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Domingo, 22 de enero de 2006

REGRESOS > EL SIMULCOP, OBJETO DE CULTO

El gran simulador

Lo de “regreso” es sólo una forma de decir: el Simulcop, como un espectro visual de varias generaciones de estudiantes, nunca se fue: sólo fue perdiendo la tinta, pero sus cuadernos siguen por ahí, dando vuelta como objetos de colección cada vez más buscados. Atenta a esta obsesión generacional, la Papelera Palermo está comercializando cuadernos y papeles que citan motivos del Simulcop original. Y parece que estos símil-simulcop salen como piña. Radar revisita, junto a cuatro dibujantes, la historia de esta muleta escolar que dividía aguas en las clases.

 Por Santiago Rial Ungaro

Aún hoy, el cuaderno escolar de los alumnos de escuela primaria sigue siendo un campo de batalla: la caligrafía, temblorosa y dubitativa, la ortografía con sus traicioneras normas y la indispensable aritmética siguen siendo los ejercicios básicos para comenzar toda educación escolar. Claro que tres décadas atrás la situación era muy diferente: el liquid paper, las gomas de borrar de mayor calidad y las biromes fueron reemplazando a las impredecibles gomas dos banderas y las trágicas manchas de tinta y sin olvidarnos de las peligrosas gilletes, sólo aptas para cirujanos de la prolijidad.

Hoy la cuestión sigue siendo la misma: evitar que el cuaderno del niño sea un mamarracho, un mamarracho que sirva de excusa para que cualquier maestra menopáusica, histérica o simplemente proclive al castigo como método educativo haga catarsis represivas que, para un niño o una niña, suelen tener algo de traumático. Más allá de su utilidad escolar, el cuaderno ha sido siempre un instrumento de tortura. Para los niños poco dotados para el arte del dibujo, los mapas y los dibujos pedidos por las maestras podían llegar a tener un carácter pesadillesco. Claro que la necesidad agudiza el ingenio: usando un papel de calcar (o papel manteca), y con un poco de paciencia, se podía delinear con un lápiz sobre un dibujo complicado, o un mapa imposible. Después sólo era cuestión de volver a rayar el reverso y de repasar nuevamente la línea y transferirlo a la hoja del cuaderno. Una vez coloreado, con este simple método el dibujo calcado siempre tenía más posibilidades de obtener un “Muy Bien 10”, un “Felicitado” o un “Excelente” que cualquier dibujo fantasioso o cualquier copia voluntariosa hecha sobre una hoja borroneada y semidestruida. En este contexto, la aparición del Simulcop (un cuadernillo de hojas papel manteca con versiones para los distintos grados que traía los dibujos que se necesitaban para todo el año) tenía algo de mágico y también de tramposo. El Simulcop se presentaba (y no sin razón) como “el dibujo que dibuja”. Oficializar el calcado (hubo maestros que se opusieron) era algo así como la institucionalización del ingenio técnico. Patentado en 1959 por Jacobo Varsky como “plantillas de dibujo”, en los 60 fue editado por Luis Lasserre, autor de la siguiente dedicatoria: “Amiguito: Simulcop espera ser para ti un colaborador con el que podrás vencer las dificultades que tienes para realizar bien tus dibujos. En sus hojas hallarás todo el material gráfico necesario para que cada tema que desarrolles en tu cuaderno pueda ser ilustrado con su dibujo en forma fiel y perfecta, y así alcanzar la vivencia que facilite a tu mente el retenerlos”. La “vivencia” que prometía el Simulcop era algo especial y exclusivo y Lasserre sabía cómo alentar a los alumnos: “Obsérvalos bien, analízalos... cultivarás así tu intuición...”.

La “intuición formativa” del Simulcop se usaba y se volvía a usar y, como toda tecnología, tenía sus accidentes específicos. Uno de ellos era que, al ser bastante caro, se heredaba de hermano a hermano. El resultado eran dibujos cada vez más tenues y desprolijos, aunque siempre “escolarmente correctos”. El otro defecto, más profundo, era que con un buen Simulcop los chicos ya no tenían ninguna necesidad de aprender a dibujar. Ni hablar de dibujar “de memoria”, o de “imaginación”. La intuición del simulcopado calcador no necesitaba perder tiempo en esas cosas. Más allá del rescate estético o sentimental del Simulcop, su uso es un ejemplo de la estandarización de la educación, síntoma previo a su casi desaparación.

Si la tarea encargada por la maestra consistía en dibujar un pulpo, el Simulcop ofrecía “el pulpo”. No había otro. A cambio, evitaba que en un exceso de entusiasmo se le dibujaran nueve brazos en vez de ocho, a la vez que permitía también calcar un esquema de su organización interna y clasificar al pulpo como parte de los moluscos dentro de la familia de los cefalópodos.Imposible precisar hoy en día cuál era la intuición que desarrollaba el Simulcop, aunque es cierto que facilitaba a los chicos el sacarse de encima las penosas y a menudo arbitrarias tareas escolares. Si el Simulcop logró “facilitar vivencia para que la mente de los estudiantes retuvieran los temas estudiados” es hoy un misterio insondable, pero lo cierto es que en los años 60, los 70 e incluso hasta principios de los 80, el Simulcop dividía aguas entre los estudiantes: estaban lo que simplificaban su vida usando el Simulcop (que en general eran todos aquellos que lo podían comprar) y los que debían bancarse la envidia, e ingeniárselas con sus ojos y su mano para aprender a dibujar y así ilustrar, con mejor o peor suerte, sus deberes. Y esperar el menor descuido de compañeros para simulcopear algún dibujo y poder, rápida y certeramente, hacer bien los malditos dibujos de las invasiones inglesas (con las mujeres porteñas tirando agua hirviendo a los ingleses), el escudo de la Asamblea del Año XIII o el funcionamiento de una mitocondria.

Claro que la venganza de los no simulcopeanos llegaba cuando la maestra anunciaba, para toda la clase, una consigna desconcertante, para la que ya no había copia que valiera: “Y ahora, para terminar la clase... ¡un dibujo libre!”

Papelera Palermo,
Casa de oficios (Cabrera 5227).

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