me lo desempolvaran un poco.

En el reverso de la primera placa posterior de mi heredado tesoro, dice: “A don Francisco Echenique, sus compañeros del Banco de Londres y Río de la Plata, en ocasión de su enlace. Buenos Aires, 4 de mayo de 1912”. He tiritado de frío, en París, he lavado platos, en Mykonos, no pude mandar una carta de amor a Lima, allá por el ‘65, he tenido hambre, en Italia, pero aquí sigue el reloj conmigo y a veces lo visito en su escondite y le doy cuerda mientras le cuento cómo y por qué nunca lo pude vender: “Tu dueño nunca fue lo suficientemente rico para comprarse cosas baratas”, le explico con la garganta anudada y todo, mientras él me observa desdeñoso, semejante a los dioses. Después, ya para mí mismo, mientras cierro el escondite absurdo, tierno, sentimental e inútil, me voy diciendo, como quien se da ánimos: “Y tú nunca fuiste lo suficiente desalmado como para vender a tu abuelo tan querido, el de la increíble historia de por qué en Buenos Aires se enamoró de una peruana porque lo oyó decir plátano, en vez de banana”.

Llegué por primera vez a Buenos Aires en 1990 y, como era mi obligación y además porque lo deseaba de todo corazón, ya que es la gente más divertida y encantadora del mundo, fui a visitar a la familia de mi abuela materna. De los primos de mi edad, sólo estaba Beatrice. Sus hermanos Fernando y Miguel Angel viven en Bariloche y en Salta, respectivamente. Laurita, su madre, viuda de mi tío carnal Guillermo Basombrío, decidió reunir a la familia, en mi honor. Beatrice se encargó de prepararlo todo porque hoy de todo aquel pasado tan sólo les queda Nanny, la gobernanta irlandesa, pero a Nanny más bien la gobiernan ellos por lo ancianita que está la pobre. De la encantadora mansión de la calle Ayacucho, hoy tan sólo quedan los encantadores parientes que se reunieron en un departamento de la calle Rodríguez Peña.

Desde ahí, Laurita, sin un solo empleado, una sola secretaria o un solo fax, administra fabulosas estancias de gente que prefiere confiar en sus ochenta y tres años (entonces) de amistad que en el mejor administrador de lo que sea. He llegado caminando desde el pésimo hotel Bauen, en la calle Callao. Como Vallejo cuando decía: “Me pongo la corbata y vivo”, me he puesto mi Ulisse Nardin y he caminado loco de contento, emocionado y aleontinado, por decirlo de alguna manera que brille como mi relojazo chillandé por calles que caminó, señorón, don Francisco Echenique Bryce. Estoy en la puerta y procedo.

Y ya estoy adentro, sentado y familiar, y ya han sacado un ratito a Nanny, que se tiene que acostar temprano, para que salude al pariente peruano y se llene de recuerdos y temblor. La acuestan cuando la memoria se le va por Lima hasta su Irlanda natal y he quedado en una sala tocada por el XIX, ante una mesa baja y amplia sobre la cual reposa el azafate con las empanadas y varias garrafas de vino. Lampedusa era un gatopardito al lado de lo que estoy viendo y oyendo, dulcemente acribillado por la nostalgia y el cariño. Habló, por fin, el tío Manolito.

“Era un tipo lindo, tu abuelo, pero aquí en Buenos Aires no pudo quedarse porque al final ya andaba quebrado. Con su odio por todo lo postizo, hasta interrumpió directorios de bancos parar repetir aquello de que se decía plátano y no banana. Y al pobrecito el banana le caía pésimo pero a diario entraba a un restaurant y, zuá, le soltaba al maître su eterno ‘Tráigame usted un plátano, por favor, uno de esos que ustedes llaman banana’. La cosa acabó mal, pobre Francisco. Un día entró a una confitería con el dinero justo para un café. Pero lo descubrieron mil damitas de la sociedad y tuvo que invitarles de todo. Abrumado y sin que ellas lo notaran, siquiera, se dirigió a la caja a pagar con uno de sus famosos relojes. Y se topó con un mozo mucho más alto que él y que le dijo: ‘Mire, don Francisco, aquí ya todos estamos hartos de que se diga plátano y no banana, pero es usted un caballero y yo no le voy a aceptar su reloj’.”

Déjenme contarles yo mismo el desenlace porque, desde aquella noche con mis parientes de Buenos Aires, a mi abuelo simplemente lo adoro. Viéndolo nuevamente sentado a su mesa, el mozo mucho más alto que él le trajo un platino lleno de pesos, para que sus acompañantes creyeran que ya había pagado y que le estaban dando su vuelto. Generoso, como siempre, mi abuelito miró al mozo gigantesco y, acercándole serenamente el platito lleno de monedas, le dijo:

–Quédeselos de propina, nomás.

Este episodio pertenece a Permiso para sentir, el segundo tomo de memorias del gran escritor peruano Alfredo Bryce Echenique que Planeta acaba de editar en Argentina.

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