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Domingo, 15 de enero de 2006

EL AUTOR SECRETO DEL ROCK NACIONAL

No le pidan que no sea un inconsciente

Vendió estéreos, fue repositor de supermercado y vendedor inmobiliario, trabajó en publicidad, en una fábrica de azúcar y en una secretaría gubernamental, y se financió con actividades no del todo sanctas. Pero en ningún momento dejó de componer, y por eso hoy medio país, medio continente y media España escuchan, cantan y corean sus canciones, sin tener idea de que son suyas. Ahora, el hombre que durante más de veinte años ha sido el socio creativo de Andrés Calamaro, y que viene componiendo hits con él, desde el inaugural “Mil horas” hasta “Estadio Azteca”, pasando por las vertiginosas noches de “El Salmón”, saca su primer disco. Y como para celebrar que el autor secreto del rock nacional finalmente da un paso al frente, lo acompañan todos los grandes. Con ustedes, Marcelo “El Cuino” Scornik.

 Por Martín Pérez

“Tengo el alma dorada y los ojos rojos/ Y las manos verdes en la guitarra/ Quiero hacer muchas cosas pero no puedo/ Porque vivo pegado en la Capital/ Ay ay ay ay/ Quiero a todas las flores del Paraguay.” Así como dicen que todos los caminos conducen a Roma, toda pregunta que se le haga al Cuino, su respuesta va a perderse por un largo camino, y seguro que va a terminar en una canción.

Si se le pregunta, por ejemplo, por esos dientes que presentan la tapa de su flamante disco debut como solista después de más de dos décadas de rock y de componer canciones, la respuesta se paseará por un comentario incluido en el texto de su compinche Andrés Calamaro incluido en el disco, por cómo eso disparó las ideas del diseñador Nebur, por cómo lo conoció allá por los años ’80 y entonces llegará el recuerdo de la participación de Nebur en un grupo llamado los Hermanos Clavel, que cantaban una canción llamada “Las flores del Paraguay”. Después, sí, vendrá el recitado y, si cronista y entrevistado tuviesen los vasos llenos de algo más espirituoso, seguro también el brindis y el abrazo.

“Al futuro hay que agarrarlo con los dientes”, canta el Cuino en “La cocina salteña”, el tema más Salmón de los incluidos en ¡Basta Cuino!, y actúa en consecuencia. Ahí está la dentadura solitaria en la tapa del disco, anunciando el futuro inmediato, ese que el ocasional escucha va a degustar apenas ponga el disco de rigor en su reproductor de compactos. “El chiste de los dientes nace en realidad de una frase que está en el texto de Andrés, que es medio una mojada de oreja a los Stones. Pero en chiste, claro, porque no podemos ni debemos mojarles la oreja. La idea de Nebur fue: ustedes tienen la lengua, nosotros tenemos los dientes.” Claro que en la mente de Nebur también debe estar el hecho más comentado en la noche rocker porteña: que el Cuino se hizo dientes nuevos. “Me hice todo el comedor el año pasado”, confirma el Cuino. “Y estoy muy orgulloso de haberlo hecho. Porque anduve años con la dentadura cada vez más rota, hasta que terminé hablando tapándome la boca.”

Con disco y dientes nuevos, entonces, Marcelo Scornik ya no se tapa la boca al hablar. Rocker y militante desde su más tierna edad, el Cuino es casi el eslabón perdido de aquella juventud que apenas si se asomó a los ’70 y, cuando se quiso acordar, ya estaba inaugurando los ’80. Fue repositor de supermercado y vendedor inmobiliario, trabajó en publicidad, en una fábrica de azúcar y en una secretaría gubernamental, y también en otros menesteres más allá del Código Penal, pero nunca dejó de escribir canciones. Autor de algunos de los temas más famosos de Andrés Calamaro, compuso también para Man Ray, los Ratones Paranoicos e incluso el hit “No me nombres” para Javier Calamaro. Después de despedir los ’90 buscando siempre una canción nueva en El Salmón y más allá, y también de haber escuchado a más de veinte mil personas corear sus temas más salmones antes de fin de año en el Obras al aire libre de su compinche Andrés, el Cuino tiene disco propio, en el que no falta ningún invitado de lo más representativo del rock nacional.

“Me llaman Cuino, siempre anduve por ahí”, canta en el tema que es su presentación y que prácticamente cierra el disco, en el que hacen coros Tito Losavio, Hilda Lizarazu y Javier Calamaro. Y después agrega, con mucha razón: “No te conozco, pero seguro que vos, a mí, sí”.

