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Domingo, 4 de diciembre de 2005

CINE1

Amores patos

Celebrada en infinidad de festivales durante los últimos dos años, llega Temporada de patos, una película independiente y mexicana, que lejos de la grandilocuencia de sus compatriotas estrenadas por acá, captura la soledad y la angustia adolescente, el afán de volar de la casa familiar y la nostalgia que esa época deja años después. Todo envuelto en un rarísimo aire rioplatense.

 Por Mariano Kairuz

“Un personaje en el que nos vemos reflejados muchos de nosotros entre los 30 y 35 años, cuando nos damos cuenta de que nuestra vida actual no es lo que queríamos cuando éramos adolescentes.” Con estas palabras, el cineasta mexicano Fernando Eimbcke describió al único protagonista adulto de su opera prima Temporada de patos, película que recorrió infinidad de festivales entre el año pasado y éste (incluidos el de Mar del Plata y el Bafici 2005) y que esta semana aterriza en la actualmente demasiado pasiva cartelera porteña. Con estas palabras, también, confirma la sinceridad del proyecto: lo que en principio podría parecer otra película “sensible” sobre la adolescencia (un tema favorito del cine independiente con ambiciones festivaleras) adopta una perspectiva personal sobre ese túnel oscuro que incomunica la infancia con la adultez. Es decir, adopta la perspectiva de alguien que sabe que ya no puede ver todo aquello sino desde cierta distancia, y entonces no intenta pintar la adolescencia desde afuera, sino que incorpora un personaje –ese personaje de treinta y pico– y desde él intenta recuperar algo, algo que parezca remotamente cierto acerca de qué es lo que queda de la adolescencia cuando ya se la ha dejado bien atrás.

Destinataria de algunas comparaciones algo apresuradas con el cine de Jarmusch (por sus tiempos, quizá por algún diálogo e indudablemente por su blanco y negro), Temporada de patos transcurre a lo largo de un único día en un único ambiente: un departamento ubicado en un complejo habitacional en Tlatelolco, en el DF mexicano. Sus dos protagonistas más jóvenes, los extraordinariamente naturales Diego Cataño y Daniel Miranda, interpretan a Moko y Flama, respectivamente, el par de amigos que, decididos a pasar un domingo entero a sus anchas (es decir, a pizza, Coca Cola y papas fritas, frente a un fútbol de playstation) en el departamento de uno de ellos, ve sus planes alterados por la intrusión de una vecina que les pide prestada la cocina, y de un repartidor de pizza a domicilio que planea acuartelarse con ellos hasta que le paguen el pedido. Los recurrentes cortes de luz, además, obligan al cuarteto a interactuar y encontrar formas de matar el tiempo. El tono de lo que vendrá está anticipado desde una escena temprana que le fue sugerida a Eimbcke por los chicos: cuando Moko y Flama se sirven sus enormes vasos de gaseosa midiendo la espuma “a dedo”, ponen en escena rituales más infantiles que de adolescentes hechos y derechos, predisponiéndolo todo para un pequeño, pudoroso relato de casi-iniciación.

A todos los acosa una angustia que tiene que ver con la soledad, pero Ulises es ese personaje que le permite a Eimbcke conectarse más personalmente con lo que está contando. Ex estudiante de etología que renunció a su trabajo en una perrera por un problema de conciencia, ahora asfixiado por la necesidad económica, Ulises lleva un tiempo lucubrando un plan para acceder a su libertad. A una libertad como la que ansía la adolescencia: desprenderse de algunas responsabilidades familiares y arrancar con su vida de una vez por todas. Pero incluso su proyecto económico para ganarse esa independencia suena un poco a fantasía adolescente.

Los planos iniciales de Tlatelolco proveen un enclave real, suburbano, a una historia que apela a públicos no exclusivamente mexicanos o latinoamericanos. Para algún crítico, se puede ver en Temporada de patos el reflejo de cierto cine rioplatense –a la manera de la uruguaya 25 watts o quizá del universo adolescente argentino del cine post Rapado– antes que una narración específicamente mexicana. Esa percepción podría deberse a que los únicos títulos de esa procedencia que llegaron a las salas argentinas en los últimos años, fuera de algunas bobadas de “producción industrial”, fueron la intensísima y desmedida Amores perros y la muy pretenciosa Japón. Como fuere, Temporada de patos sí da lugar a cierta empatía, y permite vincularse, al menos por momentos, con su idea de abulia suburbana, con el candor de sus personajes, con sus ansiedades,e incluso con esa idea que propone el óleo del que proviene el título de la película, uno de una bandada de patos que migran, volando en V sobre un pantano. Es decir, con esas ganas de abandonarlo todo y salir corriendo o volando lejos, hacia algún otro lugar.

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