*

“No es tan especial la relación entre nosotros/ tan personal, tan prohibida/ Este amanecer y haberte visto hace poco/ fue sensacional/ Pudo haber sido...”, canta el Cuino, y ahí avisa que entonces terminaba el ritmo abolerado, cambiaba el ritmo, y venía la frase: “La otra noche te esperé bajo la lluvia...” El recitado sirve como respuesta a si es verdad que “Mil horas”, aquel exitazo de los Abuelos de la Nada, tenía o no originalmente un comienzo que fue dejado de lado a la hora de grabar. Largamente renegado por Calamaro, que llegó a decir que él no debió haber cantado jamás en los primeros discos de los Abuelos ya que los arruinaba, “Mil horas” fue cantado por primera vez por Calamaro en su carrera solista en el último Obras al aire libre con el que terminó su año de regresos. “Aunque en el momento que lo hicimos ya existían los Abuelos y era lógico que lo que escribiese terminara allí, no recuerdo estar en ese momento escribiendo un tema para los Abuelos”, recuerda el Cuino, que dentro de los Abuelos apenas si era el amigo de Andrés y de Melingo. Recuerda, sí, haberse fascinado con Miguel Abuelo, tiene unas palabras galantes hacia Polo Corbella, y aclara que ni Cachorro López ni Bazterrica eran de regalar fácil su amistad. “Lo que sí me acuerdo es que lo arrancamos una vez, y varios meses más tarde, cuando entro en su cuarto en la casa de sus padres, Andrés me hizo escuchar esos acordes de piano tan característicos que marcan el comienzo de la versión definitiva del tema. Ahí le metí unas partes y cambié alguna que otra cosa. Por ejemplo: sé positivamente que el ‘si te preguntan, vos no me conocías’, es mío. Porque por aquel momento yo ya había estado preso, o si no era premonitorio. Después de todo, siempre tuve la conciencia de que la policía o los servicios eran el enemigo.”

A la hora de echarle la culpa de todo a alguien, el Cuino Scornik asegura que esos laureles se los lleva su padre. Rocker y militante: así describe el Cuino a su progenitor, un psicólogo que supo ser docente y debió exiliarse en México con la dictadura. “Mi primer disco de rock fue un regalo de mi viejo”, recuerda. “En la época en que todos los padres progres les regalaban a sus hijos Sargent Pepper’s de Los Beatles, yo recibí Sus Majestades Satánicas, de los Stones... ¡Con la tapa 3D!” En su temprana adolescencia setentista, el Cuino militó políticamente y también supo ser rockero, dos actividades que no solían ir de la mano en esa época. Estuvo en Devoto cuando el gobierno de Cámpora liberó a los presos políticos, y en Ezeiza cuando llegó Perón; pero a los diez u once años ya había engañado a la muchacha que trabajaba en su casa para que lo llevara al Festival Pinap, y estuvo en Adiós Sui Generis y en aquel Luna Park donde Billy Bond dijo eso de que “a la violencia hay que responderle con violencia... ¡rompan todo!”. “Mi primer porro y mi debut sexual fueron la noche de Santana en San Lorenzo”, recuerda. Pero también recuerda que su supervisor político le llamó la atención porque lo habían visto fumando el tan prohibido porro.

Esas contradicciones terminaron cuando se instaló en México, y tuvo una juventud protoyanqui, con six pack cervezal y un auto preparado al que aceleraba mientras ponía al mango el estéreo con Deep Purple, Zappa o los Stones. “Tuve mucha plata porque movía porro y vendí estéreos”, recuerda. “¡Hasta me pagué un viaje a Europa! Era tan vago de mierda que ni se me hubiese ocurrido ser músico de rock ni necesitaba ser un pibe chorro.”

¿Por qué el rock, Cuino?

–(larga pausa) La verdad que no sé por qué...

Porque sí es una buena respuesta...

–Entonces porque sí (risas).

Aquella vida se terminó cuando, persiguiendo a una novia chilena, el Cuino regresó a su Buenos Aires No Tan Querido y terminó lamentando no tener su auto y viviendo en lo de sus tíos, un departamento ubicado en el mismo edificio de Barrio Norte en donde aún hoy viven los padres de Calamaro. “Por eso me hice tan amigo de él”, calcula. “Porque tuve un problema con la ley y fui en cana, y cuando salí estaba tan paranoico que no quería salir a la calle. Pero como para verlo a Andrés no hacía falta cruzar la puerta de calle, empezamos a vernos seguido.” Ahí se armó la Elmer Band sólo para tocar en un boliche vecino, un restaurante francés muy fino que en la trasnoche devenía antro punk. Los compañeros de escena eran los Violadores, los Laxantes y Trixi y los Maniáticos, y recelaban de la Elmer porque de punk tenía muy poco. “Por entonces ya existían temas como ‘Así es el calor’, ‘Fabio Zerpa tiene razón’ y ‘Amor iraní’”, confirma Calamaro vía e-mail. Aquella reencontrada amistad dio su primer fruto musical en público con “Mil horas”, aunque su autoría en el disco de los Abuelos sólo fue atribuida a Calamaro. “Pero Andrés no me cagó ni mucho menos, como bien puede malpensar cualquiera. Porque me ofreció un muy buen arreglo, que yo no acepté ya que cuando esto sucedió ya estaba muy bien instalado económicamente. Pero le exigí que pagase la fiesta cada vez que cobraba, y así lo hizo.”

*

“No me pidas que no sangre/ si aún el cuchillo no sacaste de mí/ No me pidas que use cicatrizante/ dame días, dame meses”. Así arrancó el tema por la radio del colectivo semivacío, y las chicas secundarias que compartían asiento se miraron entre ellas en silencio. Hasta que una le dijo a la otra: “¿Te imaginás que alguien te escriba una canción así?”. Sentado en el asiento detrás de ellas, el Cuino asegura que quiso sacar su documento de identidad para mostrarles a las chicas que ese tema era suyo. Y que aquella escena terminó de reconciliarlo con “No me pidas que no sea un inconsciente”, el éxito con el que comenzó la carrera solista de Andrés Calamaro, que aquella vez sí llevaba consignada su autoría. “Me acuerdo de que, originalmente, la letra del tema incluía el nombre de la mujer que, sí, me había roto el corazón.”

A pesar de que hubo otro tema con su firma en algún subsiguiente disco solista de su amigo Andrés –“No te bancaste”, en Por mirarte– el Cuino confiesa que por entonces aún no se sentía letrista ni compositor ni nada de eso. Eran las épocas del vendedor inmobiliario, la fábrica de azúcar, la publicidad. E incluso, un poco después, de organizar la Bienal de Arte Joven que se realizó en Puerto Madero. “Era como Amsterdam”, recuerda con orgullo el Cuino. “Vi gente haciendo el amor en las esquinas.” Con orgullo recuerda también su primer encuentro con Charly García, allá por los tempranos ’80. “Estábamos sentados a la misma mesa, y no para jugar a las cartas”, cuenta. “Por esas cosas de los turnos, resulta que a mí siempre me tocaba jugar antes o después de él, y en un momento no aguanté más y le dije que me había mojado haciendo la cola para ver Adiós Sui Generis. Debe haber pensado que era un pesado, pero con el tiempo terminó autodenominándose padrino platónico de mi primera hija, Antonella.”

Entre la mayoría de protagonistas de los ’80 que campean por ¡Basta Cuino! –Pipo Cipolatti, Adrián Otero, Miguel Zavaleta y siguen las firmas– por supuesto que no podía faltar Charly. Pero no canta un tema del Cuino como los demás, sino que hizo lo que quiso. En este caso, una versión de “Sucio y desprolijo”, de Pappo. “Tenía listo para él un tema que cuando escuches el título te vas a dar cuenta que era para Charly. Se llama ‘El culpable ideal’ y dice: a veces/ de cualquier manera/ por el camino que sea/ el culpable soy yo. Pero llegó hecho una tromba y ni siquiera llegué a pasárselo. ‘Dejame jugar una horita y después hacés lo que querés’, dijo cuando se dio cuenta de que yo estaba enojado. Pero la horita se hicieron cuatro, y cuando había terminado de jugar ya eran las siete de la mañana y había hecho lo que hizo.” Cuenta el Cuino que la presencia de García y Calamaro en su disco hace que todo el mundo le pregunte por la disputa pública entre ambos. “Pero, como dije más de una vez, una cosa es ser un zarpado y otra muy distinta ser un maleducado. Y yo puedo ser muy zarpado, pero es de maleducados opinar sobre una pelea entre otras dos personas. Apenas alcanzo a decir que no puedo creer que hayan dejado crecer tanto esa disputa bajo la luz pública. Pero también eso me parece una vergüenza comentarlo.”

*

“Prendido a tu botella vacía/ esa que antes tuvo gusto a nada/ apretando los dedos, agarrándome, dándole mi vida/ a ese para-avalanchas”. Cuando escuchó por primera vez esos versos que abren “Estadio Azteca”, grabados en el disco El Cantante, el Cuino confiesa haber tenido momentos de bronca. Pero no porque reniegue de la versión gitana, sino porque le duele que no exista el disco para el que fue grabado originalmente, o que debería contenerlo. Un disco, o doble o triple, que contuviese los temas compuestos después del heroico cometido de El Salmón. “Pero si bien ese disco que no existe es nuestro disco, en cuanto a interpretación es el disco de Andrés”, concede el Cuino. “Pero no puedo negar que me resultaron raros esos temas contextualizados en medio de tantas versiones. Tengo la versión original, y la escucho cada tanto con cierta nostalgia”, asegura quien supo sumarse al vendaval compositivo de Calamaro durante la grabación de Honestidad brutal y se puso a su lado durante todo el camino que llevó a El Salmón y también a todo eso que no fue, que vino después.

Por aquellos días, los periodistas que solían acercarse a Deep Camboya, el nombre de aquel estudio casero y en llamas ubicado al fondo y arriba del departamento de Calamaro, solían ser sometidos a una larga sesión de escucha de cintas y cintas. Si el periodista se quedaba suficiente tiempo, incluso podía ver de primera mano cómo se hacía una grabación, y hasta participar de ella. Luego de presenciar la escritura a repetición de alguna letra en algún cuaderno espiralado, o la investigación de cancioneros varios apilados en un rincón, también podía llegar el pedido de una letra. Ante el mínimo titubeo, Calamaro respondía: “¿Ves? Al Cuino nunca le faltan”.

“Lo que nos impulsaba por entonces era el deseo de no querer dormir. Porque difícilmente el momento de despertarse iba a ser tan bueno como ese momento en que te quedaste dormido. Y con el correr de las canciones y los días, se transformó en algo heroico, que tenía que ver con mojarle la oreja a todo el mundo. Teníamos charlas donde hablábamos de grandes autores, compositores, músicos, colegas, amigos... por ahí te los encontrabas y te decían: ‘Escribí una canción’. Nosotros decíamos: ‘¡Una canción! Nosotros una canción te la escribimos en un rato’. ¡Hacer sólo una canción por día para nosotros era un fracaso!”

A pesar de tanto prólogo, recién cuando estuvo subido a ese vendaval fue que el Cuino se sintió un compositor hecho y derecho. “La verdad que fue cuando grabamos ‘Hacer el tonto’ en Honestidad brutal que pensé por primera vez que podía vivir de esto. En la locura de ese tiempo, pensé que un tema que reuniera a Calamaro y a Maradona tenía que ser un éxito. Aún hoy me acuerdo que por primera vez en mi vida aquella rendición de Sadaic fue de $ 0,00”, cuenta y se ríe con ganas. Una ajustada cronología de aquella furiosa época lo pone al Cuino como invitado en apenas dos temas de Honestidad brutal, pero como protagonista luego en El Salmón, un disco que se grabó sin pensar en hacer un disco. “Por esas cosas que pasan cuando uno hace canciones, vive con el volumen muy alto y no se guarda sus malos humores, terminamos cambiando la geografía y fuimos a seguir grabando en un apart hotel”, recuerda el Cuino, que devino en socio artístico, amigo y contacto con la realidad hotelera. “Conseguimos una habitación doble, con un cuarto y un living para Andrés y su pareja en aquel entonces, que se comunicaba por dentro con mi cuarto. En el living armamos el estudio, que era Camboya Cheto. Por eso hay un tema en El Salmón que se llama ‘Empanadas de vigilia’, que dice ‘Mi vida se divide en tres piezas, en una tengo dos de las tres cosas’, que era la mía, donde tenía sexo y drogas. Y después, cuando dice ‘En otra rocanrol y en otra no me toca’, estoy hablando del living y de la habitación de Andrés y su chica.” Después del apart hotel y del Salmón, Calamaro y el Cuino siguieron haciendo canciones “porque yo seguía yéndome de mi casa, porque seguíamos sin querer dormir y porque las canciones salían cada vez mejor”. Algo que las tres sobrevivientes de esa época que asomaron en El Cantante –“Estadio Azteca”, “Las oportunidades” y “La libertad”– atestiguan mejor que nadie. “Yo creo que ese disco que yo te digo que no fue pero desearía que hubiese sido no salió porque había que seleccionar canciones. Ya estamos para la caja de diez, le decía por esa época a Andrés, como buscándolo. Me acuerdo que a veces nos peleábamos, y él me decía: a ver, tratá de seleccionar vos quince canciones. Y me resultaba algo imposible.”

*

“En nuestra vida real/ siempre fuimos decadentes/ tuvimos la libertad/ apretada entre los dientes/ alguien cantó no va más.” El Cuino dice que, de sus canciones más recientes con Calamaro, tal vez la gente cante más fuerte “El Salmón” o “Estadio Azteca”. Pero que “Clonazepán y circo” sea coreada por el público es algo que lo sorprende. “Porque es una canción que nunca se tocó en vivo, y que casi ni se escuchó”, explica de una letra que escribió a medias con Calamaro, editada originariamente en Honestidad brutal. Algo así como el himno del rocker a contramano, es una letra muy políticamente incorrecta. “Además, la gente se siente identificada, ése es el secreto. Perdimos estabilidad, no sabemos de qué lado vamos a quedar parados, dice la letra. ¿Quiénes? Nosotros.” Si algo le quedó al Cuino de aquella lejana militancia política, es algo que hoy él llama una militancia anticareta. Desde ahí escribe sus letras de sexo, droga y rocanrol. Una poética que entiende al rock como cultura y no sólo como desmadre. Tal como escribe Calamaro en ese texto que sirve de presentación para ¡Basta Cuino!: “Scornik es Literatura Argentina NO intelectual solamente porque tiene demasiado rock’n’roll, y eso debería ser considerado una ventaja, y no una desventaja, sobre los intelectuales. Aunque, por las dudas, no apostaría por ello”.

Poco hay, sin embargo, de aquella aureola de El Salmón en los juguetones versos de las canciones que integran su delicioso álbum debut. “Tengo que confesar que me sentí un grande cuando Andrés me llamó desde España diciéndome que estaba a punto de subir al avión con ‘nuestro’ disco, ese quíntuple Salmón”, cuenta el Cuino. “Como yo soy un tipo que lo último que soy es modesto, creo que esa epopeya sigue en ¡Basta Cuino! Lo que no hay es esa conexión con el mal que había en El Salmón. Ese síndrome de Rey Midas al revés, que es el título de uno de los temas que quedaron para ese disco pendiente que alguna vez tendrá que ser.”

Con la indispensable y efectiva complicidad de su otro compinche de larga data en esto de la música, que es Tito Losavio (ex Man Ray), el Cuino finalmente llegó a un disco que tuvo un largo recorrido previo. De hecho, antes de llegar a su propio disco, el Cuino post-Salmón escribió algunas letras para los Ratones Paranoicos (“Lo llamé a Juanse y le dije que tenía letras que le iban a interesar: porque tenían la forma de cualquier rocanrol, y porque yo era fanático de los dos primeros discos de los Ratones”). Y antes, en su currículum como autor, habría que anotar la responsabilidad de algunos temas para Man Ray, como el hit “Caribe Sur” (“A diferencia del ‘Inconsciente’, con este tema me reconcilié recién cuando me llegó la liquidación de Sadaic”). Pero el proyecto ¡Basta Cuino! nació cuando recibió un llamado de Pelo Aprile, uno de los ejecutivos discográficos más importantes del medio local, pidiéndole temas para un inminente viaje a España. Tito y el Cuino rápidamente armaron unos demos, pero nunca más supieron de Pelo. Y cuando el Cuino decidió tomarse un tiempo en una casa de descanso para limpiarse un poco, tuvo la iluminación. “Me gusta decir que puedo ser una especie de Cat Stevens del sur. Porque si él escribió su disco más famoso, Tea for the Tillerman, en un hospicio, éste tuvo un inicio muy parecido.” Así las cosas, ¡Basta Cuino! es algo así como un virtual quién-es-quién del rock nacional. Los que faltan aparecen nombrados en los agradecimientos, como Richard Coleman y Gustavo Bazterrica. Y también Fito Páez, al que se lee que se lo extraña (“¿Cómo no vas a extrañar a alguien como Fito Páez?”) y Fabiana Cantilo, que el Cuino asegura que esa frase que alguien puede interpretar como agresiva (“Fabi: quizá fue bueno para vos no haber venido”) es simplemente un chiste interno.

¿El título significa que vas a parar de una vez?

–Para nada. El título tiene que ver con un leitmotiv de mi programa de radio, en el que aparecía ese grito, grabado en la voz de mi novia, cada vez que yo me iba mucho por las ramas. Pero también quiere decir “Basta de discos de otros”. Ahora es el turno de los míos.

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“El Cuino es un superviviente, un poeta volcánico y elegante, un letrista popular demasiado desconocido. Creo que hay que incluirlo entre los letristas poetas más importantes de la Argentina, dentro de la misma categoría de Discépolo, Manzi, Castillo, Le Pera, Indio Solari, Javier Martínez, Cadícamo, ese importantísimo etcétera...”
Andrés Calamaro

Imagen: Jorge Larrosa
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